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Y Wladfa y la generosidad argentina
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Y Wladfa y la generosidad argentina

Por Federico Müller

20 de agosto de 2026, 08:57 GMT-3
Y Wladfa y la generosidad argentina
8 min de lectura

En una de esas tantas historias insólitas que pueblan nuestro territorio argentino encontramos un caso no tan conocido y, en medio de las polémicas que giran hoy en día en torno a la administración de nuestro territorio, es preciso contarla. Se trata de la Y Wladfa Argentina (“La Colonia Galesa en Argentina”), un territorio en el Bajo Valle de Chubut que fue producto de una búsqueda de consolidar los límites de una nación incipiente y de los deseos de un pueblo por conseguir un lugar en donde expresar sus tradiciones.

La Patagonia es un territorio cuya ocupación ha sido objeto de constantes debates. Su condición estratégica pero solitaria la hace codiciada por distintos actores que ven la fragilidad y la oportunidad para afincarse. En este contexto, el caso galés es uno más de los múltiples intentos de poblarla. Sin embargo, previo a éste existieron dos casos que movilizaron al gobierno de aquel entonces y que ilustran la codicia por este territorio.

El primer caso es delirante: se trata de Orélie Antoine de Tounens, abogado francés que se autoproclamó rey de los pueblos indígenas Mapuche y Tehuelche en 1860, pero que al poco tiempo fue capturado por las autoridades chilenas, declarado demente y deportado. El otro caso es el de la intromisión inglesa en las Islas Malvinas en 1833, con una connotación más fuerte y autoritaria.

Pese a las claras diferencias, ambos sirven de ejemplo de iniciativas para establecer un control soberano en esta zona. Sin embargo, el caso galés difiere de los mencionados anteriormente: con un enfoque principalmente cultural y religioso, logró una exitosa adaptación al nuevo ambiente, sentando un acuerdo con el gobierno argentino para reforzar un territorio que se encontraba en peligro de pertenecer a aquellos pretendientes.

Una vez comprendido el panorama argentino (el cual buscaba consolidar un territorio de gran extensión pero de difícil ocupación), hay que entender la situación galesa que los llevó hasta las costas patagónicas.

El origen de esta historia radica en la constante tensión entre el pueblo galés y el inglés.

Gales pertenece a la Corona inglesa desde 1283, año en el que fue invadida tras varios intentos fallidos. Pese a que la conquista fue exitosa, el pueblo galés no se dió por vencido, por lo que el rey conquistador (Eduardo I)– que buscaba “apaciguar” a los galeses– prometió que el príncipe britanico sería gales y que éste no hablaría ni una palabra en inglés. Irónicamente, Eduardo cumpliría con esta promesa, ya que el príncipe sería su hijo, nacido en el castillo de Caernarfon en Gales.

Luego de este primer episodio se iría construyendo una relación con altibajos en la cual Gales conservaría cierta autonomía, pero es en el gobierno de la dinastía Tudor donde la cultura y la religión galesa más se debilitan.

Con la imposición de las leyes de Gales de 1535 y 1542, Inglaterra terminaría de oprimir al territorio, alcanzando la anexión política total. La ley prohibía su idioma nativo, el cual sería castigado severamente a quien lo hablara en las escuelas. Además, enraizó un conflicto religioso, condenando el protestantismo no conformista (distinto al inglés). A partir de este cambio, se conforma una subyugación a la arbitrariedad inglesa que perdurará hasta su escapatoria en las costas de su nuevo horizonte albiceleste.

Con este panorama brotaría dentro de la comunidad galesa una búsqueda por escapar de estas ataduras, pero es justamente esa esperanza la que mantuvo la vitalidad de este pueblo. Trescientos años de represión no pudieron anular la fuerza intrínseca que contienen todas las comunidades del mundo para resistir. Es por eso que, en 1847, durante la “Traición Azul”–en donde Inglaterra pretendió humillar por completo a los galeses, con la publicación de un informe que los calumniaba– los comisionados, todos de habla inglesa, concluyeron que los problemas de la sociedad galesa (su pobreza, y su “ignorancia”) se debían a dos factores: el idioma galés y la moralidad del pueblo. La eliminación de las costumbres galesas sería la solución.

Esta gota terminó de rebalsar el vaso, desanclando un barco que, buscando respiro, encontró en los fuertes vientos puros del sur la desintoxicación a la maleza de un aire pesado que impedía el progreso de una nación.

Es en las células de este pueblo oprimido que surgen tres nombres claves. El primero es el de Michael D. Jones, quien mediante la predicación buscaba incansablemente un lugar en donde su pueblo pudiera ser libre, siendo el autor intelectual del proyecto. La realización del mismo estuvo en manos de Love Jones-Parry y de Lewis Jones, quienes intrépidamente fueron los responsables de zarpar a la aventura de un mundo nuevo.

Argentina no sería la primera alternativa, e inclusive generaría muchos titubeos, ya que al principio no resultaba ideal por su aridez. Tras una petición (desestimada) a la Corona británica para ser trasladados a las Islas Malvinas, el destino tendría prefigurado una suerte distinta a la perseverancia de aquellos colonos valerosos que decidieron apostarle a un territorio que se haría fértil para expresar la identidad de un pueblo oprimido hace 500 años. Argentina sería la bondadosa y joven nación que le ofrecería 260km2 a la vera del río Chubut para que despliegue toda su cultura.

Este pueblo encuentra, así, su hogar a más de 12000 km, en una inhóspita y joven Argentina que, con generosidad, compartiría su tierra. Es de destacar la perfecta labor del pueblo galés, el cual no solo logró un desarrollo productivo espléndido, si no que también logró adaptarse al ecosistema, que en un principio parecía adverso, formando el primer gran sistema irrigatorio y entablando una gran relación con el pueblo original de la zona, los tehuelches. A cambio, el estado argentino avanzaría con proyectos de ferrocarriles, con su primera estación Trelew (Town of Llew), la cual es llamada así en honor a Lewis Jones.

Esta historia es el perfecto reflejo de la constitución argentina de 1853, que alcanzó su potenciación total 30 años después.

Aquella Argentina, que en el período comprendido entre 1880 y 1930 alcanzaría los primeros puestos de PBI per cápita en el mundo, sería el producto de los augurios de un Alberdi que entendía que a su país le faltaba un elemento clave, la gente; y que, a partir del curioso experimento que combinó un crisol de razas, logró ubicar a la joven Argentina en una potencia mundial. Esta cesión de tierra que excede la dadivosidad promedio de cualquier país, lejos de ser una preocupación, fue la solución más natural a un problema que era verdaderamente complejo. La valentía de darle tierras a extranjeros logró encender más que nunca las luces de un faro que desbordaba de barcos buscando oportunidades que en su lugar de origen no encontraban.

Es por eso que no hay que olvidar de dónde partimos. Encerrarse en un vano nacionalismo erróneo es un impedimento para el desarrollo. Los discursos xenofóbicos que buscan expulsar al inmigrante se olvidan de sus raíces, que encima no tienen más de 150 años. Una población que tiene aproximadamente un 70% de linaje extranjero no puede encerrarse, como algunos discursos manifiestan.

En conclusión, esta historia encaja perfectamente con el reciente debate de nuestro territorio. La Argentina continúa teniendo el mismo problema que Alberdi advertía en sus tiempos: la necesidad de poblar para gobernar. El país cuenta con una escasa densidad poblacional de 16,5 hab/km² (debajo del promedio mundial de 60 hab./km²), que es incluso más drástica en el caso patagónico, con 2,5 hab/km². Este problema no pasa de moda.

Argentina sigue siendo una nación joven, con muchos obstáculos estructurales que perduran desde los tiempos de Alberdi. Mientras que para otros países la integración del extranjero es un problema que al día de hoy no logran resolver, hace 150 años que la Argentina viene generando tierras únicas para asegurar los beneficios de la libertad de todo aquel que quiera habitar el suelo argentino. Es por casos como Y Wladfa que Argentina no debe perder su magnanimidad y debe seguir consolidando su soberanía, evitando su inútil obstinación de ser hermética.

Por Federico Müller

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