Por Pedro Cavallero

La crisis de representación es un tema ya recurrente de este siglo y un problema para el sistema democrático. En el caso argentino, el hartazgo con la política es algo de larga data que con cada elección genera nuevas expectativas. Muchos analistas sostienen que justamente de ese hartazgo nació en 2023 el voto castigo, que llevó a Javier Milei a la presidencia. El tema es que hoy la "avenida del medio", cuyos miembros se oponen tanto al oficialismo como a la oposición, cada vez se ensancha más de cada lado, pero no parece que vaya a surgir alguien que guíe esa bronca a las urnas.
Un estudio de QMonitor, difundido en julio de 2026, muestra un aumento de la "avenida del medio", que ya reúne al 40% del electorado, diez puntos más que un año atrás. En la intención de voto por espacios, en cambio, La Libertad Avanza y el peronismo aparecen empatados con el 25%, mientras que la "avenida del medio" y otros sectores suman un 30%. Por su parte, el Informe de Opinión Pública Nacional elaborado por Proyección Consultores, realizado entre el 1 y el 10 de septiembre de 2026 sobre 1.354 casos y con un margen de error de ±2,66%, revela que La Libertad Avanza obtendría el 35% y Fuerza Patria el 31,9%. Lo llamativo de esta encuesta es que, en la elección por candidatos, Javier Milei alcanza el 36,9% y Kicillof, gobernador bonaerense, el 32%, y que ante un eventual balotaje la diferencia casi desaparece: Milei obtendría el 40,8% y Kicillof el 40,2%, un empate técnico dentro del margen de error, con un 13,4% de voto en blanco o impugnado. Además, el estudio de QMonitor advierte que este electorado todavía no tiene dueño: la mitad de quienes integran la "avenida del medio" admite que terminaría votando al candidato con más chances de ganar si la opción que mejor los representa no demuestra competitividad.
Este malestar con el sistema afecta tanto al oficialismo como a la oposición que compiten por captar a esos votantes, ¿pero, es eso posible? Al reunir a quienes rechazan a ambos polos, este segmento resulta heterogéneo, lo que complica la posibilidad del surgimiento de una figura fuertemente ideologizada que pueda seducir a todos.
La idea de outsider contra otro outsider es inusual, y quien lo intente tendrá que ser altamente convincente y carismático además de entender el origen del malestar, apelando a mostrar un partido flexible en ideas y poco institucionalizado, lo que parece ser la tendencia actual en el sistema electoral a nivel mundial.
Otra posibilidad es la fragmentación de las elecciones en el caso de que nadie pueda captar a esta posición media en su mayoría, lo que derivaría en la distribución de sus votos entre partidos más chicos. Esto podría favorecer al oficialismo o bien enfrentarlo en términos de legitimidad.
De todos modos, los sistemas democráticos van a tener que buscar una solución a este problema. Puede ocurrir que esos partidos o personajes outsider no puedan resistir la carga de gobernar al ser, sobre todo en el caso de partidos, poco profesionalizados, institucionalizados y en muchos casos radicalizados, pudiendo generar una crisis mayor por una gestión ineficiente. Si estos últimos no cumplen el rol de representar a la mayoría de la población, algo que los partidos tradicionales ya no logran, podría incitar a la sociedad a replantear el sistema. Históricamente, EE.UU. ha promovido la democracia mostrando su alto nivel de vida, pero hoy, ante los sistemáticos problemas que los países occidentales atraviesan, cada vez vemos con más asombro a China, ¿y si en algún momento se nos ocurre copiar su modelo?