Por Nicolás Fernández Kostetsky

En las últimas semanas, los medios de comunicación masivos y las redes sociales han relegado el episodio entre Teherán, Tel-Aviv y la Casa Blanca a un impensado plano más secundario (teniendo en cuenta el hecho de magnicidio religioso llevado a cabo durante inicios de año), direccionando y enfocando las cámaras sobre un grupo en particular, del cual el público general desconoce casi por completo. Soldados jóvenes, pertenecientes a alguno de los numerosos clanes tribales yemeníes, consagrados a la devoción firme y fanática de la corriente chiita-zaidita, con dagas curvas (denominada jambiya) enredadas con su cinturón, recelosos de la constante injerencia de los saudíes en sus costumbres, y envalentonados contra lo que ellos consideran como enemigos de Allah (Los Estados Unidos e Israel), Ansar Allah (nombre oficial del grupo, traduciéndose como “Partidarios de Dios”), conocidos en el mundo como los Hutíes, ha iniciado una campaña rápida y certera en el sudoeste de Yemen, con el fin de dispersar a las tropas del gobierno con banca en Naciones Unidas con capital en Adén, y controlar de facto el segundo estrecho más importante de la región: el Estrecho de Bab al-Mandab, que ganó una gran importancia tras el cierre de Ormuz por parte de los iranies y norteamericanos.
La captura récord de la localidad de Moca y del resto de la costa occidental yemeni, permitirá de ahora en más al grupo insurgente, armado e influenciado fuertemente por el CGRI de Irán, bloquear el traspaso de mercaderías a lo largo del angosto estrecho, dando mayor presión económica y política no solo para la estabilidad regional y la economía global, sino también para los intereses propios del ciudadano a pie en Estados Unidos, que, según gran parte de las encuestas y análisis en torno a las próximas elecciones de medio término, se manifestara en contra de la gestión del ex empresario de Wall Street, que procuro en su campaña el fin del intervencionismo norteamericano en el exterior y un mayor enfoque en las cuestiones internas, pero que llevó a un precio en los combustibles a un constante crecimiento y al escenario bélico más complejo al que haya tenido que hacer frente la Casa Blanca desde el desastre de la Guerra de Vietnam, sin verse por el momento una salida clara en el futuro cercano, pero que puede llevar a una pérdida de prestigio significativa para el poder norteamericano.

La confusa y contradictoria política exterior estadounidense, basada más que nada en posteos de Truth Social más que en la actividad diplomática, y ante la aparente imposibilidad de lograr una victoria que no sea relegar la guerra aérea por una estrategia de “Boots on the Ground” (que supondría llevar al conflicto a una etapa sin retorno y de guerra de desgaste), nos da a entender, entre la impredecible retórica presidencial, un rumbo relativamente estable en relación a los recientes acontecimientos: el gobierno de Arabia Saudita no contará con el apoyo militar estadounidense para detener el avance de los hutíes, más allá de apoyos logísticos y de inteligencia. No se contempla, según la información dada a entender a público conocimiento, una estrategia de la Casa Blanca para ampliar el estancado conflicto con Irán más allá del escenario de Ormuz y Líbano, y evitar expandir el costoso conflicto a lo largo de la región.
De hecho, información reciente señala que el mismo grupo insurgente tuvo encuentros con enviados de la Casa Blanca en Mascarte, la Zurich Arábiga, en donde se dio a entender que los norteamericanos no serían blancos en una situación de bloqueo del estrecho, y que se respetaría por ambas partes el alto al fuego vigente desde el año pasado.
La monarquía saudi, la gran potencia de la península arábiga, armada y entrenada durante décadas por los estadounidenses, debe ahora tratar de detener por sus propios medios al grupo chiita, el cual no solo ha sobrepasado a un mucho mejor equipado ejército yemeni (el cual se ha retirado casi sin combatir del frente del Mar Rojo), sino que ha humillado y amenazado al gigante petrolero del mundo islamico, tanto en Yemen como dentro del territorio saudi. La contraofensiva llevada a cabo por el gobierno de Adén, respaldada por ataques aéreos saudíes, no ha logrado los resultados esperados, recuperando apenas algunas zonas que ya controlaban antes del avance del grupo chiita y estando lejos de recuperar Saná tras más de doce años.
Empezando como simple un movimiento religioso en la década de los noventa, que buscaba exaltar las creencias y costumbres zaiditas frente a la influencia de una doctrina religiosa de caracter saifista y sunnita impulsada desde Riad, en un contexto de un yemen recientemente unificado tras la Guerra Fría, bajo el gobierno de una democracia iliberal que buscaba estancarse en el gobierno por sobre el desarrollo y bienestar nacional, se terminó transformando en una organización paramilitar, que desde el oeste montañoso y boscoso yemeni, entonaba un llamado de resistencia frente al gobierno, la injerencia saudi y la presencia occidental.
Su fundador, Hussein Badreddin al-Houthi, fue ejecutado en 2004 por las fuerzas gubernamentales, pero el grupo se terminó reforzando bajo su carácter de mártir, adoptando el apodo popularmente usado de hutíes, en homenaje a su apellido. Al ser considerado descendiente de Mahoma por pertenecer a un linaje familiar de carácter religioso, y teniendo en cuenta la importancia que se le da a los herederos del profeta en la corriente chiita, el movimiento que él empezó a forjar se siguió consolidando a partir del liderazgo de otros miembros de su familia, sobretodo gracias a su hermano, Abdul-Malik Badr al-Din al-Houthi, que está constantemente cambiando de escondite para evitar ser dado de baja por ataques aéreos, pero que se comunica constantemente con sus seguidores a partir de mensajes grabados.

Desde el año 2014, tras casi una década de combates aislados, se desenfundaron formalmente en armas, en una guerra civil en donde Arabia Saudita es quien sostiene al gobierno reconocido internacionalmente, apoyándolo en operaciones militares y en el desarrollo de sus fuerzas armadas. Por el otro lado, el grupo rebelde se estructura dentro del denominado Eje de Resistencia consolidado sobre el apoyo irani, que ha brindado todos los recursos bélicos necesarios para ser un dolor de cabeza para sus contrincantes saudíes, en un conflicto que se entiende bajo la perspectiva de la guerra fría regional entre Riad y Teherán y bajo la estrategia de supervivencia del régimen de los Ayatolah en la presente guerra. Tanto Sana como Riad llevan desde 2022 bajo la lógica de un alto al fuego relativamente estable, que parecería haberse terminado de fragmentar en el último tiempo, tras el ataque a un aeropuerto en territorio houti por parte de los saudíes el pasado julio, en donde se buscaba atacar a una delegación que había asistido a la ceremonia funeraria del fallecido Ayatollah, que derivaron en la ofensiva iniciada durante estas semanas.
En el momento de escribir este artículo, los hutíes tienen la capacidad de efectivizar un bloqueo sobre el paso de hidrocarburos y demás mercaderías sobre el estrecho, e inclinar más la balanza del conflicto en favor de Irán, al tener ahora posesión del punto más estrecho de paso y de las islas circundantes, facilitando el despliegue de misiles, lanchas y drones que sirven para esa función. Más allá de las declaraciones de funcionarios iraníes, que afirman que los hutíes son completamente independientes a la hora de actuar, la evidencia demuestra la presencia de miembros de la Guardia Revolucionaria (específicamente de la Fuerza Quds) guiando y formando a sus aliados yemeníes en una ofensiva relámpago, con la finalidad de ganar ventaja en su lucha contra washington, al asfixiar a los mercados energéticos y así obtener una posición de ventaja significativa cuando se logre volver a la mesa de negociaciones, además de desestabilizar la situación interna en los Estado Unidos a raíz de las próximas elecciones, que pueden definir el futuro del conflicto.

Desde territorio insurgente se han disparado (segun el portavoz de los huties, en represalia por bombardeos en sus zonas de induelncia) drones y misiles contra diferentes partes de Arabia Saudita. Distintas bases militares han sido objetivo directo del grupo, el cual aprovecha la escasez de Misiles Patriot suministrados por los estadounidenses, que puedan servir para repeler las agresiones a lo largo de su territorio. Además, recientemente se ha derribado sobre territorio houti un caza F-15 saudi, siendo un importante impulso moral para el grupo.
Los ataques más sonados, de todas formas, fueron dirigidos contra el oleoducto Este-Oeste, que conecta la explotación del Golfo Pérsico con el puerto de Yanub en el Mar Rojo, siendo la forma que encontro el reino saudi de poder vender a los mercados internacionales, suponiendo una vital fuente del suministro energético mundial que se ha congelado hasta nuevo aviso, a partir de un altercado llevado a cabo por rebeldes iraquíes pertenecientes al Eje de Resistencia. Este altercado, sumado a la amenaza de los hutíes de atacar a cualquier barco saudi que pase por el estrecho, afecta profundamente la confianza en los mercados, al ser el responsable de suplir alrededor del 5% de la oferta global de barriles.

También se destaca el reciente episodio sucedido en la ciudad santa de La Meca, donde la Real Fuerza Aérea Saudita interceptó un misil sobre el sur de la ciudad, en un episodio atribuido al gobierno de Sana, aunque él mismo afirma que es mera propaganda de Riad para ganar apoyo en la guerra.
En este panorama, donde el reino comandado por Mohammed bin Salman no puede efectivizar una victoria militara partir de bombardeos aereos y apoyo al gobierno yemeni, ni resguardar la soberanía territorial, el Acuerdo de Defensa Conjunta de La Meca, integrado por Turquía, Arabia Saudita y Pakistán, todavía no parece activarse en favor de Riad. Turquía todavía no ha dado señales de buscar involucrarse en las hostilidades, y desde Islamabad, más allá de algunas declaraciones de sectores del gobierno y la presencia de fuerzas pakistaníes en bases militares saudíes, es poco probable que Pakistán sacrifique su rol de mediador (fuertemente impulsado tras las negociaciones llevadas a cabo en su territorio entre Washington y Teherán) por participar en un conflicto en la periferia arábiga.