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El humanismo y la inteligencia artificial

Por Felipe Ruffino

5 min de lectura11 de junio de 2026, 10:47 GMT-3
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Lejos de ser una novedad, la inteligencia artificial ya se ha convertido en una herramienta del día a día. Empero, la vorágine de la cotidianidad nos priva con frecuencia de la posibilidad de reflexionar acerca de lo que verdaderamente representa este fenómeno. En este breve artículo intentaré caracterizar brevemente las implicaciones de esta nueva tecnología desde un punto de vista humanista.

En primer lugar, corresponde realizar una resumida explicación acerca de lo que significa el humanismo. Grosso modo, esta filosofía defiende una moral basada en proteger al hombre tanto de su autodestrucción como de su perfección, valorando por sobre todas las cosas la aceptación de los límites que sustancialmente le corresponden al ser humano. Una frase de Séneca sintetiza muy precisamente esta corriente: “Homo homini sacra res.” (“El hombre es sagrado para el hombre”) El hombre, en tanto criatura finita, debe reconocerse como tal y no pretender alterar su naturaleza ni abandonarla. ¿Cuál es el conflicto, entonces, entre el humanismo y la inteligencia artificial? El problema aparece cuando el humano, inteligencia artificial de por medio, abandona lo que sustancialmente le pertenece.

Para comprender mejor esta última afirmación, es necesario remontarse a Aristóteles. El logos, es decir, la capacidad de razonar y de expresar la razón a través del lenguaje, es, para Aristóteles, una cualidad constitutiva del ser humano y es lo que lo distingue del resto de los entes. El hombre es zoon politikon(animal político) porque cuenta con el logos. Ahora bien, si la inteligencia artificial fuera la que hiciese este juicio crítico por el hombre, entonces se podría decir que se está ante una deshumanización inminente. Si el hombre delega el logos en otro ente (ya sea corpóreo o incorpóreo), entonces las barreras de lo que es humano y lo que no parecen disiparse. El afán del hombre de pretender que una inteligencia postiza realice cálculos racionales y obtenga conclusiones por él hace que, en última instancia, se deshumanice.

Sin embargo, mi objetivo no es meramente realizar una crítica generalizada a la existencia de la inteligencia artificial o fomentar su desaparición. Considero que el humanismo y la aparición de las nuevas tecnologías pueden alcanzar un punto de diálogo. Además, pienso que negar a la inteligencia artificial sería una necedad, tal como intentar negar la máquina a vapor en el siglo XVIII o rehusarse a utilizar un teléfono celular en el siglo XXI. Hay que evitar caer en los extremos: así como no es correcto demonizar la inteligencia artificial, tampoco lo es abusar de ella. Hay que pensar a la IA como un arma de doble filo en este sentido; su uso también puede llevar a descubrimientos sumamente altruistas como avances en la medicina o hallazgos científicos trascendentales. El carácter benigno o maligno de la inteligencia artificial está determinado en primera y última instancia por el uso que el ser humano decida darle.

Para esclarecer mi argumento estimo pertinentes las palabras del Papa León XIV al respecto: “Úsala (la IA) de tal manera que, si desapareciera mañana, seguirías sabiendo cómo pensar, cómo crear, cómo actuar por ti mismo, cómo formar amistades auténticas.” En este discurso, León encarna de manera simple y clara la perspectiva humanista, pero no por ello su observación deja de ser profunda y necesaria. El deber de la humanidad es el de volver a reclamar para sí lo que le es propio: preservar su capacidad de logos a toda costa, pero que ello no signifique un perjuicio exagerado contra la IA. El curso que se debe adoptar debe tener un enfoque pragmático: sabiendo que lo más probable es que la inteligencia artificial continúe avanzando, es menester usarla de la forma más consciente posible, sin convertirla en una inteligencia que piense por nosotros. Asimismo, no por ser una herramienta con un potencial nocivo gigantesco debe de ser vista solamente desde una perspectiva negativa; la inteligencia artificial también puede tener múltiples usos inofensivos que no necesariamente forman parte del dilema moral que implican estos programas.

Si se aborda la cuestión desde una perspectiva política, considero que los Estados del mundo deben hacer frente a este dilema que, por su magnitud, resulta trascendental. La agenda internacional debería incorporar esta temática como una de las principales cuestiones a atender globalmente. Esto no debe entenderse meramente como la actualización del sistema normativo de los estados a nivel mundial para prever los delitos con inteligencia artificial, sino que además creo son necesarias campañas activas de concientización acerca del uso adecuado de esta herramienta que tengan como prioridad al ser humano y su preservación física y metafísica. Si no se siembra un sentimiento de humanismo a nivel global, la humanidad corre el riesgo de caer en una trampa creada por ella misma.

El hombre, incapaz de comprender toda la realidad, debe procurar al menos conservar su capacidad de interpretarla y descubrirla por su propia cuenta. Por eso, suscribo enteramente a la frase del filósofo André Comte Sponville: “El hombre no es Dios. De nosotros depende que, al menos, sea humano”.

Por Felipe Ruffino

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