Por Samara Malacalza
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Hay una paradoja que atraviesa a la política argentina desde hace años. Cristina Fernández de Kirchner cuenta con una condena firme de la Corte Suprema por corrupción en la causa Vialidad, acumula una decena de procesamientos judiciales y dejó como legado una inflación descontrolada junto con la manipulación de las estadísticas del INDEC. Sin embargo, su capacidad de movilización y su centralidad política permanecen intactas. Frente a este escenario, surge una pregunta inevitable: ¿cómo se explica que una figura con semejante historial judicial y económico continúe ejerciendo un liderazgo de devoción y reteniendo el dominio absoluto del peronismo?

Para entenderlo, conviene mirar primero cómo funciona el relato kirchnerista frente a cualquier denuncia, el cual se articula a través de una inversión de roles donde el imputado pasa a ser la víctima de una conspiración institucional. En lugar de responder con pruebas, la estrategia suele centrarse en atacar o cuestionar directamente a quien acusa, y transforma una causa o condena en una persecución judicial y mediática para eliminar a un rival político. Precisamente por eso, tras el fallo firme de la Corte Suprema, CFK logró esquivar el costo político de su condena por corrupción y la transformó en un "certificado de dignidad". Bajo esta lógica, lo más inquietante no es el fanatismo ciego, sino el respaldo consciente. Saber exactamente qué pasó y, aun así, elegir justificarlo o respaldarlo. Porque los hechos no están en disputa. La causa Vialidad acreditó judicialmente que durante sus gobiernos se desvió el 80% de la obra pública vial de Santa Cruz hacia las empresas de Lázaro Báez, amigo personal del matrimonio Kirchner, con un perjuicio estimado en más de mil millones de dólares. No es una acusación de la oposición, es una sentencia confirmada por el máximo tribunal del país.

Entonces, retomando la pregunta inicial: ¿qué mantiene intacto semejante nivel de fanatismo? Creo que parte de la respuesta está en que el kirchnerismo supo ofrecer algo que va mucho más allá de la política concreta: ofreció identidad, un enemigo común y la sensación de estar del lado correcto de la historia. Eso no se desmiente con datos. Se sostiene a pesar de ellos. A lo largo de los años, construyó un "nosotros";, el pueblo, los que luchan, los que resisten, y un "ellos" tan amplio que termina por abarcar a cualquiera que intente hacer una pregunta incómoda. Ese mecanismo es sumamente eficaz en términos políticos y devastador en términos democráticos, ya que provoca que los hechos y la realidad pierdan por completo su valor. Además, el reciente acto encabezado por Máximo Kirchner frente a la residencia de San José 1111 es la muestra más acabada de esta trampa. A cuatro años del atentado contra CFK, el aparato político volvió a reunirse alrededor del balcón donde la ex mandataria cumple su condena. Mostrándola recluida, leyendo y proyectándola como la única candidata capaz de ganar o dar pelea de cara a las elecciones de 2027.

La dirigencia dejó al descubierto su mayor debilidad: la incapacidad total de pensar un futuro sin ella. Sin Cristina no tienen ideas propias, no tienen votos y no tienen destino. La figura de la mártir proscripta se vuelve entonces una necesidad vital para la supervivencia de una dirigencia que prefiere refugiarse en el dogma antes que asumir la renovación. Esa dependencia no es una virtud política, es una trampa trágica. Una democracia madura exige ciudadanos capaces de pedir cuentas y líderes dispuestos a rendirlas. Una sociedad que celebra a una condenada por corrupción como si fuera una figura heroica está, en última instancia, festejando su propia degradación.