ArchivoSumate
Conciencia Política
ArchivoSumate

La revista Conciencia Política depende del Departamento de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales de la Facultad de Ciencias Sociales de la Pontificia Universidad Católica Argentina, y es administrada por el Centro de Estudiantes de Ciencias Políticas y Relaciones Internacionales (CECPRI). Las opiniones expresadas en el contenido de esta revista constituyen la perspectiva exclusiva del autor y de nadie más.

Contactanos → concienciapolitica.uca@gmail.com

Av. Alicia Moreau de Justo 1502, C1107AFF, C1107AFF Cdad. Autónoma de Buenos Aires. © Conciencia Política - UCA (2026). Todos los derechos reservados.

ActualidadNacionalConflictosOpiniónAnálisisInternacionalArchivoSumate
Conciencia Política
ActualidadNacionalConflictosOpiniónAnálisisInternacionalArchivoSumate
La sociedad de la nieve: la política después del desastre
La sociedad de la nieve: la política después del desastre
Reviews y Análisis

La sociedad de la nieve: la política después del desastre

Por Lola Varela Cardinali

7 min de lectura
10 de septiembre de 2026, 16:25 GMT-3

La sociedad de la nieve es la película de J. A. Bayona, que reconstruye la tragedia de los Andes de 1972, cuando un avión uruguayo se estrelló en plena cordillera y sus pasajeros quedaron aislados durante semanas. En un principio, la historia parece ser la de un grupo de jóvenes intentando sobrevivir en uno de los lugares más inhóspitos del planeta. Sin embargo, a medida que pasan los días, el accidente deja de ser el centro del relato, y ese lugar es ocupado por la vida que construyen después, las decisiones que toman, las reglas que establecen y la forma en que, sin nadie que los gobierne, terminan formando una sociedad propia en medio de la montaña.

Porque sobrevivir no consiste solamente en conseguir comida o soportar el frío. También hay que decidir. Y decidir con otros es, probablemente, una de las formas más elementales de hacer política.

En condiciones normales, casi nunca pensamos en quién decidió que una ambulancia debe acudir ante una emergencia, que existen hospitales, que hay determinadas leyes o que no podemos simplemente apropiarnos de lo que pertenece a otra persona. Las instituciones hacen que muchas decisiones parezcan naturales. Están ahí antes de que lleguemos y, justamente por eso, rara vez las vemos.

En la montaña, en cambio, todo vuelve a ser discutible.

¿Quién tiene autoridad? ¿Quién decide cuánto se come? ¿Qué se hace con los muertos? ¿Hasta dónde puede llegar una persona para mantenerse con vida? ¿Qué pasa cuando una decisión beneficia a algunos y perjudica a otros? ¿Quién puede imponer una regla cuando no existe una autoridad externa que la respalde?

Son preguntas que pueden parecer exageradamente filosóficas para una película sobre un accidente aéreo, pero son exactamente las preguntas que la historia pone sobre la mesa.

Thomas Hobbes, varios siglos antes de que el avión uruguayo desapareciera en los Andes, imaginó una situación parecida. Para él, si no existiera una autoridad común capaz de imponer reglas, los individuos quedarían atrapados en una lucha permanente por la supervivencia. El miedo, la desconfianza y la competencia llevarían a los hombres a buscar protección y, eventualmente, a aceptar una autoridad que pudiera garantizar el orden.

Pero La sociedad de la nieve no parece darle completamente la razón a Hobbes, ya que los sobrevivientes no construyen su vida alrededor de la guerra de todos contra todos. Tampoco aparece un líder que se convierta en una especie de dictador de la montaña. Lo que aparece es algo bastante más desordenado y, por eso mismo, más parecido a una sociedad real. Hay discusiones, acuerdos, desacuerdos, liderazgos que cambian, personas que toman la iniciativa y otras que prefieren seguir. Hay momentos de egoísmo y otros de enorme solidaridad. El orden no está dado. Se construye.

Imagen del artículo

Los sobrevivientes tienen que inventar una especie de sociedad desde cero: no tienen constitución, pero tienen normas; no tienen funcionarios, pero tienen personas que asumen responsabilidades; no tienen un sistema de distribución, pero tienen que decidir cómo repartir los recursos; no tienen tribunales, pero necesitan resolver conflictos; y no tienen una autoridad formal, pero algunas personas adquieren autoridad de todos modos. Esto último es especialmente interesante, porque demuestra que tener poder y tener autoridad no son exactamente lo mismo.

En una sociedad organizada, obedecemos determinadas decisiones porque existen instituciones que las respaldan. En la montaña, ese respaldo desaparece. La autoridad tiene que construirse a través de la confianza. Una persona es escuchada porque los demás reconocen algo en ella, no porque tenga un cargo escrito en alguna parte. Muchas veces seguimos a esta persona porque creemos que puede llevarnos a algún lugar, porque, en medio de la incertidumbre, necesitamos que alguien parezca saber qué hacer.

La película también obliga a mirar de frente una cuestión que solemos mantener bastante lejos de nuestra vida cotidiana: la supervivencia tiene un costo y, en los Andes, ese costo adquiere una dimensión moral que no puede resolverse de forma tan sencilla. La decisión de alimentarse de los cuerpos de quienes murieron es probablemente el momento más evidente. Podría analizarse simplemente como una cuestión de supervivencia, pero la película se niega a presentarla de esa manera, ya que lo que está en juego no es solamente qué pueden comer, sino qué significa seguir siendo humanos cuando las condiciones dejan de ser humanas.

Y eso también es política, porque la política nunca consistió únicamente en administrar recursos. También consiste en establecer los límites de aquello que una comunidad considera aceptable, en decidir qué puede hacerse y qué no, incluso cuando hacerlo resulta conveniente.

La película, entonces, puede leerse casi como un experimento político. Se toma un grupo de personas, se eliminan las instituciones que normalmente organizan sus vidas y se observa qué sucede. El resultado no es una sociedad perfecta, pero tampoco el caos absoluto que podríamos imaginar. Hay algo más. Hay comunidad.

Esto es importante porque La sociedad de la nieve podría haber sido una historia sobre individuos extraordinarios que consiguen sobrevivir gracias a su fuerza de voluntad. Sin embargo, la película elige contar otra cosa. El protagonista no es una persona, es el grupo. Incluso el título lo anticipa, no es El sobreviviente de los Andes, no es La tragedia del avión, es La sociedad de la nieve.

La montaña demuestra que una persona aislada puede ser muy poco frente a determinadas circunstancias. Lo que permite resistir no es solamente la capacidad física, sino la existencia de otros. Alguien cocina, alguien busca, alguien cuida, alguien escucha, alguien decide. Incluso quienes no pueden hacer demasiado siguen formando parte del grupo.

Imagen del artículo

En ese sentido, la película se acerca mucho más a Rousseau que a Hobbes. No porque presente una visión ingenua de la naturaleza humana, sino porque muestra que la cooperación no aparece solamente cuando existe una institución que la fuerza, sino que también puede surgir de la necesidad de reconocernos como parte de algo más grande que nosotros mismos.

Por eso La sociedad de la nieve termina siendo menos una película sobre la muerte que una película sobre la vida en común. La montaña no tiene Estado y, sin embargo, necesita política. Nosotros tenemos Estado y muchas veces actuamos como si pudiéramos vivir sin política. Quizás esa sea la paradoja más interesante que deja la película. Los sobrevivientes de los Andes entendieron muy rápido algo que en condiciones normales podemos pasar años sin pensar, y es que nadie se salva completamente solo.

En la nieve, la política dejó de ser una materia universitaria, una elección cada cuatro años o una discusión televisiva. Se convirtió en una cuestión de vida o muerte. Decidir juntos era sobrevivir juntos. Y tal vez por eso La sociedad de la nieve no habla solamente de lo que ocurrió en una montaña hace más de cincuenta años. Habla también de nosotros, justamente porque nosotros tenemos el privilegio de no necesitar una montaña para descubrir que vivimos rodeados de otros.

Cuando fueron rescatados, terminó la experiencia más extrema de sus vidas. También terminó aquella sociedad improvisada que habían construido en la montaña. Pero quizás la película deja una conclusión menos heroica de lo que parece. No sobrevivieron porque hubieran conseguido prescindir de la sociedad, sino porque, incluso en las peores condiciones posibles, necesitaron construir una.

Por Lola Varela Cardinali

Reviews y Análisis

Seguí leyendo


Las mujeres que Afganistán dice proteger
Internacional

Las mujeres que Afganistán dice proteger

PorLola Varela Cardinali

El futuro llego hace rato
Internacional

El futuro llego hace rato

PorFrancisco Bernabe

Campeonas del mundo, amateurs en su país
Nacional

Campeonas del mundo, amateurs en su país

PorLucía Nahir Gambaro