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UNA BANDERA, UN RENACER
Opinión

UNA BANDERA, UN RENACER

Por Franco Lourenco

7 min de lectura11 de septiembre de 2026, 13:38 GMT-3
UNA BANDERA, UN RENACER

El 15 de julio de 2026, minutos después de que la Selección Argentina venciera 2-1 a Inglaterra en las semifinales del Mundial y sellara su pase a la final, ocurrió algo que nadie había previsto. Un grupo de hinchas de Villa Luro había confeccionado, en un hotel de Atlanta, una bandera con una sábana blanca, pintura económica y un pincel. El costo no superó los diez dólares. Para ingresar al Mercedes-Benz Stadium, donde regía una prohibición expresa contra mensajes políticos, sus portadores debieron camuflarla entre la ropa. Minutos más tarde, Lisandro Martínez la sostenía sobre el campo y Giovani Lo Celso la desplegaba ante la tribuna. El mensaje, escrito a mano, decía: "Las Malvinas son argentinas". Simple, pero con una fuerte connotación. Esa fue la razón por la que ese trapo improvisado dio la vuelta al mundo en cuestión de minutos, y lo que empezó como un gesto espontáneo se transformó en tatuajes en la piel de miles de argentinos, en estandartes en marchas ajenas al fútbol, y en un símbolo que la propia AFA institucionalizó al declarar el 15 de julio como Día de las Selecciones Nacionales².

La pregunta que interesa aquí no es si la bandera consistió en un “buen” o “mal” gesto por parte de la selección, sino otra más incómoda: ¿Qué le pasó a la sociedad argentina para que un objeto de diez dólares tenga semejante capacidad de cohesión dentro de una población llena de enfrentamientos políticos? La respuesta no está en el fútbol, sino en todo lo que el fútbol permite decir a la gente cuando los demás medios parecen insuficientes u obsoletos.

Lo primero a mirar es de dónde salió esa bandera. No la mandó a hacer ningún dirigente, no pasó por ninguna oficina de prensa ni comité. La pintaron hinchas comunes y tuvieron que esconderla para entrarla, porque estaba prohibida. Ese detalle dice mucho, no fue un gesto autorizado, fue una pequeña desobediencia. Y ese impulso tiene tradición en la Argentina, es el mismo que empuja a saltar un vallado en una marcha o a golpear una cacerola cuando no hay otro medio para el reclamo. No hace falta que el mensaje sea disruptivo para que el gesto lo sea. Por eso esta bandera no funciona como un símbolo patrio más, sino que funciona como prueba de que la iniciativa de un grupo chico todavía puede instalar algo en la agenda de un país entero, sin pedir permiso. Que una sábana pintada en un hotel lograra lo que ninguna gestión diplomática había logrado en años, reponer Malvinas en el centro de la conversación mundial, es casi una demostración de que también se puede torcer las cosas por fuera de los canales previstos.

Lo distintivo no es que apareciera una bandera con el reclamo, ya había pasado frente a Inglaterra en el Mundial de México 86, sino la velocidad con que fue adoptada. Primero se viralizó, la foto recorrió el mundo en minutos, ayudada por el propio partido, una remontada agónica contra el rival histórico, con la comparación inevitable a lo que hizo Maradona en 1986. Después la gente empezó a llevarla en el cuerpo, dejó de ser una foto para convertirse en algo que miles decidieron tatuarse, un gesto que dice mucho sobre lo que necesitaban expresar. Y por último se fue de la cancha; apareció en marchas ajenas al fútbol, prueba de que ya no le pertenecía sólo al partido contra Inglaterra.

A nivel futbolístico, es innegable la existencia de una una relación tensa entre Argentina e Inglaterra, sobre todo cuando se cruzan. El antecedente que todos repitieron fue México 1986, cuando Argentina ganó 2-1 con los dos goles de Maradona, cuatro años después de la guerra. Cuarenta años más tarde el resultado se repitió, 2-1, con Argentina dando vuelta el partido sobre el final, casi como si la historia hubiera decidido escribir de nuevo el mismo desenlace. Scaloni había pedido separar el fútbol del reclamo por Malvinas; pero ese pedido chocó con la decisión de los propios jugadores de sostener la bandera de todos modos. Nadie les pidió mostrarla. Esto es clave para el ámbito político, dado que el reclamo no necesitó que ningún funcionario o sector del gobierno le bajara línea desde arriba. De hecho, la ministra Alejandra Monteoliva había negociado días antes con la FIFA y el FBI la prohibición de ingresar banderas alusivas a Malvinas. Aun así, fue la propia gente la que le devolvió centralidad a un reclamo que sigue instalado en la memoria del pueblo argentino.

¿Por qué prende con tanta fuerza ahora? Cuando una sociedad atraviesa incertidumbre económica y desconfianza institucional, tiende a buscar algo que la haga sentir parte de un colectivo. El fútbol es lo que ocupa ese lugar casi único: es de los pocos espacios donde "SER ARGENTINO" no exige adscribir a ningún bando político. Por eso la bandera prendió tan rápido, pues no hizo falta pensar igual sobre la guerra de 1982 para sentir que representaba algo propio. Hay además una cuestión generacional. Buena parte de quienes se tatuaron la bandera no vivió la guerra, la conoce por la escuela o por relatos familiares. Para ellos Malvinas era un tema lejano, recordado pocas veces al año. La bandera sacó ese reclamo del cajón y lo puso en movimiento, no vía una clase de historia, sino con una escena deportiva protagonizada por jugadores con los que ya tenían un vínculo afectivo. Por eso la reacción fue tan inmediata y corporal.

Hacia afuera, el episodio tuvo un recorrido distinto. Puertas adentro fue pertenencia genuina; puertas afuera funcionó sobre todo como noticia, amplificada por una ola de críticas en redes que tildó a la Argentina de tramposa y racista, sobre todo tras la derrota en la final. Desde Downing Street, el gobierno británico reafirmó su postura sobre la soberanía y pidió a la FIFA que investigara. Pero de ahí no se desprendió un giro real en la relación bilateral, hubo ruido mediático, pero no un cambio de agenda diplomática.

De todas las lecturas posibles, hay una que, en lo personal, pesa más: la de los excombatientes. Para ellos, la bandera la bandera significó sentirse reinvindicados frente a algo que cargan desde hace más de cuarenta años, muchas veces en soledad. Claudino Chamorro, del Centro de Excombatientes de Rosario, contó que la actual Selección representa para los veteranos a quienes combatieron en 1982, y que sentirse incluidos en ese triunfo fue, para muchos, la prueba de que la causa sigue más viva que nunca. La AFA, en un gesto elocuente, resolvió que la bandera original no quede como trofeo institucional, sino que se entregue a los excombatientes: vuelve así a manos de quienes realmente vivieron aquello que evoca.

Por eso mismo, lo que renació el 15 de julio de 2026 no fue simplemente un reclamo territorial que nunca había desaparecido del debate público. Lo que renació fue la capacidad de ese reclamo de movilizar a una generación que encontró en un trapo pintado a mano una forma de decir algo sobre sí misma que nada más le daba con esa intensidad. La bandera no fue el mensaje completo: fue la excusa que una sociedad necesitaba para volver a sentirse, aunque sea por unas semanas, parte de algo compartido. Y esa es la lectura más honesta del fenómeno, no habla tanto de Malvinas en sí como de todo lo que a la Argentina de 2026 le está costando encontrar en otro lado.

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