Por Julian Ornella
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Cuando Mauricio Macri ganó las elecciones en 2015, gran parte de la sociedad creyó que la etapa kirchnerista había llegado a su fin. Después de doce años consecutivos de gobierno (uno de Néstor y dos de Cristina) Argentina lograba algo prácticamente inédito en su historia democrática: tres mandatos consecutivos completados. Incluso si miramos la democracia argentina desde la Ley Sáenz Peña de 1912, es imposible encontrar un período semejante de continuidad política sin interrupciones traumáticas. El kirchnerismo había conseguido sobrevivir doce años en un país históricamente inestable, cambiante y acostumbrado a las crisis. Y eso implica reconocer, que algo bien hizo.

No hay dudas de que el gobierno de Néstor Kirchner supo reconstruir un país devastado después de la crisis del 2001. Reactivó una economía destruida y devolvió cierta sensación de orden después del caos. Pero con el paso de los años, especialmente durante el segundo mandato de Cristina Kirchner, empezaron a aparecer cada vez con más fuerza las muestras claras de agotamiento: inflación, corrupción, desorden económico, escándalos políticos y una creciente desconexión entre el relato oficial y la realidad de la sociedad.
Sin embargo, el problema no era únicamente económico. El verdadero desgaste fue discursivo y cultural. El kirchnerismo construyó una forma de hacer política basada en la confrontación permanente, en la lógica del “ellos o nosotros”, donde quien no acompañaba al gobierno parecía automáticamente convertirse en enemigo. Medios, empresarios, oposición, justicia o hasta el campo (motor productivo nacional) eran constantemente presentados como amenazas al proyecto político. El discurso oficial tenía un tono agresivo, militante e incluso prepotente, donde la política parecía vivirse como una batalla moral constante, donde ellos tenían la verdad universal. Y en un país como Argentina, agotado históricamente por el conflicto, esa tensión permanente terminó cansando a gran parte de la sociedad, especialmente a una clase media que siempre termina priorizando estabilidad, tranquilidad y previsibilidad.
Fue en ese contexto donde apareció Cambiemos. Incluso el nombre representaba una necesidad social: cambiar el tono, cambiar la lógica, cambiar la manera de relacionarse políticamente. Macri supo mostrarse como la contracara del kirchnerismo. Fue así como se cambiaron el insulto por el discurso y se cambiaron las banderas de Evita y Peron por banderas argentinas.

La famosa idea de “la grieta”, popularizada por Jorge Lanata en los Martín Fierro de 2013, terminó definiendo perfectamente esa época. El periodista dijo: “Hay como una división irreconciliable en la Argentina, lo que yo llamo ‘la grieta’ y creo que es lo peor que nos pasa”. Pero no solo se quedó en el presente, sino que también agregó a futuro: Eso va a trascender a los gobiernos. Vendrán Florencia, Máximo (los hijos de Néstor y Cristina) y la grieta va a seguir… Ojalá que algún día podamos superar esta grieta porque dos medias Argentinas no suman una Argentina entera”.

Macri ganó, pero nunca logró gobernar plenamente dentro de esa lógica. Desde el primer día, sectores del kirchnerismo hablaron explícitamente de “resistir” al macrismo. Cada reforma encontraba una resistencia sin ningún argumento lógico. Los sindicatos paralizaron constantemente el país con paros generales, las calles se transformaban en escenarios de enfrentamiento político y cualquier intento de cambio estructural era acusado de “dictadura”. La violencia alrededor de la reforma previsional de 2017, con catorce toneladas de piedras volando frente al Congreso, terminó simbolizando perfectamente el clima político argentino: una democracia donde muchas veces parece que solo algunos tienen permitido gobernar.
Y entonces llegó el retroceso de 2019. Argentina rodó hacia atrás por las mismas escaleras que tanto le había costado subir. El regreso del kirchnerismo, ahora encabezado formalmente por Alberto Fernández, pero conducido políticamente por la misma Cristina, prometía cerrar la grieta y “devolver el asado”. Ocurrió exactamente lo contrario. No solo la heladera no se llenó, sino que además la lógica institucional se perdió y volvimos a tener un giro radical: de tener una cumbre mundial en el Teatro Colón, a escuchar bandas como Sudor Marika en Plaza de Mayo.
El gobierno de Alberto terminó convirtiéndose en una de las mayores expresiones de decadencia política de la historia reciente argentina. Internas constantes, un presidente que no fue, inflación descontrolada, y una distancia totalmente macabra entre el discurso oficial y la realidad del argentino. La hipocresía terminó siendo imposible de esconder: los que nos pedían que nos quedemos en casa y nos impedían velar a nuestros familiares, se vacunaban a ellos mismos y se tomaban una copita en Olivos.

La grieta no sólo no desapareció: se profundizó todavía más. Cada problema económico era culpa de Macri, de los medios, del FMI o de “los diablos inflacionarios”. La política volvió a girar alrededor de enemigos imaginarios mientras el país se deterioraba aceleradamente.
Fue justamente ese fracaso el que terminó explicando la llegada de Javier Milei. Milei no apareció de la nada. Apareció como consecuencia del hartazgo de millones de argentinos frente a décadas de inflación, decadencia y frustración política.
Su gobierno hoy muestra luces y sombras. En lo económico, logró ordenar variables que parecían completamente incontrolables: bajar la inflación, reducir el riesgo país, recuperar la inversión y el crédito y sobre todo, recuperar la confianza internacional.
Es en lo político donde aparece un peligro enorme: Milei parece estar cayendo en la misma lógica agresiva y antagónica que terminó agotando al kirchnerismo. La necesidad permanente de insultar, descalificar y convertir cualquier diferencia en una guerra reproduce exactamente la dinámica que tanto daño le hizo a la Argentina durante los últimos veinte años. Lo que con Cristina era por cadena nacional, con Milei es por Twitter.

Y ahí está el verdadero riesgo. Porque Argentina no necesita más fanáticos convencidos de representar la única verdad. Necesita recuperar el diálogo, la institucionalidad y algunos acuerdos básicos que sobrevivan a los gobiernos. Ningún país puede crecer seriamente si cada cuatro años destruye todo lo anterior y vuelve a empezar desde cero, y lamentablemente, esta es la plataforma de propuestas que el kirchnerismo hoy propone. Si la política argentina sigue atrapada en la lógica de la grieta, del enemigo y de la revancha permanente, el país seguirá dando exactamente eso: conflicto.
Deseo profundamente que nunca más un político crea tener la verdad absoluta sobre lo moral y que nunca más vuelva a dividir a los argentinos entre enemigos irreconciliables. Porque los países no se destruyen solamente por sus crisis económicas, sino también cuando pierden la capacidad de pensar un futuro común. Más allá de cómo siga este gobierno, mantengo la fe y la esperanza de que la Argentina no vuelva a cometer los errores que tanto dolor le trajeron.
Quizás el verdadero desafío de nuestra generación sea ese: lograr, de una vez por todas, que Argentina deje de intercalar cada cuatro años un paso adelante y diez hacia atrás.