La ominosa racionalidad de la opción nuclear en el conflicto de Irán.
Por Daniel Ortega Ramón

La guerra en Irán empezada el 28 de febrero de 2026, así como la “Guerra de 12 Días” del año pasado, tiene como foco del conflicto las capacidades de enriquecimiento de uranio de Irán. Desde que la primera administración del Presidente Donald Trump retiró a EEUU del “Plan de Acción Integral Conjunto” (JCPOA por sus siglas en inglés) que regulaba el enriquecimiento de uranio por la República Islámica de Irán, el programa nuclear iraní está en el centro del conflicto entre ambos países. La situación consiste, básicamente, en que Irán ha desarrollado por décadas un programa nuclear clandestino por el cual se ha asumido que el Estado está determinado a desarrollar una bomba nuclear a pesar de haber negado esto oficialmente en todo momento. El año pasado, en el marco de las negociaciones respecto a restringir las capacidades nucleares de Irán, Israel llevó a cabo ataques a los sitios nucleares de Irán (en la denominada Operation Rising Lion), los cuáles fueron sucedidos por bombardeos de EEUU (en la llamada Operation Midnight Hammer) que tenían por propósito destruir las capacidades nucleares de Irán.

Si bien los ataques de 2025 lograron con éxito destruir las centrifugadoras de gas (las cuales permiten el enriquecimiento de uranio), lo que sobrevivió a los ataques y es punto de conflicto al día de hoy es la reserva de uranio ya enriquecida de Irán. Se estima que esta reserva alcanza unos 400 kg de uranio enriquecido al 60% de pureza, y se ha reportado que se encuentra bajo los escombros de los centros nucleares destruidos el año pasado. El futuro de este material representa, junto a las capacidades de enriquecer uranio, uno de los principales puntos de contención entre ambas partes a la hora de negociar una paz que dure. A la hora de pactar planes de paz, EEUU incluyó como parte de sus demandas la transferencia de estas reservas a la OIEA, mientras que Irán exige el reconocimiento del programa nuclear iraní y sus reservas. Más recientemente, Donald Trump aludió a sacar el uranio enriquecido de territorio iraní, mientras que el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Irán se refirió al uranio enriquecido como “tan sagrado como nuestro territorio” y declaró que este no se iría a ningún sitio.
Mientras el conflicto está en un “cese al fuego” marcado por un bloqueo naval y múltiples ataques de ambos lados, el tema nuclear poco a poco vuelve más oscuro el fin de esta guerra. La lógica detrás de las partes involucradas (Irán, EEUU e Israel) pinta una imagen bastante ominosa que hace casi imposible una paz duradera y, peor aún, lleva a esperar malas noticias en lo que refiere al tema nuclear. Para desglosar esta imagen es importante entender la posición de los actores. Por un lado, Irán, que ya buscaba difuminar la línea respecto a sus capacidades nucleares, tiene ahora evidencia más que suficiente de que tanto Israel como EEUU tienen por objetivo aniquilar el régimen iraní además de que no son confiables a la hora de llevar a cabo procesos diplomáticos (ambas guerras iniciaron concurrentemente a negociaciones diplomáticas sobre el tema nuclear). Esto, combinado con el abatimiento de Alí Jamenei, moderado sobre la cuestión nuclear, lleva a creer que el régimen iraní, si no buscaba antes una bomba nuclear, ahora definitivamente lo hará lo antes posible. EEUU, desde que consiguió la bomba, ha tenido por política la no-proliferación de armas de destrucción masiva, siendo casi un casus-belli como lo fue en Irak o estas dos veces con Irán. Por ello, es casi imposible que EEUU se quede de brazos cruzados si dentro de los próximos años Irán está a punto de conseguir la bomba atómica.
Esto empeora cuando consideramos que Israel no sólo se opone a que Irán consiga armas nucleares, si no que ve en él a un Estado que financia y arma constantemente a sus enemigos. Para Israel, un Irán nuclear representaría una amenaza mucho mayor que, aunque racionalmente disminuída por las propias armas nucleares israelíes, se acerca peligrosamente al umbral de una amenaza existencial para el Estado judío. Israel, además, opera bajo una política de Estado de ambigüedad respecto a la existencia de su arsenal nuclear y las circunstancias de su uso.

Es este factor el que representa un peligro real. Así lo expuso el profesor de Relaciones Internacionales John J Mearsheimer en el canal de Glenn Diesen la semana pasada. Allí discutió, entre otros temas, el enorme riesgo de una guerra nuclear por la situación en Irán. Incluso si se restaurase la confianza en la diplomacia y EEUU estuviera dispuesto a permitir el enriquecimiento monitoreado de material nuclear, si Israel considera (puede que correctamente) que Irán está completamente determinado a conseguir el disuasor nuclear y que esto representa una amenaza existencial para el Estado israelí, la opción de un ataque nuclear se vuelve aterradoramente racional.
No sabemos qué depara el futuro de este conflicto, y es obvio que no es para nada seguro que semejante calamidad vaya a suceder, pero es importante tener conciencia de cómo la racionalidad de los actores no sólo hace casi imposible una paz duradera, sino que lleva a temer profundamente la posibilidad del primer uso de armas nucleares en una guerra desde 1945.