Por Vicente Guerra Pizone

Desde el inicio del conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán en febrero de este año, el estrecho de Ormuz ha adquirido una innegable notoriedad. A día de hoy se trata probablemente del factor de mayor peso en las negociaciones de paz, y los efectos de su cierre se han extendido a todo el mundo. A tan sólo dos mil kilómetros de Ormuz, otro “cuello de botella” del comercio marítimo se encuentra en una situación similar, bajo un bloqueo parcial y con repetidas amenazas de cierre total.
Se trata del estrecho de Bab el-Mandeb, un paso de menos de treinta kilómetros de ancho que conecta el mar Rojo con el golfo de Adén. Lo rodean las costas de Yibuti, en el cuerno de África, y de Yemen, en la península arábiga. Es justamente desde aquí que los hutíes, el grupo insurgente aliado de Irán que controla la región occidental de Yemen, proyectan su poder sobre el estrecho y restringen el tráfico marítimo. Al día de la fecha existe un embargo a los buques vinculados a Arabia Saudita, pero desde el inicio del conflicto en Irán la posibilidad de un bloqueo total ha permanecido latente. En un mercado global ya convulsionado por los efectos del cierre de Ormuz, Bab el-Mandeb, que es un paso ineludible para una porción significativa del comercio mundial, cobra especial relevancia.
Para abordar la situación de Bab el-Mandeb resulta fundamental, en primer lugar, comprender su importancia estratégica en los flujos comerciales marítimos. Desde la inauguración del canal de Suez en 1869, el mar Rojo funciona como conexión naval entre el mar Mediterráneo ―a través del mencionado canal― y el océano Índico ―a través de Bab el-Mandeb―. Esto evita al tráfico marítimo tener que rodear todo el continente africano por el Cabo de Buena Esperanza, lo que supondría un incremento medio de unas 3000 millas náuticas y alrededor de diez días de navegación, implicando mayores costos y retrasos en los plazos de entrega.
En condiciones normales, por el mar Rojo circula cerca del 12% del comercio marítimo global en volumen, que alcanza el 30% en el caso de tráfico de contenedores. Por el estrecho de Bab el-Mandeb, en particular, transita alrededor del 12% del petróleo que a nivel global se transporta por mar. Esto explica por qué una interrupción del tráfico a través del mar Rojo implicaría un significativo impacto en la economía global, como ya ocurrió en 2021, cuando el portacontenedores Ever Given encalló en el canal de Suez bloqueándolo durante seis días. En contraste con esto, no es difícil imaginar el impacto que tendría en los mercados un bloqueo intencional con capacidad de extenderse durante un período mucho más prolongado.
Con relación al petróleo, específicamente, es conveniente aclarar que no todo el transporte de crudo en la región se da por vía marítima, sino que los oleoductos juegan también un rol importante. Se destaca el oleoducto Este-Oeste, en Arabia Saudita, que conecta los yacimientos petrolíferos cercanos al golfo Pérsico con el puerto de Yanbu, en el mar Rojo. Fue la existencia de este corredor lo que permitió mitigar la crisis producida por el bloqueo de Ormuz, aunque en una proporción limitada debido a su capacidad ―debe considerarse, además, que solo suple la exportación de Arabia Saudita y no la de los demás países del golfo―. De este modo, con Bab el-Mandeb bloqueado podría seguir saliendo petróleo del mar Rojo, pero solo por su extremo norte, que es el canal de Suez ―junto con el oleoducto Sumed, paralelo al canal―, y en un volumen no mayor al actual debido a que las instalaciones funcionan ya a su máxima capacidad.
El segundo factor que es necesario comprender para abordar la problemática de Bab el-Mandeb son los hutíes, un grupo islámico de mayoría chiita surgido en la última década del siglo XX. Estos cobraron especial relevancia en 2014, al tomar Saná, la capital del país, dando inicio a la guerra civil yemení. Tras casi doce años de guerra, los hutíes controlan hoy el sector noroccidental de Yemen ―una porción minoritaria en extensión territorial pero que abarca a la gran mayoría de la población―, a través del cual tienen acceso al estrecho de Bab el-Mandeb. El gobierno republicano yemení ―que es el que cuenta con el reconocimiento internacional―, por su parte, controla el este del territorio y la franja sur lindante al golfo de Adén.
El conflicto en Yemen resulta trascendente para la región debido a las alianzas tejidas por sus partes. Los hutíes se alinean con el llamado Eje de la Resistencia, la alianza informal liderada por Irán e integrada por otros movimientos de Oriente Medio como Hezbollah o Hamas. La facción yemení republicana, en cambio, es sostenida por una coalición de Estados árabes con Arabia Saudita a la cabeza. La red de alianzas y enemistades establecidas en torno a la guerra civil yemení permite comprender las acciones de los hutíes como parte de la lucha de Irán contra Estados Unidos e Israel, pero también como decisiones autónomas en relación con su disputa con Arabia Saudita.
Tras la toma de Saná en 2014 y la intervención de Arabia Saudita en 2015, los hutíes incorporaron a su estrategia ataques a buques vinculados a la coalición árabe o a Estados Unidos. El episodio más significativo de esta etapa se produjo en 2018, cuando una serie de ataques contra petroleros saudíes llevó a Riad a suspender durante poco más de una semana la totalidad de sus envíos de crudo por Bab el-Mandeb. Sin embargo, se trataba de acciones esporádicas y acotadas a las partes de la guerra civil, que no llegaron a alterar de manera perceptible el tráfico comercial global.
En octubre de 2023, tras el inicio de la guerra en Gaza, se dio un giro en la estrategia, y los hutíes declararon objetivo militar a todo buque con bandera israelí o vinculado a intereses de este país, iniciando lo que se conoce como la crisis del mar Rojo. Se sucedieron más de un centenar de ataques con misiles balísticos, drones y abordajes, de modo que el tránsito del mar Rojo cayó más de un 50% respecto de los años previos y el de contenedores se desplomó en más de un 80%. La respuesta internacional ―principalmente la operación Prosperity Guardian liderada por Estados Unidos y la misión defensiva Aspides de la Unión Europea― logró interceptar la mayoría de los proyectiles, pero no normalizar las condiciones del estrecho. Los ataques se prolongaron, con pausas asociadas a los “alto al fuego” y a las sucesivas ofensivas estadounidenses, hasta la firma del acuerdo de paz sobre Gaza en octubre de 2025.
Con el inicio de la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, el 28 de febrero del presente año, y junto con el cierre del estrecho de Ormuz, apareció la posibilidad de un bloqueo de Bab el-Mandeb en apoyo a Irán. El mismo 28 de febrero los hutíes amenazaron con retomar los ataques en el mar Rojo, y otras advertencias similares se sucedieron durante los siguientes meses. Según reportes de Reuters, el 16 de julio ―pocos días después de la caída del Memorándum de Islamabad firmado en junio, lo que implicó la reactivación de las hostilidades― Irán habría solicitado a los hutíes alistarse para cerrar Bab el-Mandeb en caso de que Estados Unidos atacara la infraestructura eléctrica iraní. Sin embargo, este tipo de amenazas no se concretaron durante los primeros meses del conflicto. De hecho, el flujo petrolero en Bab el-Mandeb aumentó en este período, debido a la relocalización de las exportaciones saudíes a través de Yanbu.
Esto se vio interrumpido el 20 de julio, cuando, en represalia por un ataque al aeropuerto de Saná y por el bloqueo impuesto a los puertos y aeropuertos yemeníes, los hutíes anunciaron un embargo marítimo a Arabia Saudita, incluyendo a las embarcaciones de bandera saudí, pero también a aquellas que hubieran cargado o descargado mercancías en puertos del país. Desde entonces, al menos ocho barcos saudíes fueron atacados con drones o misiles por los hutíes, según las declaraciones del grupo. Se registraron también ataques y hundimientos de otros buques de bandera no saudí, pero sin que los hutíes los reclamaran como propios. Entretanto, otros buques desviaron sus rutas para evitar Bab el-Mandeb, incluso en ciertos casos en los que no existía un vínculo directo con Arabia Saudita, buscando resguardar su seguridad o evitar primas de seguros mayores por considerarse el estrecho como zona de riesgo. Los reportes más recientes muestran que el tráfico a través de Bab el-Mandeb ha disminuido en torno a un 24% desde el inicio del embargo, pero los volúmenes de tránsito se han estabilizado a medida que los armadores se adaptan al nuevo entorno de seguridad.
Arabia Saudita, por su parte, respondió anunciando una coalición de “carácter puramente defensivo” con el fin de proteger la navegación en Bab el-Mandeb, el mar Rojo y el golfo de Adén. La integran, además de los saudíes, el gobierno republicano de Yemen, Kuwait, Baréin, Catar, Pakistán, Turquía, Egipto, Jordania, Bangladesh, Nigeria, Sudán, Yibuti y Somalia.

La crisis del estrecho de Ormuz, hoy altamente restringido y con un tráfico mínimo, llevó el precio del barril de petróleo Brent de 72 USD, antes del inicio del conflicto, a picos de 122 USD, mientras que actualmente se mantiene en torno a los 90 USD. El bloqueo parcial de Bab el-Mandeb ha tenido hasta ahora un efecto menor, aunque implica perjuicios para las navieras que, aun sin estar vinculadas a Arabia Saudita, se ven obligadas a desviar sus rutas, debiendo afrontar mayores gastos de traslado, o a pagar primas de seguros más altas. Esto demuestra, a su vez, que los hutíes no necesitan de la capacidad operativa para minar el estrecho de Bab el-Mandeb o hundir cualquier buque que intente cruzarlo para afianzar un bloqueo, sino que alcanza con hacer la ruta lo suficientemente arriesgada como para que las aseguradoras, las navieras y los comerciantes la abandonen por iniciativa propia.
Pero aun si se consolidara un cierre total del estrecho, los efectos no serían probablemente tan devastadores para la economía mundial como en Ormuz, debido a dos factores clave. El primero se relaciona con el volumen comercial habitual de cada estrecho, el cual es marcadamente mayor en Ormuz. En términos petroleros, por ejemplo, por Ormuz pasa aproximadamente un cuarto de todo el crudo transportado por mar en el mundo, mientras que por Bab el-Mandeb la proporción se sitúa en torno al 12%.
El otro factor se vincula con la naturaleza de cada estrecho y el origen y destino de los productos que pasan por él. Ormuz, por un lado, es la única conexión marítima del golfo Pérsico con el exterior. Si está bloqueado, el volumen de productos que pueden exportarse se reduce drásticamente ―como sucede en el caso del petróleo, en el que el oleoducto saudí Este-Oeste cubre solo una parte de la demanda―. Bab el-Mandeb, en cambio, es una de las dos entradas al mar Rojo, que se caracteriza por funcionar como conexión entre el mar Mediterráneo y el océano Índico y no como origen de productos de exportación ―exceptuando el ya mencionado puerto petrolero de Yanbu―. Si es cerrado, por lo tanto, la consecuencia es un incremento en el tiempo y costo del traslado de mercancías, lo que se traduce en un aumento de precios, pero no en un potencial desabastecimiento, como en el caso de Ormuz.
Si el bloqueo de Bab el-Mandeb se prolonga ―aunque sea bajo las condiciones actuales―, los principales afectados serán, con seguridad, los países de la región. Es el caso de Arabia Saudita, que verá fuertemente reducidas sus exportaciones ―por ejemplo, el petróleo que antes se exportaba a Asia, a través de Ormuz o de Bab el-Mandeb, y salía directamente al océano Índico deberá ahora cruzar el Mediterráneo y rodear África, anulando o minimizando la rentabilidad del negocio―, de Egipto, que sostiene una parte importante de sus ingresos mediante el canal de Suez, y del propio Yemen, que tendrá mayores dificultades para recibir ayuda humanitaria en su contexto de guerra civil.
El futuro de Bab el-Mandeb depende, en parte, de la evolución del conflicto entre Estados Unidos e Irán, actualmente en negociaciones. No sería plausible, por ejemplo, un bloqueo total del estrecho luego de que en Irán se alcanzara la paz. Pero existe también un grado de autonomía por parte de los hutíes, especialmente en relación con Arabia Saudita, lo cual aumenta la imprevisibilidad de la situación. Sería un error pensar que la apertura o no de Bab el-Mandeb es consecuencia directa de una orden emanada de Teherán.