Qué hay detrás del aumento migratorio hacia Europa
Por Isabela Ayerbe

Entre 2020 y 2024 ingresaron alrededor de 18 millones de personas a la Unión Europea desde países no pertenecientes al bloque. Entre los países de origen con más peso en las estadísticas migratorias recientes, excluyendo Europa, se destacan India, Marruecos, Siria y Afganistán. A la preocupación de los ciudadanos por la inmigración masiva se le suma un componente que la intensifica: estos son países mayoritariamente de población musulmana. Seguro que han escuchado a una parte de la sociedad europea alarmada con que en Europa “en un futuro habrá más musulmanes que europeos”. ¿Es esto verdaderamente así? No es menor aclarar que una afirmación como esta no tiene sustento estadístico detrás. Carecen de un estudio con tal proyección demográfica.
Existe, sin embargo, un estudio de Pew Research en donde se proyecta que, en un escenario con alta inmigración, para el año 2050 el porcentaje de población musulmana en Europa sería de un 14%. Este porcentaje, aunque contundente, no está cerca de ser una mayoría. Aun así, esto no deja de generar revuelo en la sociedad, disputa en el orden político y un llamado de atención para el sistema internacional. Porque esto no es solo la cara de un problema de convivencia entre religiones y etnias, sino que es la representación de la miseria del otro lado del Mediterráneo.
Cabe mencionar que la mitad de la migración hacia Europa es interna, luego la asiática y le sigue la africana. Entendiendo que la interna tiene un hilo con la situación ucraniana, y que la asiática combina refugiados de guerra con migración laboral, es en la migración africana donde se juega lo central de este análisis: la enorme brecha de natalidad entre Europa y África, y los factores de vulnerabilidad que incitan a los africanos a escapar.
Mientras Occidente atraviesa el desafío de la baja natalidad y Europa baja a un promedio de 1,4 hijos por mujer, en África la problemática llega del carril contrario: un promedio de 4 hijos por mujer, muchísimos jóvenes y pocas oportunidades. Se encuentran con un factor cultural que les asegura proyección demográfica pero a la vez con un factor económico que desalienta a las nuevas generaciones. La población se agiganta pero la economía no la sustenta. Por supuesto que nos encontramos ante un continente heterogéneo, que cuenta con países de realidades económicas diversas; pero hoy África vive una situación genérica de vulnerabilidad y falta de expectativas.
Pero sería injusto juzgar la situación de un continente entero sin revisar su historia: un pasado de colonización donde África fue literalmente dividida, sus recursos aprovechados y sus habitantes esclavizados; este proceso fue en gran medida en pos del comercio y la generación de riqueza de las potencias europeas y estableció una prolongada relación de dependencia económica. Esto fue seguido de independencias que carecían de instituciones fuertes y de capacidad estatal, con posteriores guerras civiles y conflictos étnico-políticos derivados de las líneas superficiales de la división colonial. Esto significó destrucción de ciudades, menos empleo, pobreza, trabas al desarrollo y gobiernos con concentración de poder y poca transparencia.
Además de esta trayectoria, la situación de las regiones de clima naturalmente seco se ven agravadas en los últimos años por el calentamiento global: sequías prolongadas, tierras que se vuelven desiertas, escasez de agua y de alimentos, y desastres rurales. De este modo vemos cómo se han constituido varios factores de expulsión: pobreza, falta de empleo digno, inestabilidad política, conflictos, corrupción, factores climáticos y aumento de jóvenes sin perspectivas. Puesto que este es su escenario, parte de la población se desplaza hacia zonas urbanas generando megaciudades precarias y otros escapan a Europa: un lugar que para muchos de ellos representa un futuro de estabilidad, salarios más altos, educación, atención sanitaria, derechos.
Puede o no sonar una idealización, y puede que esto no sea inmediato ni mucho menos, lo cierto es que muchas veces esas oportunidades existen y les permiten tener al menos la esperanza de que sus hijos vivirán mejor. Del otro lado, la sensación de varios europeos despierta palabras como: degradación, inseguridad, inhabitabilidad, barrios islamizados, pérdida de identidad nacional, entre otras cosas. Lo que se vive es el famoso choque cultural: ciudadanos indignados con la transformación de sus ciudades o barrios en lugares ahora multiculturales. Los inmigrantes arriban y la percepción de inseguridad aumenta, aunque esta relación causal no está necesariamente sujeta a un aumento estructural de delincuencia. Pero lo cierto es que algunos nativos advierten sobre situaciones de riesgo tales como robos, agresiones, mafias, descontrol migratorio, o presión sobre el empleo, los servicios y la vivienda.
Todas estas manifestaciones acompañan una inquietud no solo por el hoy sino por el mañana, temen que el alrededor al que están acostumbrados se transforme, temen que se diluyan los valores y costumbres que hace un tiempo los caracterizaban como españoles, como franceses, como alemanes; temen perder su particularidad, su legado, e indudablemente la prioridad del nativo.
Si bien este temor e incertidumbre se hacen muy presentes, algo que particularmente caracteriza el rechazo ocasional hacia la inmigración es la preocupación por el Islam. Partiendo del hecho de que no todos los inmigrantes, ni todos los africanos ni todos los asiáticos son musulmanes, ni tampoco la totalidad de quienes profesan la religión se comportan de acuerdo a un islam extremista, lo cierto es que la comunidad musulmana en Europa tiene una presencia significativa y no todo lo que trae consigo es bien recibido. A determinado sector de esta comunidad se lo asocia con grupos yihadistas (que justifican la violencia en nombre del Islam) que buscan aplicar la ley islámica en la vida cotidiana de otras sociedades: ¿qué supone esto? Matrimonios forzados, castigos corporales para delitos, restricción a la educación, el trabajo y la libertad de movimiento de las mujeres, y más. Estas prácticas son consideradas nocivas, una vulneración grave a los derechos humanos conquistados y por sobre todo costumbres que continúan atentando contra la dignidad y autonomía de la mujer.
A raíz de todo lo mencionado, los gobiernos europeos se encuentran frente a una disyuntiva: ¿es mejor una política de fronteras más abiertas o restringidas? ¿Multiculturalismo o asimilación? ¿Acogida o reemigración? Hoy Europa decidió avanzar sobre el control fronterizo y la facilitación de los retornos. Pero el derecho al asilo y al refugio sigue existiendo, y la política de integración que implica un proceso de dos vías (tanto migrantes como receptores tienen responsabilidades) también es considerada por la UE como la mejor manera de convivencia.
Sin embargo, la iniciativa más humanitaria, aunque no la más priorizada, de las estrategias actuales de la Unión Europea, es actuar sobre las causas estructurales de la inmigración: invertir en la mejora de condiciones en África, en su infraestructura, energía, educación, en ese contexto que empuja a sus habitantes a huir, en que puedan imaginar un futuro allí, y de esta misma manera Europa aliviaría la presión sobre sus fronteras.
En fin, este escenario complejo puede comprenderse una vez que se conocen las causas profundas del proceso, cuando se razona desde la comprensión y se consideran las consecuencias reales de quienes lo protagonizan. Lo fundamental de fenómenos como estos es el primer plano que debería tomar la supervivencia de las personas, su salud, sus condiciones dignas, su familia, su educación. De todos y cada uno. De un lado y del otro. El mundo es mucho más que nuestro país, que nuestra ciudad y que nuestro barrio.