
Spider-Man, libertad, cambio y responsabilidad
Por Mateo Kress Durhand
“Un gran poder conlleva una gran responsabilidad”. Pocas frases del cine, como el mensaje del Tío Ben a Peter Parker, se vuelven memorables calando hondo en quienes las escuchan. Brand New Day añade otra capa: el deber de conservar. La última película de Spider-Man permite pensar el poder no solamente como la capacidad de actuar sobre el mundo, sino también como la responsabilidad de preservar aquello que construye nuestra identidad.
En la película, Peter atraviesa una crisis particularmente significativa cuando su condición de Hombre Araña comienza a entrar en conflicto con aquello que no es. Su ADN arácnido deja de ser simplemente el origen de sus poderes y se convierte en una amenaza para su propia identidad. La pregunta, entonces, deja de ser únicamente qué puede hacer Peter con sus capacidades y pasa a ser quién quiere seguir siendo. Ahí aparece una cuestión profundamente humana: podemos cambiar, pero no todo cambio significa progreso; podemos transformarnos, pero no por eso podemos convertirnos en cualquier cosa.
La libertad consiste no en empezar desde cero. Somos capaces de querer y de actuar, de orientar nuestra vida y tomar decisiones, pero no siempre lo hacemos desde una realidad que elegimos completamente. Tenemos una naturaleza, una historia, vínculos, capacidades y circunstancias que nos preceden. Negar todo aquello en nombre de la libertad no nos hace necesariamente más libres. Por el contrario, puede llevarnos a confundir libertad con reinvención permanente.
Algo semejante ocurre con una de las ideas más extendidas de estas décadas: “yo puedo solo”. La autosuficiencia absoluta puede parecer una expresión de independencia. Sin embargo, nadie comienza su vida así como si nada. Aprendemos lenguas que no inventamos, recibimos una educación, una cultura y una historia, formamos vínculos que nos constituyen y vivimos dentro de instituciones que existían antes de nosotros. Reconocer esa dependencia no elimina nuestra libertad. Nos permite comprenderla mejor.
Pero tampoco es razonable pensar que toda transformación es necesariamente buena por el simple hecho de ser transformación. Existe una tentación de cambiar por cambiar: destruir un edificio histórico porque ocupa un espacio que podría utilizarse de otra manera; desarmar una política pública únicamente porque fue impulsada por quienes piensan distinto; modificar una institución sin preguntarnos qué función cumplía; o incluso alterar nuestra propia personalidad para obtener la aceptación de los demás. En todos estos casos aparece una misma confusión: identificar la posibilidad de cambiar con la necesidad de hacerlo.
Esto tampoco significa que la conservación le abra la puerta al inmovilismo. Hay instituciones que necesitan reformarse, políticas que deben corregirse y costumbres que pueden perder su sentido. La cuestión es otra; antes de transformar algo deberíamos preguntarnos qué estamos transformando, por qué lo hacemos y qué podríamos perder en el proceso. La prudencia no es rechazar el cambio sino distinguir aquello que necesita ser cambiado de aquello que merece ser conservado.
Este punto adquiere una dimensión política cuando dejamos de hablar solamente de personas. Una sociedad no nace de un repollo. Un Estado recibe una historia, instituciones, símbolos, costumbres, vínculos y formas de convivencia que no fueron creados por quienes administran el presente. Quien posee poder político tiene la capacidad de transformar esas realidades. Pero precisamente por tenerla también tiene la responsabilidad de no confundir poder con omnipotencia.
Una política pública no debería mantenerse porque fue creada por “los nuestros”, ni eliminarse simplemente porque fue creada por “los otros”. Un patrimonio no debería preservarse solamente por nostalgia, ni destruirse porque puede generar una utilidad inmediata. Una institución no debería ser defendida porque es antigua, pero tampoco descartada por el simple hecho de serlo. La pregunta fundamental debería ser qué bien cumple, qué problemas presenta y qué consecuencias tendría reemplazarla.
En este sentido la política comparte con la vida personal una misma dificultad: cómo cambiar sin dejar de ser. Una comunidad política necesita capacidad de reforma, pero también de continuidad. Del mismo modo que Peter Parker no puede reducirse a su ADN arácnido, una sociedad tampoco puede reducirse a sus instituciones actuales; pero tampoco puede pretender reconstruirse desde cero sin arriesgar aquello que le da continuidad.
Quizás ahí se encuentre una lectura más profunda de Brand New Day. El nuevo día no consiste en borrar todo lo anterior y comenzar nuevamente. Peter puede cambiar, aprender y tomar nuevas decisiones sin dejar de ser quien es. La libertad no desaparece cuando reconocemos una identidad previa; al contrario, se vuelve más concreta: no somos libres porque podamos decidir ser cualquier cosa, sino porque podemos decidir qué hacer con aquello que somos y aquello que hemos recibido.
Lo mismo puede decirse del poder. Su responsabilidad no consiste únicamente en preguntarse qué puede hacer, sino también qué debe preservar, gobernar, reformar o transformar; no debería significar destruir todo lo anterior para imponer una voluntad nueva. El verdadero desafío está en construir el futuro sin romper innecesariamente la continuidad que permitió llegar hasta él.
Un nuevo día, entonces, no tiene por qué significar dejar atrás todo lo que fuimos. Puede significar algo más difícil: avanzar, cambiar y corregir sin perder aquello que nos hace ser nosotros mismos. Porque quizá la pregunta que acompaña al gran poder no sea “¿qué responsabilidad tengo por lo que puedo hacer?” sino también una pregunta anterior y más incómoda: ¿qué responsabilidad tengo por aquello que recibí y ahora me corresponde conservar.