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MERCOSUR: Más allá de la grieta Milei - Lula
MERCOSUR: Más allá de la grieta Milei - Lula

MERCOSUR: Más allá de la grieta Milei - Lula

Por Paloma Venegas

6 min de lectura
18 de agosto de 2026, 22:35 GMT-3

Después de la ratificación del acuerdo Mercosur-Unión Europea, se creía que el bloque se había fortalecido y se encontraba avanzando sobre los objetivos que sus países habían buscado desde hace años. Sin embargo, el choque diplomático entre Milei y Lula hizo tambalear esa idea. El 25 de julio, Milei viajó a San Pablo a respaldar la candidatura de Flávio Bolsonaro y llamó a Lula “presidiario” y “ladrón”. Brasil respondió degradando su representación diplomática en Argentina, rebajándola al nivel de un simple encargado de negocios. Esta podría representar la ruptura diplomática más grave entre ambos países desde la vuelta de Argentina a la democracia en 1983.

Sin embargo, como reconoció el propio presidente paraguayo, Santiago Peña, el comercio y el funcionamiento del bloque no se vieron afectados por la crisis. Esta disputa es un reflejo del choque ideológico entre ambos presidentes. Pero, si se analiza más detalladamente, esa diferencia ideológica también incluye una diferencia de percepción respecto al Mercosur. Lula concibe al bloque como el proyecto de integración regional que impulsó a principios de este siglo. En cambio, Milei no lo concibe como integración regional, sino como una plataforma económica. Por eso lo llamó una “prisión”, ya que limitaba la libertad argentina para negociar sin necesidad del bloque y, con eso, arruinaba el único propósito que, de acuerdo con su visión, el Mercosur debía cumplir.

Estas diferencias también se vieron reflejadas en la discusión sobre el tratado bilateral de Argentina con Estados Unidos. Es una cuestión que va más allá de una pelea entre dos presidentes: es una tensión que atraviesa al mismo Mercosur. Para entenderla, es necesario comprender la Decisión CMC 32/00, una norma del año 2000 que obliga a los cuatro Estados Parte a negociar en bloque cualquier acuerdo comercial con países fuera de la región. Nunca fue incorporada como ley en ninguno de los cuatro países, pero se respetó durante veinticinco años por costumbre. En diciembre de 2024, Argentina llevó al Consejo del Mercado Común una propuesta para romperla, debido a que quería que cada país pudiera firmar Tratados de Libre Comercio de forma individual y sin necesidad de consensos. La iniciativa dividió al bloque en dos bandos: Argentina y Uruguay a favor, Brasil y Paraguay en contra. Aquella elección estancó dicha propuesta, pero ese resultado revela la visión que tiene cada país respecto del Mercosur.

En el caso de Argentina y Brasil, su visión se ve muy ligada a su perspectiva ideológica. En Argentina, los gobiernos de derecha empujaron la flexibilización, como Macri y Milei, mientras que los de izquierda, como los Kirchner o Alberto Fernández, priorizaron la integración. En Brasil, el patrón es similar, pero mucho más discursivo que concreto, ya que los gobiernos de Bolsonaro o Temer se mostraron más abiertos a flexibilizar la norma. En cambio, Dilma Rousseff y Lula reafirmaron su compromiso histórico con la integración regional. A pesar de tener diferencias discursivas, ninguno propuso un cambio verdadero. No obstante, esta posición está en juego.

En julio de 2026, Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente y el principal rival de Lula en las elecciones de octubre, envió un documento a la Oficina del Representante Comercial de Estados Unidos en el que sostuvo que “Brasil busca formas para liberarse de las amarras del Mercosur que han impedido a anteriores gobiernos tener este tipo de negociaciones con EE.UU.”, y citó explícitamente el tratado que Milei firmó con Trump al margen del bloque como el modelo a seguir. Es la señal más concreta hasta ahora de lo que hará la derecha con el Mercosur cuando llegue al poder, cambiando la tendencia histórica que tenía la izquierda brasileña.

Por otro lado, Uruguay y Paraguay no responden tanto a una ideología. Estos países actúan de manera mucho más pragmática. Uruguay reclama la flexibilización desde 2016, sin importar quién gobierne, desde que China superó a Brasil como su principal destino de exportaciones y pasó a necesitar un tratado de libre comercio propio. En noviembre de 2022, cuando el gobierno uruguayo avanzó con el TLC con China, Argentina, Brasil y Paraguay lo bloquearon con una nota conjunta, advirtiendo represalias legales y comerciales si Uruguay insistía en negociar en solitario. Paraguay, por su parte, se opone, pero tampoco por una convicción real, ya que, al ser la economía más pequeña del bloque, depende de las preferencias comerciales dentro del Mercosur para sostener sus exportaciones y, desde que es parte de este bloque, ha tendido a alinearse con la posición de Brasil, su socio comercial más grande.

Con este panorama, el mapa de alianzas dentro del Mercosur queda claro. Por un lado, tenemos a Argentina y Uruguay, que empujan por una mayor flexibilización, mientras que Brasil la resiste y Paraguay, fiel a su pragmatismo, se alinea con quien sea el socio más grande. Ese es el trasfondo real de octubre.

La elección brasileña no es una elección que define solo su escenario nacional, sino que es la pieza que falta para entender qué modelo de Mercosur va a establecerse. Si gana Lula, Brasil seguirá sosteniendo su visión de integración que defiende desde los inicios del bloque, aunque la ruptura diplomática con Argentina podría dificultar su funcionamiento incluso si el modelo se mantiene intacto. Si gana Flávio Bolsonaro, en cambio, la balanza podría inclinarse por primera vez en veinticinco años hacia el modelo que reclaman Argentina y Uruguay. Nadie puede asegurar qué pasará. Lo único cierto es que después de octubre tendremos la respuesta a la pregunta: ¿cuál será la visión que el Mercosur seguirá?


Por Paloma Venegas

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