En conversación con Pablo Melicchio sobre el legado de Nora Cortiñas, cofundadora de Madres de Plaza de Mayo, y la construcción de una memoria colectiva que no se detiene.
Por Lola Varela Cardinali

A 50 años del último golpe de Estado, crece la participación juvenil en marchas, espacios de memoria y actividades educativas en todo el país.
El pasado 24 de marzo, la Argentina volvió a movilizarse en el marco del “Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia”. Esta fecha, clave para la identidad de nuestro país, fue establecida como feriado nacional en 2002, con el objetivo de conmemorar a las víctimas y promover instancias de reflexión y construcción colectiva del recuerdo sobre el régimen que se extendió durante siete años y medio.
Aquel sistema de terror violó sistemáticamente los derechos humanos a través de la represión, las torturas y las miles desapariciones forzadas. Por eso, recordar esta fecha no es sólo una evocación de los hechos ocurridos, sino que también reafirma el compromiso con la democracia, para que estos crímenes no se repitan nunca más.

Este año, como ocurre desde hace décadas, decenas de miles de personas se congregaron en la Plaza de Mayo para una jornada dedicada a la memoria de las víctimas. Entre el sonido de los tambores, destacaban carteles con consignas y los emblemáticos pañuelos blancos, portados esta vez por muchos jóvenes.
Desde temprano, columnas provenientes de toda la Ciudad comenzaron a converger en el centro porteño. En el cruce de Avenida de Mayo y Tacuarí, la presencia de los centros de estudiantes secundarios y de diversas facultades de la UBA fue masiva. Allí, los estudiantes compartieron espacio con organismos históricos como Abuelas de Plaza de Mayo, H.I.J.O.S. y Nietos, asumiendo un rol protagónico en la tarea de proyectar la memoria hacia el futuro.
En ese escenario, lo que se pone en juego es una forma de ocupar el espacio público que se fue construyendo a lo largo del tiempo. En esa tradición, la figura de Nora Cortiñas resulta ineludible: su manera de sostener la presencia en la calle y de vincularse con distintas generaciones dejó una marca que hoy se reconoce en quienes continúan participando de estas movilizaciones.
“¿Cómo registrarlo todo? ¿Cómo hacer para que lo que me transmite no quede solo en mi memoria finita y vulnerable, como toda memoria?”, solía preguntarse Norita. De esa inquietud surge “El lado Norita de la vida”, una obra construida a partir del diálogo entre Cortiñas y Melicchio, que busca preservar su testimonio y hacerlo accesible especialmente para quienes no vivieron ese período pero hoy lo resignifican en las calles.

En una entrevista realizada por la autora para esta nota, a partir de un vínculo previo iniciado años atrás durante la presentación de uno de sus libros, Melicchio accedió a responder una serie de preguntas con el objetivo de enriquecer este artículo desde su mirada como psicólogo y autor, ya que mantuvo un vínculo cercano con Nora Cortiñas. En ese marco, explicó que el libro también puede pensarse como un “puente generacional”. Así, su valor no radica solo en reconstruir una historia, sino en habilitar nuevas formas de apropiación por parte de los jóvenes. Según contó, Nora entendía que su historia no debía quedar encapsulada en el pasado, sino circular, ser apropiada y resignificada por ellos. “Ella decía que este era su legado, pero que cada madre debería tener su libro”, recordó el autor, marcando la importancia de multiplicar estas voces como forma de sostener la memoria.
Lejos de ser una figura solemne, Norita, como la nombraban muchos jóvenes, construyó un vínculo cercano con las nuevas generaciones. Este vínculo, más afectivo que institucional, no solo permite comprender por qué su figura sigue vigente en espacios juveniles actuales sino también las razones por las cuales hoy tantos chicos y chicas encuentran en las Madres y Abuelas un referente: por su lucha histórica y por lo que representan en el presente. Son un ejemplo de cómo transformar el dolor en acción colectiva.
“Si hay algo que enseñan las Madres es que la lucha siempre tiene que estar presente y que no hay que bajar los brazos frente a los grandes objetivos que tenemos en la vida, desde lo personal, pero también desde lo social. La lucha no es solo por lo propio: requiere empatía con las luchas de los otros y con lo que les pasa.”
En un contexto atravesado por el individualismo, Pablo remarcó que el legado de Nora también interpela las formas actuales de participación. Particularmente entre los jóvenes, quienes se enfrentan a una sociedad hiperconectada pero muchas veces poco vinculada en términos humanos, el mensaje sigue vigente: la importancia de salir al encuentro con otros, de organizarse y de sostener luchas colectivas. “Nadie es un héroe solo”, sintetizó.
Esa dimensión colectiva no solo fue parte del pasado, sino una enseñanza activa. Las Madres, que comenzaron buscando solas a sus hijos, encontraron en la organización una forma de resistencia. Esa misma lógica, según Melicchio, es la que hoy reaparece en los centros de estudiantes, en las marchas y en los espacios de militancia juvenil donde la memoria se traduce en prácticas concretas de participación.
Así, la memoria deja de ser un ejercicio estático para convertirse en una práctica viva. En el caso de los jóvenes, no se trata únicamente de recordar lo que pasó, sino de comprenderlo, transmitirlo y actuar en consecuencia.
A veces cuesta creer que las nuevas generaciones mantengan tal interés por el pasado, pero el informe Nunca Más es contundente: el 60% de los desaparecidos tenían entre 21 y 30 años al momento de su secuestro. Ante esto, ¿cómo podríamos ignorar un hecho que nos toca tan de cerca? Al fin y al cabo, nosotros podríamos haber sido ellos, y esa cercanía es lo que mantiene viva la memoria.