Las fuerzas armadas como factor de poder perdido
Por Juan Martin Medina
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La decadencia de las naciones rara vez es el resultado de un impacto instantáneo. Se parece más a los conflictos de intereses donde las tensiones acumuladas provocan sismos sucesivos hasta desmoronar la estructura. En el caso argentino, la crisis contemporánea responde a un pilar trágico: la imposibilidad de consolidar un modelo de continuidad estratégica debido a la sucesión de seis golpes de Estado (1930, 1943, 1955, 1962, 1966 y 1976) que destruyeron la seguridad jurídica, fracturaron el tejido social y llevaron al país a una inestabilidad crónica.
Para comprender la ultradecadencia argentina en su máxima complejidad es imprescindible abordar un actor central que ha sido malinterpretado, utilizado y posteriormente estigmatizado: las Fuerzas Armadas. Su génesis republicana bajo la doctrina alemana de la Nación en Armas, la posterior fractura doctrinal entre sus tres armas y la degradación estratégica observada durante el período democrático post-1983.
En el diagnóstico contemporáneo se suele caer en un error al analizar al instrumento militar como una corporación intrínsecamente nociva. La filosofía política y la historia nacional demuestran lo contrario. No existe Estado soberano ni nación viable sin Fuerzas Armadas profesionales, equipadas y respetadas.
En la Argentina, las Fuerzas Armadas fueron las que forjaron el Estado. Los libertadores San Martín y Belgrano desde el 29 de mayo de 1810 cuando se crearon los ejércitos, trazaron las fronteras de la independencia, y el Ejército Nacional fue el que garantizó la integridad territorial y la organización constitucional de 1853-1880.
La profesionalización del instrumento militar respondió a una necesidad clave del Estado en formación, subordinar las montoneras provinciales y consolidar la soberanía:
Domingo Faustino Sarmiento (1868–1874): Fundó el Colegio Militar de la Nación (1869) y la Escuela Naval Militar (1872), garantizando que la oficialidad recibiera instrucción técnica, académica y táctica uniforme, desvinculada del caudillismo local.
Julio Argentino Roca (1880–1886 / 1898–1904): Transformó la defensa en una institución moderna de despliegue nacional. Con la creación de la Escuela Superior de Guerra (1900) y la promulgación de la Ley Riccheri de Servicio Militar Obligatorio (1901), el Ejército pasó de ser un cuerpo de voluntarios a una fuerza masiva que integró socialmente a los hijos de inmigrantes y afianzó la presencia estatal en las fronteras.
En el centro de esta reorganización estuvo la adopción del pensamiento del mariscal prusiano Colmar von der Goltz y su obra fundamental Das Volk in Waffen (La Nación en Armas, 1883), texto de lectura y estudio obligatorio en la formación de la oficialidad argentina.
Von der Goltz sostenía que en la era moderna la guerra ya no era asunto de ejércitos mercenarios o élites profesionales, sino la movilización total del potencial humano, industrial, científico y moral de un país. Bajo esta doctrina el servicio militar se convirtió en una escuela de ciudadanía, disciplina e integración territorial, donde el Estado debía planificar su infraestructura (ferrocarriles, siderurgia, energía, telecomunicaciones) en función de la defensa nacional y la autarquía económica. La preparación para la defensa se concibió como la condición previa para la prosperidad de la república.

A lo largo del siglo XX, esta visión convirtió a las Fuerzas Armadas en el motor del desarrollo científico e industrial de la Argentina:
-Manuel Savio y la creación de Fabricaciones Militares y SOMISA, sentando las bases de la siderurgia pesada.
-Enrique Mosconi al frente de YPF, impulsando la soberanía energética.
-Juan Ignacio San Martín al frente de IAPI/FMA, promoviendo el complejo industrial aeronáutico y tecnológico en Córdoba.
Edmund Burke en, Reflexiones sobre la Revolución en Francia, 1790 decia que la fortaleza de una nación radica en su "contrato intergeneracional": un pacto entre los muertos, los vivos y los que van a nacer. Las Fuerzas Armadas representaban el hilo conductor de esa herencia institucional.
Las Fuerzas Armadas argentinas no eran un bloque homogéneo. Su desempeño político estuvo atravesado por tensiones doctrinarias, culturales y geopolíticas entre sus tres componentes.
La línea germanófila del Ejército (continentalista e industrialista)
Inspirado en la instrucción prusiana y en la doctrina de Von der Goltz, el Ejército Argentino desarrolló una visión continentalista: orden riguroso, servicio militar obligatorio, planificación estatal y una profunda desconfianza hacia el libre comercio irrestricto. Esta línea concebía la soberanía a través de la autarquía industrial y la defensa del territorio continental. Fue la matriz doctrinaria que inspiró:
El Golpe de 1930: Con una vertiente nacionalista corporativa encabezada por el general José Félix Uriburu (admirador del modelo germano-italiano).
El Golpe de 1943: Gestado por el GOU (Grupo de Oficiales Unidos), de marcada simpatía por la neutralidad en la Segunda Guerra Mundial, con un perfil marcadamente industrialista y autárquico que proyectó la figura de Juan Domingo Perón.
El Golpe de 1966: La "Revolución Argentina" de Juan Carlos Onganía, influenciada por un desarrollismo autoritario y corporativo de corte estatal, si bien a este punto la influencia germanica habia desaparecido en el Ejercito, Ongania tenia una vision de corte nacionalista y catolica, adhiriendo tambien a la Doctrina de Seguridad Nacional para frenar el avance del comunismo en la Argentina fomentada por los Estados Unidos en toda la region de Hispanoamerica.

Nacida formalmente como arma independiente el 4 de enero de 1945, la Fuerza Aérea Argentina se desprendió directamente del seno del Ejército (Servicio Aeronáutico del Ejército). Por esta filiación institucional, la aviación militar heredó en sus primeras décadas la matriz continentalista, nacionalista e industrialista del Ejército.
La Fuerza Aérea se gestó al calor de la Fábrica Militar de Aviones (FMA) en Córdoba. Pensadores y gestores como el brigadier Juan Ignacio San Martín impulsaron el desarrollo de vanguardia de cazas a reacción (el Pulqui I y II), posicionando a la Argentina como pionera sudamericana en tecnología aeronáutica.
Durante los conflictos políticos de las décadas de 1940 y 1950, la Fuerza Aérea tendió a alinearse con las posiciones del Ejército y con los proyectos de soberanía industrial del Estado, guardando distancia del sesgo liberal-conservador de la Marina, exceptuando algunos casos (en 1955 actuaron de manera conjunta en la Revolucion Libertadora, aunque despues se separaron).

Por contraste, la Armada Argentina proyectó históricamente su mirada hacia el mar y los grandes centros de poder marítimo internacional, formándose bajo la doctrina naval de Gran Bretaña y Estados Unidos, que siguen la teoría del poder naval de Alfred Mahan. Esta cúpula se identificaba con la inserción de la Argentina en el comercio global, la alianza con las potencias extra-regionales y una visión liberal-conservadora de la economía.
Su sesgo doctrinario era profundamente anti-populista y anti-estatalista. Esta matriz fue el motor ideológico de:
El Golpe de 1955: La "Revolución Libertadora", liderada en su vertiente más dura por los almirantes Isaac Rojas y Pedro Aramburu.
El Golpe de 1962: La destitución de Arturo Frondizi, donde la Armada actuóa como veto inflexible frente al acuerdo petrolero y el diálogo político con el peronismo.
El Golpe de 1976: La Junta Militar, donde la Marina de Emilio Massera ejerció un rol central, combinó la represión ilegal con la apertura económica financiera y la desarticulación del aparato industrial montado por la tradición continentalista del Ejército y la aviación.

Al ser arrastradas por las corporaciones civiles a arbitrar las disputas políticas domésticas, se desvirtuó la misión original de las Fuerzas Armadas. La política argentina quedó atrapada en un péndulo. Cuando gobernaba una facción, la otra realizaba un golpe para imponer su visión, anulando cualquier modelo de continuidad estratégica. Podríamos decir, de manera irónica, que las Fuerzas Armadas pasaron más tiempo en la Casa Rosada que defendiendo a la Nación.
Este movimiento pendular sepultó las dos grandes búsquedas de desarrollo del siglo XX:
-La Argentina Agroexportadora (1880-1930): Aniquilada por la irrupción del quiebre de 1930.
-El Desarrollismo de Frondizi (1958-1962): Un intento de integración industrial que fue cortado por presiones de la línea anglofila en 1962.
Como advirtió Alexis de Tocqueville en La democracia en América, cuando las facciones de una república se niegan a someterse a la ley común y buscan aniquilar la legitimidad del rival, la democracia se degrada en una anarquía dominada por la fuerza bruta. Esto ya paso en 1962, cuando los azules que responden a la linea nacionalista, catolica y germanofila se enfrentaron.
Con la llegada de la democracia en 1983, la dirigencia política argentina cometió un error metodológico estructural: en lugar de juzgar y condenar los crímenes de la dictadura para reconstruir, profesionalizar y modernizar el instrumento militar bajo el imperio de la Constitución, la clase política optó por la venganza institucional, la demonización ideológica y el recorte presupuestario.

Bajo el ropaje del "control civil", las sucesivas administraciones redujeron el presupuesto de Defensa a mínimos históricos en la región (representando sistemáticamente menos del 0,9% del PBI). Esto provocó:
-La pérdida catastrófica de capacidades operativas: interrupción de la cadena de mantenimiento de la Flota de Mar, la baja de la aviación supersónica de combate y la parálisis de proyectos tecnológicos estratégicos.
-El éxodo de oficiales y suboficiales altamente capacitados hacia el sector privado debido a la pauperización salarial.
-La desconexión entre la política exterior del país y su capacidad real de disuasión y proyección geopolítica sobre territorios estrategicos como el atlantico sur.
La debilidad estructural del estamento militar y la falta de una hipótesis de conflicto clara abrieron las puertas a la injerencia de potencias globales en el territorio nacional, transformando a la Argentina en un escenario de disputa bocado por la Guerra Fría 2.0:
Durante la gestión de Cristina Kirchner, se cedió la Estación Espacial China en Bajada del Agrio en Neuquén. La instalación incluye antenas de espacio profundo operadas por personal vinculado a las Fuerzas Armadas del Gobierno Popular Chino. Este enclave, catalogado como de uso dual (civil y militar), representó una sesión de soberanía territorial en el marco de la dependencia financiera con Beijing.
En respuesta al avance chino, gobiernos posteriores reorientaron la geopolítica nacional hacia el eje Washington-OTAN, promoviendo proyectos como la Base Naval Integrada en Ushuaia con apoyo o supervisión técnica estadounidense. Esta tendencia no responde a un plan de soberanía propio, sino al alineamiento subordinado a los intereses de potencias extranjeras.
Demonizar a las Fuerzas Armadas por las tragedias políticas del siglo XX es un error histórico. Existen tres razones fundamentales por las que una Argentina que aspira a salir de la ultradecadencia debe recuperar su instrumento militar:
Argentina es el octavo país más extenso del mundo, con una posición estratégica en el Atlántico Sur, la proyección hacia la Antártida y recursos naturales incalculables. Un territorio extenso sin capacidad de disuasión no es pacifista; es una presa indefensa en el tablero internacional.
El servicio a la patria y la formación militar son vectores de movilidad social, disciplina republicana y orgullo nacional, valores indispensables contra la anomia cultural.
La defensa moderna es el motor de la investigación espacial, la ciberdefensa, el desarrollo nuclear y la industria pesada.
Oswald Spengler en La decadencia de Occidente, decia que la fase senil de una civilización se caracteriza por la pérdida del instinto de conservación, la primacía del dinero abstracto sobre el trabajo real y la incapacidad de defender las propias fronteras. La desarticulación del instrumento militar argentino es el síntoma definitivo de ese repliegue que a día de hoy estamos pagando con la entrega de nuestra soberanía.
La ultradecadencia argentina no se resolverá únicamente con fórmulas económicas. Exige superponer la continuidad estratégica al enfrentamiento faccioso que siempre perduró en nuestra historia y que nos llevó hasta este punto.
Salir de la trampa implica superar el resentimiento. Es entender que las Fuerzas Armadas no pertenecen a una facción ni a una ideología; son la garantía del futuro de la Nación.