Por Felipe Muttini Pagadizabal
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En las últimas décadas hubo un enorme cambio en el papel de la vivienda. Lo que antes era un bien de consumo relativamente accesible en occidente, ahora se volvió una preciosidad casi inaccesible para muchos. Esto representa un peligro existencial: las generaciones futuras entrarán a un mundo plagado por la escasez de inmuebles y la especulación, con precios altísimos para vivir en las grandes ciudades, lo que filtra a la población no por talento, ni por creatividad o formación, sino por poder adquisitivo.
No hace falta tener un doctorado para entender que esto nos afecta en todos los aspectos de la vida: desde los más obvios, como tener que viajar más hacia el trabajo o estudio, hasta los menos evidentes, como la imposibilidad de formar una familia por el difícil acceso a casas más grandes, el desgaste en la salud mental por tener un horario más acotado, o el uso de horas extra en el trabajo para poder “llegar a fin de mes”.
Estos son solo algunos de los muchísimos problemas sociales que nacen a raíz de esta problemática. Es imperativo que busquemos una solución, y en esta nota les vengo a traer una posible respuesta a esta peste.
Henry George fue un pensador del siglo 19 que intentó postular un modelo impositivo bastante revolucionario para la época. Él planteaba que solo debía haber un impuesto, el impuesto al valor de la tierra basado en su renta. Él veía a los impuestos como una forma de desincentivo: un ejemplo moderno sería el impuesto a la contaminación, que promueve que la gente contamine menos para no pagar, por lo que se recurrirán a otros métodos de producción que contaminen menos.
George creía que el valor de la renta, al estar basado en el desarrollo de la tierra, es un invento creado por el propietario para sacarle provecho a un valor creado por la sociedad, no por su esfuerzo individual. Por lo tanto, si se cobra una renta, el valor entero de la renta debería ser recaudado por el gobierno. En zonas rurales, ya que el desarrollo es bajo, el impuesto será proporcionalmente bajo, mientras que en las ciudades, este sería más alto.
Luego, según él, el gobierno debía financiarse con lo que recaudó y dividir el capital sobrante en el “dividendo de ciudadanía”, dando a cada ciudadano una cantidad equivalente. Los ricos no verían mucha diferencia con un cheque extra, pero los más empobrecidos tendrían un alivio económico que les permitiría acceder a mejores condiciones de vida. Más allá de que esta última idea haya sido planteada como parte del modelo idílico del autor, no consiguió la misma tracción que el impuesto.
Los escritos de George fueron respaldados por muchos pensadores de todo el espectro político, que creían que el impuesto a la tierra era una buena idea. Sin embargo, con el pasar de los años sus ideas quedaron en el olvido. Hoy en día, hay algunas pocas comunidades en el internet que mantienen vivos sus ideales.
En la práctica, este impuesto haría que tener múltiples propiedades se vuelva inviable. Tener una propiedad de la cual no puedes extraer nada se vuelve un gasto a sostener, y subirle la renta al inquilino sería admitir que el valor de la propiedad aumentó, por lo que debe subir el impuesto acorde al nuevo valor de la renta. La especulación de propiedades implosionaría, y las mismas circularían por el mercado hasta que la mayoría tenga sus propios inmuebles. A ellos se les cobraría un impuesto basado en el supuesto valor rental del inmueble. Por lo tanto, mientras hagan buen uso de su tierra, estos podrían pagar el impuesto.
Muchos creen que el impuesto a la tierra es el reemplazo perfecto al impuesto a la propiedad (y otras variantes, como el impuesto a los toldos para negocios), el cual no hace más que frenar el desarrollo de viviendas y emprendimientos, desincentivandolo al cobrarle más a aquel que intenta mejorar sus condiciones.
Los porcentajes de cuánto se debería extraer varían según a quien le consultes. Los “georgistas” más extremos plantean que sea el todo, con tal de abolir el resto de impuestos, mientras que otros más moderados creen que el porcentaje debe ser menor, y que se deben reducir otros impuestos, pero no necesariamente quitarlos por completo.
Respecto al dividendo de ciudadanía, muchos lo consideran como una medida populista más y por tanto niegan los posibles beneficios que esta tendría, mientras que muchos otros la adaptaron a funcionar con fondos de emergencia y otros ciudadanos.
Hoy en día, muchísimos países tienen alguna variante de estas ideas a nivel regional o nacional. En Hungría, por ejemplo, el impuesto sobre el valor de la tierra se aplica a nivel nacional y puede estar relacionado al valor del terreno o tratarse de un monto fijo. Otros ejemplos de países con un sistema nacional unificado son Dinamarca y Corea del Sur, mientras que Australia y Alemania implementan estas medidas a nivel regional.
Respecto al dividendo, muchos países implementaron una variante con el nombre más “moderno” de “Ingreso básico universal”, que opera de manera muy similar a la idea de George. Uno de los casos más conocidos es el de Alaska, que implementó un fondo de inversión basado en un impuesto a la extracción de recursos naturales.
La respuesta es que depende. En ciertos países como Hungría, su eficacia se ve afectada por otras problemáticas sociales como la alta corrupción o la inestabilidad económica, mientras que en otros, como Dinamarca, el sistema funciona bien y ayuda a regular el sector inmobiliario para que no haya una crisis como la hay en el resto de Europa.
Realmente depende de cómo se implemente y de que se implemente en conjunto con otras reformas. No es una solución mágica, pero es un paso, y fomentar pensamientos como este nos ayuda a renovar la discusión política. Cuando discutía esto con otros estudiantes o con gente de afuera, había muchas instancias en las que me dijeron que “en Argentina esto no se podría hacer”, lo que me pareció la declaración más autolimitante habida y por haber.
El hecho de que uno esté en una situación difícil y sofocante no implica que deba rendirse ante la situación. Al contrario, deberíamos apuntar lo más arriba que podamos y buscar alternativas para poder salir de modelos anticuados y retrógrados. Es imperativo que se discutan temas como estos en el día a día, por lo que mi objetivo con esta nota no es convencerlos de que Henry George era brillante, sino mostrarles que hay soluciones allá afuera, y que para aplicarlas se necesita pensar en grande. Es un do or die, y nosotros somos los que lo tenemos que hacer.