Cineastas secuestrados, espías letales y purgas familiares: el siniestro método de una dinastía para convertir a Corea del Norte en una prisión psicológica.
Por Francisco Guzmán

Imaginá por un momento que toda tu realidad es una película de ficción dirigida por un único hombre. Desde que nacés, te enseñan que este director es prácticamente un dios, que el mundo exterior es un infierno capitalista y que tu único propósito en la vida es servir a su gran visión. Esta no es la sinopsis de una novela distópica; es la realidad cotidiana de millones de personas en Corea del Norte bajo la filosofía Juche (autosuficiencia) impuesta por la dinastía Kim.
Para entender el nivel de manipulación de este régimen, tenemos que mirar hacia el segundo líder de la dinastía, Kim Jong-il. Él no solo heredó un país; heredó un estudio de cine. Jong-il era un cinéfilo empedernido, pero estaba frustrado porque el cine norcoreano le parecía pésimo. ¿Su solución? Secuestró a la actriz más famosa de Corea del Sur, Choi Eun-hee, y a su exmarido, el aclamado director Shin Sang-ok, en 1978. Los obligó a filmar películas de propaganda para él, incluyendo Pulgasari, una especie de monstruo Godzilla comunista que devoraba hierro y representaba la lucha contra el capitalismo. El cine no era solo entretenimiento; era su arma ideológica más poderosa para lavar el cerebro de sus ciudadanos glorificando el sufrimiento y la sumisión al Estado.
Pero esta maquinaria de propaganda no solo crea espectadores dóciles; crea armas humanas. Aquí entra la escalofriante historia de Kim Hyon-hui. Criada en la élite norcoreana, fue reclutada desde joven y sometida a un entrenamiento militar brutal en las montañas, despojándose de su identidad y empatía para convertirla en una espía implacable. En 1987, bajo órdenes directas del régimen, Kim colocó explosivos en el vuelo 858 de Korean Air, asesinando a 115 personas inocentes en un intento de sabotear los Juegos Olímpicos de Seúl. ¿Lo más perturbador? Ella no creía ser una terrorista. Estaba absolutamente convencida de que era una heroína revolucionaria salvando a sus compatriotas del sur de la miseria capitalista. Solo cuando fue capturada y vio con sus propios ojos la prosperidad y libertad de Corea del Sur, su burbuja mental se rompió y se dio cuenta de que su vida entera había sido una masacre basada en una mentira.
Hoy, la batuta de este teatro macabro la tiene Kim Jong-un. De niño, creció apartado del mundo, educado en Suiza bajo nombres falsos, obsesionado con los Chicago Bulls y Michael Jordan. Parecía un chico competitivo pero reservado, muy alejado de la figura de un líder supremo despiadado. Sin embargo, el sistema te devora o te obliga a devorar. Al asumir el poder tras la muerte de su padre, siendo un joven inexperto rodeado de la vieja guardia, Kim Jong-un entendió rápidamente que el terror era su única garantía de supervivencia.
Para consolidarse, no dudó en purgar a quienes lo rodeaban. Ordenó la ejecución de su propio tío, Jang Song-thaek, considerado el segundo hombre más poderoso del país, borrando cualquier rastro de oposición. Su paranoia cruzó fronteras cuando, en 2017, orquestó el asesinato de su hermanastro mayor y posible rival, Kim Jong-nam, en pleno aeropuerto de Kuala Lumpur, utilizando VX, uno de los agentes nerviosos más letales que existen. Si es capaz de aniquilar a su propia sangre ante los ojos del mundo, el mensaje para su pueblo es letal: nadie está a salvo.
La verdadera tragedia de Corea del Norte no radica únicamente en sus misiles balísticos intercontinentales o su alarmante pobreza, sino en el secuestro absoluto de la psique humana. Es un sistema diseñado milimétricamente para extirpar el libre albedrío, donde monstruos se disfrazan de dioses, y donde millones de personas viven y mueren siendo rehenes en el brutal reality show de una sola familia.