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¿Argentina es racista?
Opinión

¿Argentina es racista?

La gran mentira del mundial

Por Luca Gallinatti

11 min de lectura8 de agosto de 2026, 16:55 GMT-3
¿Argentina es racista?

Quince de julio. El televisor transmite un hito del fútbol: Argentina-Inglaterra. Es el evento semanal de nerviosismo argentino: desde que inició el Mundial, una vez por semana teníamos una cita con los nervios. Pareciera que la selección lo hacía a propósito, con una especie de cinismo. Todo un país rezaba: por favor, no vayamos al alargue, no doy más.

Entonces, en el minuto añadido, llega el gol agónico de Lautaro Martínez. Lo siguiente que escuchamos fue el silbatazo, y los nervios se transformaron en una inmensa alegría. Y en ese momento, me propusieron ir al Obelisco. Bajé a la calle. En las primeras cuadras, hasta la 9 de Julio, no había tanta gente. Más de lo normal, pero no tanta. Eso sí, las suficientes como para gritar, agitar banderas y abrazar a algún desconocido. Llegando a la 9 de Julio, la procesión empezaba. La música sale estruendosa de todas las esquinas y algunos entonan la Marcha de las Malvinas con un trago de sabrá-Dios-qué en la mano. Pero hay que volver al mundo normal, así que vuelvo a casa. A medida que me alejo de la procesión, y de la gente que sigue yendo al Obelisco, empiezo a bajar mi adrenalina. Busco la llave, abro y subo. Me siento, y casi como si los Sapiens hubieran desarrollado un nuevo instinto de revisar periódicamente el celular, agarro el mío y abro las redes. Todo es festejo. Pero con el correr de los días, a medida que se acerca la final, noto mensajes que me indignan: Samuel L. Jackson dice que mi país es el país más racista del mundo. Instagram me llenó de posteos explicándome por qué soy racista, y por qué tengo que sentir culpa al respecto. ¿Qué está pasando?

Primero, entendamos una cosa: lo que estamos viendo es indignación digital. Y nada más, por lo menos por el momento. Y lo que tiene la indignación digital de interesante es que ayuda a subir la espuma de repente, pero una vez que pasa un tiempo determinado, la espuma baja solita hasta desaparecer.

Siguiendo a Byung-Chul Han, la sociedad de la indignación es una sociedad de escándalo. Pero el problema es que la indignación es amorfa y muy líquida, por lo cual no sirve para el discurso público:

“Las olas de indignación son muy eficientes para movilizar y aglutinar la atención. Pero en virtud de su carácter fluido y de su volatilidad no son apropiadas para configurar el discurso público, el espacio público. [...] Crecen súbitamente y se dispersan con la misma rapidez” (Byung-Chul Han, “En el enjambre”)

En otras palabras, a la indignación digital le falta algo, le falta solidez y estabilidad para estar a la altura de operar en el terreno de lo público. Le falta ira: “La ira puede cantarse aquí [en la Ilíada de Homero] porque soporta, estructura, anima, vivifica. Es el medio heroico por excelencia de la acción”, a diferencia del enfado que produce la indignación, en parte porque la sociedad está muy distraída en sí misma como para que aflore la ira. A su vez, por más que la indignación en redes se revista de justicia y de intenciones nobles para con la comunidad, en realidad es individualista e individualizante: “No constituye ningún nosotros que muestre una estructura del cuidado conjunto de la sociedad. En gran medida, es una preocupación por sí mismo.”

Al respecto, Karl Marx comprendió la cosa de otra manera: “Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo”. Sin embargo, la indignación no sale a la calle: se queda en las redes.

Ahora bien, ¿Argentina es un país racista? Hay que decir que en Argentina existe el racismo, ya que somos seres humanos, y seres humanos caídos, condición universal y no nacional. Pero lo que sí no existe en Argentina es el racismo estructural, y por varias razones. Vayamos por partes:

Lo primero que me llama la atención es que la crítica venga de un actor de Estados Unidos, país que es bien conocido por sus conflictos raciales que llegan hasta hoy. Y país que es bien conocido por su pasado esclavista. Contrastemos esta realidad con nuestro país, porque como bien nos enseñó el Señor, antes de criticar la paja que tiene mi hermano en el ojo, tengo que ser consciente de la viga que tengo en el mío, porque un ciego no puede ser guía de otro ciego.

Argentina, antes de nacer como tal, era parte del Imperio Español. Varios años después de que los españoles llegaran al continente, Fray Bartolomé de las Casas instaló un gran debate para la época: cómo tratar a los indios. El fraile denunció hasta el cansancio los abusos españoles, y fruto del debate que surgió, se logró adoptar mayores cuidados para con los indios. De hecho, las instituciones indianas como las correcciones estaban pensadas para el buen trato del indio. No hay que dejar pasar tampoco la Ley de Burgos, que prohibía esclavizar nativos. Otro dato particular es que los historiadores Víctor Tau Anzoátegui y Eduardo Martiré coinciden en que las Indias no eran colonias, sino reinos integrantes de la Corona Española (al

menos hasta las reformas borbónicas posteriores al 1700). Por lo tanto, los indios eran tan súbditos de la Corona como los españoles peninsulares. Con respecto a la esclavitud afro, es verdad que la Corona mantuvo una posición ambivalente y de indiferencia, a veces permitiendo el comercio y a veces prohibiéndolo. Pero nótese que hablo de comercio y no de captura, porque la potencia que se encargaba de cazar africanos —sí, como si fuesen animales— era Portugal. El que recuerde el Tratado de Tordesillas recordará también que África quedó en dominio casi exclusivo de Portugal, y por ende no era territorio administrado por España. Los esclavos que existían en el actual territorio argentino, en primer lugar, no podían ser indios, y en segundo lugar, no provenían de la caza directa de España sino del comercio con potencias esclavistas. Esto, que parece anecdótico, es importante para comprender el contexto del que surge nuestro país. Más adelante, en 1813, antes de independizarnos de España, se decreta la ley de libertad de vientres, que estableció que los hijos de esclavos eran libres: tu nacimiento no condiciona tu libertad. Me encantaría poder decir que lo primero que hizo Argentina fue combatir la esclavitud, pero es que ni siquiera eso es cierto, porque Argentina combatía la esclavitud antes de ser Argentina. Es interesante el contraste, porque mientras desde el sur se marcaba historia liberando a los cautivos, en el norte hasta el presidente Jefferson poseyó esclavos. Una locura. Y por último, Argentina estableció en su Constitución Nacional que no existe la esclavitud en nuestro suelo:

“Artículo 15.- En la Confederacion Argentina no hay esclavos: los pocos que hoy exísten quedan libres desde la jura de esta Constitucion; y una ley especial reglará las indemnizaciones á que dé lugar esta declaracion. Todo contrato de compra y venta de personas, es un crimen de que serán responsables los que lo celebrasen, y el escribano ó funcionario que lo autorice.” (Constitución de la Nación Argentina, 1853).

¿Y cuándo se aboliría la esclavitud en Estados Unidos? Recién en 1865. De hecho, un par de años después de la jura de nuestra Constitución, en Estados Unidos la Corte Suprema decidiría que ningún afrodescendiente es ciudadano de los Estados Unidos, y como resultado, el Estado se libraba de tratar la cuestión de la esclavitud (véase Dred Scott vs Sandford). Pero por más que la esclavitud se terminó erradicando, las prácticas racistas continuaron hasta hace no mucho tiempo. Los blancos y los negros iban en colectivos separados y eso era normal hasta hace unas décadas. Luego de la abolición de la esclavitud, los estados comenzaron a legislar distintas normas de segregación (“separados pero iguales”) que luego se conocerían como las leyes de Jim Crow, y que entraron en vigencia luego de la guerra civil estadounidense y llegaron hasta la segunda mitad del siglo XX. En Argentina jamás fuimos así, sino todo lo contrario: nos preparamos para recibir inmigrantes de todos lados, en función de lo que dicta la Constitución en el preámbulo: “...asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad, y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino…”.

Entonces, ¿por qué tanta gente se suma a esta mentira? Al respecto, quiero volver la atención de nuevo a Byung-Chul Han: vivimos en una era de crisis de la verdad. La verdad, dice él siguiendo a Nietzsche, es una construcción social que hace posible la convivencia humana. Pero hoy vivimos en un nuevo nihilismo, que aparece cuando perdemos la fe en la verdad. El mundo se nos presenta desfactificado y la verdad pasa a reemplazarse por la información y por la impresión subjetiva (y por tanto arbitraria) de lo que es la verdad. Así, perdemos estabilidad, y perdemos la distinción entre la verdad y la mentira.

Esto es propio de la era digital, que ante lo fáctico de la verdad propone lo producible. En la digitalidad, todo es producible: la foto analógica, que deja un registro de que “esto existió verdaderamente”, fue reemplazada por la digital, que crea una nueva realidad. Hoy, en 2026, la foto digital fue reemplazada por la imagen generada por la inteligencia artificial. Aquí es donde la mentira tiene mucho margen de acción, ya que se erosiona la distinción entre lo verdadero y lo erróneo, y se desencadena una guerra: “la verdad impide que las diferentes pretensiones de validez conduzcan a un bellum omnium contra omnes [guerra de todos contra todos]”. Por eso es que a partir de la mentira y la crisis de la verdad, y puntualmente en torno al tema que nos ocupa, hemos visto olas de odio y agresión. Incluso se han visto videos en redes en donde la agresión hacia argentinos en el extranjero se torna física, lo cual es alarmante. Nadie debería sufrir violencia por su nacionalidad. Y es increíble tener que repetir esto luego de las atrocidades que el siglo XX nos hizo ver. Pero lo llamativo de esto es que no es un dato aislado, ni una fake news aislada: es un relato. Al respecto, surge la figura del bullshitter: aquel charlatán que no se opone a la verdad, sino que se mantiene indiferente ante ella. Y en última instancia, es la propia libertad de expresión la que corre riesgo, porque “la libertad de expresión degenera en farsa cuando pierde toda referencia a los hechos y a las verdades fácticas”. Y es que estas narrativas se presentan bajo la apariencia de verdad, y se hacen en nombre de la verdad. Cuando un actor de Hollywood dice que somos el país más racista del mundo, no miente de manera ordinaria, sino que genera todo un universo ficticio que reemplaza a la facticidad. Y el hecho de que sea una mentira tan grande y sostenida por todos hace que los receptores se suban al carro del mentiroso: “la enormidad de la mentira la convierte en verdad”. Como en “1984”, se intenta evitar, mediante la propaganda, el pensamiento independiente. Quien controla el presente, controla el pasado, y quien controla el pasado, controla el futuro. Y si controlan nuestro pasado, entonces controlan nuestro futuro.

Llama poderosamente mi atención que días después de que bajara la ola de indignación de la campaña antiargentina se haya querido modificar peligrosamente la legislación que limita la compra de tierras argentinas por extranjeros. Quizás nos quieren culposos y desmoralizados para no defendernos, y para que el mundo no se inmute, porque ¿quién quiere salvar al país más racista del mundo?

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