Por Nicolás Fernández Kostetsky
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Desde la usurpación británica del Atlántico Sur iniciada durante los albores tumultuosos de La Patria, el pueblo argentino siempre llevo en sí un sentimiento de pérdida y de injusticia.
A diferencia de otros territorios nacionales que se han perdido en manos de naciones vecinas (llámese Tarija o la banda Oriental), el caso del archipiélago malvinense destaca por las formas y por su importancia: un conjunto de islas cercanas a la Patagonia, adyacentes al continente ártico y al paso natural hacia el Pacifico, heredadas directamente tras nuestra independencia de La Metrópoli bajo el argumento de Uti possidetis juris, y donde establecimos presencia ininterrumpida y firme desde 1820, nos era arrebatada por órdenes de Londres, aprovechando la debilidad del asentamiento argentino tras los anteriores combates contra la armada norteamericana. Un territorio (contando su proyección antártica y recursos naturales posteriormente conocidos) de más de 12 mil kilómetros cuadrados fue forzado a capitular ante el poder imperial britanico, sin siquiera poder negociar o combatir.
Solo bastaron un par de buques para arrebatarnos algo que por derecho e historia era nuestro.
Desde aquel 3 de enero de 1833, todos los argentinos, ignorando las divisiones políticas, las edades o el conocimiento profundo de su propia historia, entiende y cree fervientemente en la causa de la reivindicación de las las Islas Malvinas, las Georgias del Sur, las Sandwich del Sur y los espacios marítimos circundantes, germinando poco a poco un sentimiento de revancha y rencor hacia la corona británica. Más allá de la campaña desmalvinizadora y de desfinanciamiento y denigración de las Fuerzas Armadas, el pueblo argentino nunca cedió en el reconocimiento del reclamo y en el respeto hacia los veteranos de la Guerra de Las Malvinas, héroes nacionales a los cuales la política dio la espalda.
Es sabido que nuestro pueblo tiene un histórico carácter pasional. Nos encanta oír de hazañas y héroes envalentonados que cruzaban cordilleras o ganaban medallas, adorar a líderes populares y carismáticos que mueven a millones con promesas de buenos tiempos, oír un himno y sentir la emoción en el pecho por una letra de carácter épico y epopéyico, o sentirnos parte de un grupo social que adora a una institución, club o partido, de manera cuasi religiosa. El tema Malvinas no queda atrás en esta descripción sociológica: calles, localidades, estadios, carteles, posters, peliculas, símbolos, canciones, novelas y demás homenajes a la causa malvinense se han multiplicado en los últimos años, sobretodo en el último tiempo a partir de la Cadena Nacional del pasado 3 de septiembre del Presidente Javier Milei, el debate generado por la Ley de Tierras y, sobretodo, por un gesto que para un extrajero podría no significar más que una sábana de hotel mal pintada.
Tras la victoria ante Inglaterra el pasado 16 de julio, unos hinchas tiraron al campo de juego una sábana de hotel con el mensaje “las Malvinas son Argentinas”. Al suceder en una semifinal del Mundial, donde están presentes medios de todo el mundo, la noticia no tardó en viralizarse. Tanto el oficialismo como la oposición inglesa salieron a condenar lo sucedido, reafirmando su ilegal control sobre el archipiélago.
Un partido de fútbol fue el responsable directo de volver a poner en los grandes medios internacionales la cuestión Malvinas. En otro país todo esto parecería una locura. ¿Cómo 22 tipos corriendo detrás de una pelota pueden afectar a un conflicto geopolítico en el atlántico sur? En la República Argentina, tierra a donde los europeos, escapando de la miseria y de las grandes guerras, vinieron a traer sus costumbres y mano de obra para cooperar con los criollos y consolidar una patria moderna y civilizada, llegó a fines del siglo XIX (paradójicamente, de la mano de inmigrantes ingleses) el fútbol.Tras décadas de desarrollo y con la consolidación de un potente seleccionado nacional en la década de los 70s, este deporte se establecería como herramienta fundamental del Soft Power argentino.
Tras décadas de maltrato hacia el aparato militar nacional diversos gobiernos que no se preocuparon por los intereses y seguridad nacional frente a una potencia nuclear en el corazón del Atlántico Sur, un simple partido de fútbol terminó convirtiéndose en la forma en la que el pueblo argentino puedo canalizar la furia que lleva en el corazón desde hace más de 44 años, gritando un gol frente al gran rival histórico nacional. Es la felicidad de los pobres, la alegría de un pueblo entero que cada cuatro años deja de lado sus diferencias y se ponen la bandera al hombro.
El solo hecho de que en Londres se haya hablado del reclamo a partir del partido, incluso llegando algunos medios ingleses a replantearse su reclamo, que el trapo haya hecho que el mundo entero conozca las islas y que el gobierno en Casa Rosada haya aprovechado el momento para emitir una mayor condena y medidas contra la ocupación anglosajona, da a entender que no fue un simple partido: fue un reclamo de casi 200 años personificado en 2 goles agónicos, fue una caricia al alma para todos los argentinos y fue el responsable de hacer ver a Las Malvinas en todos los continentes.
Cuando hablas con tus padres o abuelos, o cualquiera que lo haya vivido en carne propia, te dejan muy en claro que el partido llevado a cabo en 1986 en méxico, con un calor abrazador que se sentía incluso tras las pantallas, no puede ser igualado bajo ningún motivo. El Gol del Siglo, la gambeta maravillosa de aquella estrella de La Paternal, la pelea entre Barrabravas argentinos y Hooligans ingleses cerca del Ángel de la Independencia, y la polémica Mano de Dios se complementaron para enfrentarse a la nación con la cual habíamos perdido hacía cuatro años, con la herida todavía abierta y la sangre en el ojo.
La polémica de La Mano de Dios quedó inmortalizada en camisetas, murales, canciones y demás elementos culturales, y la revancha, aunque sea deportiva, se había consumado. Habíamos podido vencer a la corona británica nuevamente, como hicimos en la Vuelta de Obligado y en las Invasiones Inglesas, y obtener una alegría tras un traumático episodio.
A pesar de ello, es innegable el impacto del partido reciente. Es verdad que no sucedió inmediatamente después de la guerra, que hubo una polémica divinizada y que la sociedad argentina pedía sangre por haber perdido a sus héroes, pero sería poco serio ignorar el impacto de la semifinal ocurrida en el estado de Georgia hace apenas dos meses a la hora de hablar de un episodio clave para la historia nacional: el día en el que el mejor jugador de todos los tiempos, junto a un seleccionado de combatientes experimentados, salieron a la cancha a representar al pueblo argentino que, tendiente a dividirse en ideologías que no permiten nuestro desarrollo nacional, se unió bajo una sola bandera para gritar goles al último minuto que nos llevaría a una final del mundo, y que la misma victoria dejaría claro el mensaje que resonó en cada rincón del globo: Las Malvinas son Argentinas.