Crisis, juventud y ¿revolución?
Por Luca Vertone

El continente que se está incendiando
En la segunda semana de octubre de 2026, algo que venía acumulándose durante años encontró su forma definitiva en las calles. En Francia, más de un millón de personas marcharon el sábado 17 de octubre en la mayor manifestación desde los chalecos amarillos. En España, el gobierno de Pedro Sánchez había convocado elecciones anticipadas para el 29 de noviembre, derrotado por su propio parlamento en los decretos de emergencia habitacional mientras decenas de miles de personas llenaban las plazas. En Italia, los estudiantes marchaban bajo el lema "No Meloni Day". En Albania, el movimiento Flamingo exigía la renuncia del primer ministro Edi Rama en protestas que ya llevaban semanas. En Bélgica, más de 50.000 personas, principalmente estudiantes, paralizaron Bruselas. En Grecia, Serbia y Austria, las calles también hablaban.
La semana del 17 al 24 de octubre de 2026 será recordada como el momento en que una ola de malestar social que venía gestándose en silencio desde hace años se volvió visible, coordinada e imposible de ignorar. Las comparaciones con mayo de 1968 comenzaron a circular en los medios europeos casi inmediatamente, aunque con una diferencia fundamental: en 1968 el motor fue la contracultura y el rechazo al orden establecido. En 2026, el origen es más material y más urgente: el costo de la vivienda, el desfinanciamiento de la educación, la precariedad laboral, la austeridad que los gobiernos aplican mientras la deuda sigue creciendo. Es la sensación de que el sistema prometió algo y no lo cumplió, y quienes más lo van a pagar son los que todavía no tuvieron la oportunidad de cobrar lo prometido.
Un liceo en las afueras de París
Todo comenzó en septiembre de 2026, en un liceo de la región parisina. Estudiantes, profesores y familias comenzaron a denunciar lo que llevan años padeciendo: falta de docentes, aulas superpobladas, infraestructura deteriorada, un sistema que funciona con recursos insuficientes. La chispa no fue un evento único sino la acumulación de una situación que se había vuelto insostenible. El 29 de septiembre, 410 acciones de protesta fueron registradas en liceos de toda Francia. El 1 de octubre, más de 1.000 de los 3.700 liceos del país estaban afectados, 222 de ellos bloqueados por sus propios alumnos.
La respuesta del gobierno fue reveladora de su desconexión con el problema. El proyecto de presupuesto para 2027, presentado esa misma semana, contemplaba un aumento del 1,7% para educación (por debajo de la inflación), mientras que los costos del servicio de la deuda pública superan por primera vez a la inversión en educación, llegando a 74,5 mil millones de euros. El mensaje implícito era claro: el Estado francés paga primero a sus acreedores y luego, con lo que sobra, educa a sus jóvenes. Esa matemática es la que los estudiantes salieron a cuestionar.
La represión fue inmediata. Más de 2.000 personas, la mayoría adolescentes, fueron detenidas en los primeros días de octubre. El ministro del Interior presentó su renuncia tras las críticas por el manejo de la situación pero Macron la rechazó. En La Ciotat, cerca de Marsella, un joven arrojó combustible a una docente. En Montpellier y Lyon, hubo enfrentamientos con la policía. La violencia de la represión, lejos de apagar el movimiento, lo amplificó: las imágenes de estudiantes secundarios siendo dispersados con gases lacrimógenos y balas de goma circularon en redes sociales durante días, y generaron oleadas de solidaridad en otros países. Fue así como los revuelos, que comenzaron en un liceo parisino, cruzaron las fronteras.
El 12 de octubre, estudiantes italianos compartieron en redes sociales imágenes de los bloqueos franceses con el mensaje "como en Francia". El 13, estudiantes griegos comenzaron a manifestarse en la Plaza Syntagma de Atenas. El 16, Italia tuvo su propio "No Meloni Day", con marchas en Roma, Milán, Florencia, Génova y Turín. El 17, el movimiento estudiantil francés se fusionó con los Chalecos Amarillos y los sindicatos en la mayor marcha de la jornada: más de un millón de personas en toda Francia. Para el 20 de octubre, más de 100.000 habían marchado en Italia. La murga de los renegados quiere hacerse escuchar y están haciendo mucho ruido en el mapa europeo, tanto que lo están sacudiendo.
Vivienda, educación, trabajo y una generación que siente que llegó tarde

Las protestas de octubre de 2026 tienen causas inmediatas distintas según el país, pero comparten un sustrato común que las hace legibles como un fenómeno continental. Para entenderlo hay que mirar tres crisis que convergen sobre la misma generación: la crisis de vivienda, el desfinanciamiento de la educación pública y la precarización del mercado laboral.
La crisis de vivienda es quizás la más visible y la que generó las imágenes más potentes políticamente. En España, el alquiler promedio casi se duplicó en la última década, alcanzando 15,1 euros por metro cuadrado en 2026. El detonante de las protestas no fue un dato estadístico sino una imagen: la televisión transmitió en directo el desalojo de Maricarmen Abascal, una mujer de 87 años que vivía en su apartamento madrileño desde hacía siete décadas y fue desalojada en camilla después de que una empresa inversora adquiriera el edificio e intentará aumentar su alquiler un 275%. Esa imagen recorrió el país en horas. En Barcelona, manifestantes instalaron campamentos en la Plaza Catalunya. En Valencia, la policía usó balas de goma para dispersar a los manifestantes. En más de 50 ciudades españolas se realizaron protestas coordinadas.
En Portugal, la situación es análoga. En Irlanda, miles de estudiantes protestaron en Dublín en octubre por la crisis habitacional y los alquileres astronómicos. En toda Europa, los jóvenes de entre 18 y 35 años destinan una proporción creciente de sus ingresos a la vivienda, en muchos casos más del 40%, y enfrentan la perspectiva de nunca poder acceder a la propiedad. La generación que llegó al mercado laboral durante o después de la pandemia encontró que los activos que sus padres pudieron comprar están ahora fuera de su alcance.
Julius Fintelmann, editor del boletín European Correspondent, lo formuló con precisión: las protestas "reflejan una frustración, la sensación de que la política europea está fallando en entregar para la próxima generación". A eso se suma la incertidumbre laboral que la automatización y la inteligencia artificial están generando en los puestos de trabajo de nivel inicial, que son exactamente los que una generación joven necesita para establecerse, y la percepción de que la crisis climática avanza mientras los gobiernos priorizan el equilibrio fiscal. El resultado es una generación que no siente que el sistema esté trabajando para ella, y que está dispuesta a decirlo en voz alta, cueste lo que cueste.
El mapa del descontento

Francia es el epicentro y el caso más desarrollado. Lo que comenzó como una protesta estudiantil secundaria se convirtió en un movimiento que absorbió a los sindicatos, los Chalecos Amarillos y sectores amplios de la clase trabajadora. La marcha del 17 de octubre fue la cristalización de ese proceso: más de un millón de personas en todo el país, con los sindicatos convocando a una huelga general para el 5 de noviembre. El gobierno de Macron (en su último período antes de las elecciones presidenciales de 2027) enfrenta una situación política delicada: la represión policial ha sido criticada incluso dentro de su propio espacio, y la ultraderecha de Marine Le Pen ha intentado capitalizar el caos señalando a los inmigrantes como responsables de la violencia, en un esquema narrativo que recuerda al de otros momentos de crisis francesa.
España protagonizó el primer resultado político concreto del otoño europeo. El 2 de octubre, el parlamento rechazó dos decretos de emergencia habitacional presentados por el gobierno de Sánchez, con los separatistas catalanes de Junts sumando sus votos a los de la derecha. El detonante había sido el desalojo de Maricarmen Abascal, pero la derrota parlamentaria expuso la fragilidad de un gobierno que no ha podido aprobar un presupuesto desde 2023. El 5 de octubre, Sánchez convocó elecciones para el 29 de noviembre.
Italia vive su propia dinámica. Los estudiantes marchan bajo consignas que combinan el reclamo educativo con la oposición al gobierno de Giorgia Meloni, que lleva cuatro años en el poder. El 17 de octubre, pequeños grupos se desprendieron de las marchas en Milán, Turín y Bolonia en episodios de saqueos y enfrentamientos que el gobierno utilizó para desacreditar el movimiento más amplio. Además los organizadores estudiantiles convocan nuevas marchas para el 30 de octubre.
Albania es el caso más dramático en términos de intensidad. El movimiento Flamingo, que exige la renuncia del primer ministro socialista Edi Rama por corrupción, tomó una nueva dimensión cuando estudiantes secundarios y universitarios se sumaron masivamente. Las protestas en Tirana se convirtieron en enfrentamientos con la policía, con cañones de agua y gases lacrimógenos. El gobierno respondió calificando a los manifestantes de "extremistas" y "agentes extranjeros", lo que solo intensifica el malestar. En Serbia, los estudiantes que llevan casi dos años protestando contra el gobierno de Aleksandar Vučić coincidieron con el movimiento europeo días antes de las elecciones parlamentarias del 25 de octubre.
En Bélgica, más de 50.000 personas marcharon en Bruselas el 9 de octubre contra las medidas de austeridad de la Unión Europea, en lo que fue una de las mayores manifestaciones estudiantiles del país en años. En Austria, el 22 de octubre, miles de estudiantes protestaron en Viena contra los recortes en educación superior. En Grecia, los estudiantes de Atenas protestaron por el costo de la vivienda estudiantil. El mapa del descontento cubre prácticamente todo el continente.
¿El inicio de un cambio de época?
La pregunta que los analistas políticos están haciendo en voz alta desde hace semanas es si lo que está ocurriendo en Europa es una crisis pasajera o el inicio de un reordenamiento político más profundo. La respuesta honesta es que no se sabe todavía. Pero hay señales que apuntan en una dirección específica.
La primera señal es la velocidad de propagación: lo que en ciclos anteriores de protesta tardaba semanas o meses en cruzar fronteras, ocurrió esta vez en días, coordinado por redes sociales donde los estudiantes franceses compartían sus imágenes y los italianos respondían. Esa velocidad de contagio sugiere que la infraestructura de comunicación de una generación que creció en las redes es cualitativamente distinta a la de generaciones anteriores: no necesita partidos ni sindicatos para coordinarse, aunque puede absorberlos cuando se suman.
La segunda señal es la convergencia de demandas. En 2026, las protestas estudiantiles, los movimientos de vivienda, los sindicatos y los remanentes de los Chalecos Amarillos marcharon juntos en Francia el 17 de octubre. Esa unión de reclamos que históricamente permanecían separadas (la educación como problema estudiantil, la vivienda como problema urbano, los salarios como problema sindical) es políticamente significativa: sugiere que los manifestantes están construyendo un relato común sobre quiénes son los responsables de su situación y en qué dirección debe ir el cambio.
La tercera señal, la más concreta, es España. El hecho de que las protestas por la vivienda hayan derrotado parlamentariamente al gobierno de Sánchez y forzado elecciones anticipadas es el primer resultado político directo del ciclo. Y el resultado de esas elecciones, sean del color político que sean, va a definir si la presión de las calles puede traducirse en poder institucional.
El riesgo que los analistas señalan con mayor preocupación es el de la captura ultraderechista del malestar. Marine Le Pen en Francia, Giorgia Meloni en Italia, el PP y Vox en España ya están intentando leer las protestas como una consecuencia de la inmigración, el mal gobierno de la izquierda o la agenda woke. Si esa narrativa logra imponerse sobre la narrativa estructural el resultado político de este otoño europeo podría ser exactamente el opuesto al que los manifestantes buscan. Es la tensión central del momento: el mismo malestar que impulsa las protestas es el que históricamente ha alimentado también al populismo de derecha o izquierda cuando los canales institucionales no logran encauzarlo.
Lo que viene

El calendario político de las próximas semanas es denso. El 5 de noviembre, los sindicatos franceses tienen convocada una huelga general. El 29 de noviembre, España vota. El 30 de octubre, los estudiantes italianos tienen convocada una nueva jornada de protestas. En Serbia, las elecciones del 25 de octubre van a mostrar si dos años de protestas estudiantiles han tenido impacto electoral. En Albania, el gobierno de Rama enfrenta la presión más intensa desde su llegada al poder.
Lo que está claro es que estos reclamos no van a resolverse con unas pocas concesiones simbólicas. Las causas que lo produjeron no son problemas que un gobierno pueda resolver en semanas. Son el resultado de décadas de decisiones políticas que se olvidaron de toda una generación y de prever su futuro. El error más grande de las repúblicas fue creer que esta situación nunca iba a explotar.
La pregunta de fondo no es si estas protestas van a cambiar Europa. Es cómo van a cambiarla. Si la energía de las calles logra traducirse en medidas concretas de parte de las gestiones europeas, es un primer paso para mejorar las condiciones que están sufriendo los jóvenes europeos. Pero, si la violencia se vuelve el lema de las manifestaciones, si las marchas se convierten en una excusa para una catarsis violenta contra las grandes marcas y la policía, todo reclamo pierde sentido. Son innegables las situaciones de caos que se están dando en todo el mapa europeo, pero hay que saber separarlas de lo que se pide por parte de la juventud, un reclamo totalmente válido pero que la espontaneidad de la organización llevó a darle espacio a sectores radicalizados, que su accionar cambia el foco de las marchas y da elementos a ciertos sectores para contraatacar con elementos de sus agenda. Y si los violentos pasan a ser una mayoría, la energía de las manifestaciones se va disipar, como Francia ya vivió en 1968.
Todo esto son respuestas a un miedo totalmente humano, el miedo a no tener un futuro, a sentir que éste se escapa de las manos de uno, que no se tienen alternativas y que todo lo que hay en el horizonte es peor a lo actual. Y si los gobiernos de todos los países no escuchan estos reclamos y temores cualquier política que se plantee esta destinada a fracasar.