¿Por qué nos mueven los arquetipos y no las propuestas?
Por Juan Martin Medina
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Se suele decir que la política moderna es la gestión de lo racional: presupuestos, indicadores macroeconómicos y proyectos de ley. Sin embargo, basta con repasar las redes sociales o los discursos de cualquier campaña para notar que la realidad marcha por un carril distinto. La política no se juega en las propuestas, se juega desde la única verdad que es la realidad, como bien decía Aristóteles. Para entender esa realidad, no hay mejor mapa que el que dejó Carl Jung en El hombre y sus símbolos.
Como advertía el propio Jung:
"El hombre se cree guiado por la razón y la lógica, pero en realidad está controlado por impulsos y símbolos que nacen de las profundidades de su psique."
Cuando un candidato habla, rara vez estamos evaluando su idoneidad técnica. Verdaderamente, estamos reaccionando instintivamente ante un mito que se despliega frente a nosotros. Intentar explicar la política actual mediante meros indicadores macroeconómicos es ignorar lo que Spengler denominaba la 'morfología de la historia': el hecho de que los grandes giros históricos son producto de intuiciones, pasiones y símbolos orgánicos, no de fórmulas mecanicistas. En momentos de incertidumbre, el mito siempre se impone sobre las propuestas.
El arquetipo del Héroe es probablemente el motor más potente del escenario político, ya que este representa la transformación y el impacto que puede tener en las personas. Nos fascina la figura del redentor que promete enfrentarse solo contra la sombra, ya sea esta la inflación, la casta, la oligarquía o la amenaza externa.
El problema es que, cuando nos enamoramos de la épica del Héroe, la racionalidad pasa a un segundo plano. Jung explicaba así el peligro de este encanto colectivo:
"Ningún arquetipo reduce tanto la capacidad de juicio crítico del individuo como el del Héroe cuando este es proyectado sobre un líder de masas."
No le pedimos al líder mesiánico un plan de gobierno viable ni el equilibrio fiscal; le pedimos que derrote a la sombra. Al depositar todo en un "salvador", anulamos la responsabilidad ciudadana y debilitamos a las instituciones.
Por otra parte está la figura del Rebelde (el inconformista) que, cuando realiza una ruptura violenta con el sistema establecido, se convierte en el canalizador de la indignación popular que promete romper las estructuras obsoletas y dinamitar el statu quo sin temor a las consecuencias que esto mismo pueda traer.
Por último, El Mago (El Visionario) no busca la confrontación directa del Héroe ni la destrucción del Rebelde, sino la transformación radical de la realidad mediante una visión cautivadora, ideas disruptivas o respuestas milagrosas. Promete convertir la crisis en prosperidad a través de un cambio de paradigma casi alquímico. La fusión de ambos arquetipos se vio en la campaña de Milei.
El Rebelde que insultaba al sistema preexistente y el Mago que prometía la dolarización como un remedio mágico e instantáneo para terminar con la inflación de décadas.
El mecanismo más peligroso en el debate público es la Sombra, figura que representa todo lo que reprimimos o no queremos aceptar de nosotros mismos y que terminamos proyectando en los demás.
"Todo lo que nos irrita de otros nos puede llevar a un entendimiento de nosotros mismos, pero es infinitamente más fácil señalar la Sombra en el enemigo que reconocerla en nuestra propia casa."
En la política, la Sombra es la herramienta de polarización por excelencia. El adversario ya no es un competidor con ideas distintas sobre cómo administrar el Estado; es la encarnación del mal absoluto y la culpa de todas nuestras frustraciones. Construir un enemigo aborrecible nos otorga un beneficio psicológico inmediato, nos exime de mirar nuestras propias falencias y nos hace sentir moralmente superiores a nuestro rival en todos los ámbitos, incluso en el más insignificante.
En Argentina, esto es tangible en la fuerte polarización o la famosa grieta. Durante años, para el kirchnerismo la Sombra fue "el neoliberalismo, Macri y los medios hegemónicos", para el macrismo, la Sombra fue "la corrupción K que se robó un PBI". Construir al rival como un monstruo exime a cada bando de revisar sus propios fracasos económicos o políticos.
La política es, ante todo, un acto de adscripción comunitaria. Los arquetipos de pertenencia apelan a la necesidad básica de identificarnos con un grupo y sentirnos acompañados:
Esto nos da a entender que, si bien nos sentimos atraídos por la épica, también sentimos el deseo profundo de pertenecer a un relato mayor y de identificarnos con nuestra tribu política.
Jung también exploró el Anima y el Animus, los aspectos femeninos y masculinos del inconsciente. En la discusión política de opinión, esto se traduce en dos visiones contrapuestas sobre qué rol debe cumplir el Estado en la comunidad política:
"La tensión entre lo maternal que acoge y lo paternal que impone la regla no es un conflicto social moderno, sino la proyección de dos fuerzas psicológicas primordiales buscando equilibrio."
Aquí podríamos encontrar el ejemplo del modelo histórico del Peronismo/Kirchnerismo que se apoya fuertemente en el Estado Maternal ("un Estado presente que abraza, da derechos y asiste"). El giro discursivo de la derecha y los sectores libertarios apela al Estado Patriarcal, centrado en "el orden, el castigo al delincuente, el déficit cero y el cumplimiento de la norma".
La batalla cultural contemporánea no es más que el choque violentos entre estas dos visiones cuando se fracturan en lugar de complementarse.
Nietzsche nos recordaba que el mundo es un constante devenir de fuerzas en pugna que intentan imponer su propia interpretación de la realidad a través de la voluntad de poder: no gana quien tiene un mejor proyecto, sino quien lo impone mejor. Esto nos da una advertencia sobre cómo tomamos decisiones colectivas. Creemos que votamos por propuestas o datos positivos en base a lo que dicen las encuestas, pero la mayoría de las veces votamos por identificación simbólica y la reivindicación de una figura arquetípica que suele ser la del gobernante.
Nos movilizan la épica, el miedo a la Sombra y el deseo de pertenecer a un relato mayor de resucitar a un César o un Napoleón en el siglo XXI. El choque entre la Sombra, el Héroe y el Orden no es más que el síntoma psicológico y civilizatorio de una época que busca respuestas, no en la lógica sino en el mito.
Teniendo en cuenta todo lo ya dicho podemos establecer que:
"Los símbolos no se inventan; ocurren. Y cuando ocurren en la política, mueven naciones enteras sin que nadie sepa bien por qué."
Comprender los mitos que nos mueven es el primer paso para dejar de ser espectadores de un teatro de sombras y empezar a exigir una discusión real dentro del mundo.