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La absolutización de la política
Opinión

La absolutización de la política

Un fenómeno secularista

Por Joaquin Garrido

8 min de lectura12 de agosto de 2026, 19:37 GMT-3
La absolutización de la política

El hombre es por naturaleza y por vocación un ser religioso (Catecismo de la Iglesia Católica, n° 44). Esta sencilla afirmación, fruto del patrimonio teológico y místico de la Iglesia, entraña una dimensión estrictamente teleológica (es decir, sobre la finalidad de las cosas): Si el hombre es capaz de Dios (Homo capax Dei), ello se debe a que tiende necesariamente al Absoluto. Ahora bien, es conocida la situación del hombre contemporáneo, inmerso en un mundo secularizado y laicista. Frente a esta situación, frecuentemente el hombre vuelve su rostro hacia falsos absolutos: desde una doctrina filosófica hasta bienes muy valiosos (como la familia o la amistad) pero desvirtuados. Una posibilidad, bajo las circunstancias ya mencionadas, constituye nuestro objeto de estudio: la absolutización de la política. No me limito, y es importante aclararlo, al análisis del absolutismo de la tardía modernidad, ni al totalitarismo del siglo XX, aunque ambos fenómenos presentan, probablemente, los ejemplos más acabados del fenómeno a tratar.

Retomando el argumento inicial, el hombre busca al Absoluto, pero no siempre lo encuentra, aunque crea hacerlo. Ya G. K. Chesterton, en “La Iglesia Católica y la conversión” (1927, capítulo IV), desarrolló la semejanza entre las ideologías contemporáneas y las iglesias protestantes: todas ellas se basan en algún dogma católico, el cual, alejado de sus semejantes, es objeto de una trágica exageración. Argumenta el autor lo siguiente:

El bolchevismo y cualquier otra variante de las teorías de la fraternidad están basados en uno de los dogmas místicos más insondables del catolicismo: la igualdad entre los hombres. Los comunistas lo fían todo a la igualdad, así como los calvinistas lo fiaban todo a la omnipotencia de Dios. Ambos agotan sus dogmas, los llevan hasta la extenuación, hasta convertirlos en una pesadilla.

Gilbert Keith Chesterton
Gilbert Keith Chesterton

Podemos observar, ahora, de forma más nítida la naturaleza de las ideologías: se trata de religiones seculares, tal vez pasibles de ser llamadas “iglesias protestantes seculares”. Podría hacerse el siguiente paralelismo: así como la reforma y la libre interpretación de las Sagradas Escrituras fueron el punto de partida para la caótica aparición de un sinfín de nuevas iglesias, la aparición de la democracia representativa supuso el principio que legitimó la enorme variedad de ideologías (y, consecuentemente, de partidos políticos) hoy existente.

El problema no es, necesariamente, la existencia de regímenes democráticos y pluralistas: la Iglesia reconoce a la democracia como una forma válida de gobierno, siempre y cuando se asiente sobre la base de una recta concepción de la persona humana (Centessimus Annus, 46). La cuestión es la siguiente: si Chesterton hablaba de una obsesión de las ideologías para con determinadas ideas católicas, podemos afirmar que existe también una obsesión de las sociedades contemporáneas para con las ideologías. La absolutización de la política opera, entonces, en una doble dimensión, participando la segunda de la primera, y encontrando en ella su principio y su fin. No es extraño escuchar, en nuestros días, la expresión “fe democrática", y podría (siguiendo el orden de las virtudes teologales) hablarse de una “esperanza democrática” o, al menos, de una “esperanza política”. Esta última fue identificada por Benedicto XVI en la encíclica “Spe Salvi”, donde aborda explícitamente cómo, debido al desarrollo técnico-filosófico de la modernidad, la redención ya no se espera de la fe, sino de la correlación apenas descubierta entre ciencia y praxis (n° 17). En ese escenario, el hombre busca concretar el Reino de Dios en la tierra, con medios políticos y fines dudosos: Al haber desaparecido la verdad del más allá, se trataría ahora de establecer la verdad del más acá (n° 20). Resulta curioso, aunque no del todo sorprendente, que el Sumo Pontífice identifique a Marx como el gran referente de esta tendencia, de manera análoga a cómo Chesterton utilizaba al comunismo para demostrar su argumento.

Joseph Ratzinger - Benedicto XVI
Joseph Ratzinger - Benedicto XVI

Contamos ahora con un panorama más general: la filosofía y la técnica modernas produjeron una primera secularización, la cual retomaría temáticas eminentemente católicas (la fe, la esperanza, la salvación), vaciándolas de contenido y “mundanizándolas”. Este proceso, cronológicamente superpuesto con la reforma y su difusión, propició una creciente esperanza política y terrenal, cristalizada en la democracia liberal y en sus iglesias: las ideologías partidarias. Como dichas ideologías (al igual que las iglesias protestantes) parten de una cosmovisión común (la católica), se adhieren a una verdad, la cual proceden a desvirtuar, en el sentido más propio de la palabra. Precisamente, como todos los hombres tienen naturalmente el deseo de saber (Aristóteles, Metafísica, I), y tienden al Absoluto, las ideologías absolutizan las ideas ciertas que poseen. Finalmente, y como consecuencia previsible de todo lo planteado, la política misma es absolutizada, en el contexto de una esperanza que ya no es “escatológica", sino que se limita a pretender ser “lógica".

Los exponentes más contundentes del proceso mencionado se encuentran, como ya hemos mencionado, en los horrores del siglo XX, pero mi objeto de estudio no se limita al pasado: es siempre nuevo. Prueba de ello son los denominados “populismos”, que algunos (como el italiano Loris Zanatta) adjudican a una supuesta tradición hispánica autoritaria e iliberal, negando tanto las influencias claramente hegelianas (que podríamos rastrear hasta Rousseau) de la dinámica populista como la evidente contradicción entre la esperanza cristiana y la esperanza de aquel que confía su salvación a un mero hombre, necesaria en todo fanatismo populista. Sin embargo, una cosa es cierta sobre aquel planteo: el populismo encierra un lenguaje fundamentalmente religioso, pero no por su correspondencia con un supuesto autoritarismo católico, sino porque el fracaso de la democracia liberal conlleva necesariamente el resurgimiento abrupto de lo Absoluto, en el formato político y terrenal ya mencionado.

Para concluir, es imperativo volver a lo fundamental: fue la religión católica la que le proveyó de una razón de ser a las ideologías en primer lugar. Cual parásito, una buena ideología se alimenta constantemente de la Iglesia, y es por esto mismo que los católicos podemos fácilmente ser seducidos por bellas voces que anuncian una verdad parcialmente conocida. En la verdad distorsionada de las ideologías radica su trampa, pero también la mejor oportunidad que podríamos tener. El Concilio Vaticano II, al referirse a quienes sin culpa ignoran el Evangelio de Cristo y su Iglesia, afirma que Cuanto hay de bueno y verdadero entre ellos, la Iglesia lo juzga como una preparación del Evangelio (Lumen Gentium, 16). Y es que, a mi entender, ese mismo principio debería ser aplicado en el diálogo con las ideologías. La democracia liberal sólo puede sobrevivir prolongada y virtuosamente si descansa en la única Verdad, y la realidad nos obliga, para alcanzar ese objetivo, a reconocer lo bueno y a extirpar lo malo, con paciencia y mansedumbre.

A lo largo de la historia de la Iglesia encontramos numerosos ejemplos de fructífera evangelización, que (como la de los jesuitas para con los nativos de nuestro territorio) supusieron una actitud de genuino (y bien entendido) diálogo e intercambio cultural. Justamente, la arena pública ha de ser un nuevo areópago en el que, como Pablo, sepamos defendernos de cualquiera que nos pida razón de la esperanza que tenemos (Cf. 1 Pe 3, 15). Esta imagen del areópago, retomada por San Juan Pablo II en la encíclica Redemptoris Missio (n° 37-38), debe recordarnos que el diálogo con las ideologías no solo es necesario para alcanzar una auténtica concordia política, sino que supone, además, una verdadera actividad evangelizadora y misionera. Solamente así podremos evitar, como ha sucedido en tiempos pasados, que amplios sectores de la Iglesia se aproximen a destructivas ideologías, tan solo por contar con algunos puntos de contacto, y solamente así podremos contribuir verdaderamente a la construcción de la Ciudad de Dios. Procuremos, entonces, tener la humildad de no creernos inmunes a las modas ideológicas, y recordemos que, como el mismo Chesterton notó, todas ellas tienen fecha de vencimiento, porque no son más que reacciones contra circunstancias particulares: Cuando esas condiciones hayan cambiado, dentro de un siglo aproximadamente, los aspectos en los que exclusivamente se centran ahora carecerán de sentido (1927, capítulo V). La Iglesia, por el contrario, se mantiene firme en su misión, conservando plenamente su catolicidad y la Verdad revelada hasta el fin de los tiempos: El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán (Mt 24, 35).

Por Joaquin Garrido

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