El deporte universitario argentino existe, pero todavía no logra convertirse en una vía de desarrollo para quienes buscan combinar una carrera académica con el alto rendimiento.
Por Lucas Buhler
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El sistema deportivo universitario es un gran impulso para obtener las preseas tan deseadas para el deportista de alto rendimiento. En nuestro país quizá no se tiene tan presente esta concepción, porque el problema que observamos hoy en la República Argentina es una desconexión entre el sistema universitario, el sector privado, los deportistas y la alta competencia. Para comprender un poco más en detalle por qué no hay articulación correcta entre estos, explicaré algunos puntos centrales del sistema argentino y usaré el modelo deportivo universitario de Estados Unidos para poner el foco en ciertos puntos que me parecen cruciales para mejorar nuestro sistema.
El deporte universitario argentino tiene una estructura organizada, pero es muy distinta del modelo estadounidense con la National Collegiate Athletic Association (NCAA). En el caso de nuestro país, la Federación del Deporte Universitario Argentino (feDUA) es el organismo central. Agrupa a universidades e instituciones de educación superior (públicas y privadas), organiza competencias y representa al país ante la federación internacional (FISU). Cabe aclarar que las becas existen, aunque están más fragmentadas y son menos sistemáticas.
En nuestro país casi no hay ligas universitarias que sean el camino principal al alto rendimiento o al profesionalismo, la mayoría de los deportistas compiten en clubes y federaciones, y la universidad funciona como un circuito paralelo, que no termina alentando a la continuación de una carrera deportiva. En cambio, el sistema deportivo universitario de los Estados Unidos es una maquinaria financiera masiva que genera miles de millones de dólares al año. Aquí hay incentivo para los deportistas que quieren continuar su carrera universitaria sin dejar de lado su talento en el deporte. Hoy, en Argentina cada vez es más complicado ser estudiante universitario y deportista de alto rendimiento, ya que la demanda física y mental que se requiere para ser ambas cosas es muy intensa. Lamentablemente, el actual sistema castiga al deportista haciéndolo elegir entre estudiar, trabajar o representar a su bandera. Nuestro país debería articular en mayor medida el sector privado con las universidades para poder tener otra vía en la que apoyarse, y que las universidades sean otro ámbito de perfeccionamiento de los deportistas que nos representan en el mundo. En Estados Unidos, la universidad es el camino principal hacia el alto rendimiento. En Argentina funciona más como un circuito complementario y de participación masiva, donde el nivel varía mucho según el deporte y la institución. Para entender mejor por qué funciona este sistema norteamericano, hay que profundizar en su financiamiento.
El sistema estadounidense se financia mediante varias fuentes: en primer lugar las universidades no negocian sus partidos una por una. Se agrupan en conferencias (Big Ten, SEC, etc.), y cada conferencia firma contratos gigantes con las cadenas de TV y reparte el dinero entre sus miembros. En la Big Ten y la SEC, cada universidad recibió un promedio de más de USD 70 millones en el año fiscal 2025 (Nagel, 2026).
El reparto es parejo, pero no idéntico: quien gana el campeonato de football recibe más, y los miembros recién llegados cobran una parte menor durante unos años. En segundo lugar,La NCAA (la asociación que organiza el deporte universitario) vive sobre todo del contrato de TV del torneo de básquet masculino: en el año fiscal 2024 ese contrato representaba el 63% de sus ingresos, y los pagos pasaron de USD 873 millones en 2024 a USD 995 millones en 2025 ("NCAA Revenue Diversified," 2025). Buena parte de ese dinero vuelve a las universidades y conferencias. Además, se sostiene con otras tres fuentes de ingresos: las entradas, los donantes y las marcas. Las entradas dependen mucho del tamaño y la popularidad de cada universidad, por ejemplo, el estadio de Tennessee promedió cerca de 100.000 espectadores por partido, mientras que el de Iowa State tiene capacidad para 61.500. Hay estadios universitarios que son más grandes que los de las ligas profesionales. Los donantes (llamados boosters) son exalumnos y fanáticos con mucho dinero que tradicionalmente donaban para instalaciones y becas, y que ahora también financian los colectivos name, image, and likeness (NIL), organizaciones separadas de los departamentos deportivos que pagan directamente a los atletas. Por último, las marcas de ropa deportiva, como Nike, Adidas y Under Armour, pagan a las universidades por vestir a sus equipos: el contrato que Michigan firmó con Nike en 2016, por ejemplo, se dividía casi por mitades entre dinero en efectivo e indumentaria, y hoy casi todas las universidades de las conferencias más grandes tienen un contrato de exclusividad con alguna de estas marcas.
En conclusión, el caso estadounidense muestra que el deporte universitario se convierte en un verdadero impulso hacia las preseas cuando universidades, sector privado y deportistas funcionan como partes de un mismo sistema y no como compartimentos separados, que es justamente la desconexión que planteé a comienzo de este trabajo. Allí, los ingresos por televisión, las marcas y los donantes financian becas y estructura, y eso le permite al deportista sostener a la vez su carrera académica y su talento. Argentina no puede ni debería replicar ese modelo tal cual: su mercado, su tradición de clubes y federaciones y su universidad pública gratuita son muy distintos, y el propio sistema norteamericano tiene fuertes desigualdades, ya que solo unas pocas universidades se sostienen con lo que generan. Pero sí puede adoptar su lógica de articulación: convenios entre universidades, empresas y federaciones que amplíen y ordenen las becas hoy fragmentadas, y patrocinios que financien tanto el apoyo económico como la flexibilidad académica que necesita un deportista de alto rendimiento. De ese modo, la universidad dejaría de ser un circuito paralelo para convertirse en un ámbito más de perfeccionamiento, y quien representa al país en el mundo no debería tener que elegir entre estudiar, trabajar o defender su bandera.