Por Joaquín Santiago Garrido
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Son de público conocimiento los sucesos del pasado jueves 26 de marzo: la joven española Noelia Castillo Ramos accedió a la eutanasia, lo que generó un debate a nivel internacional sobre la denominada “muerte digna”. No pretenderé, en estas pocas palabras, analizar el accionar de Noelia. Se trataba de una joven profundamente perturbada y herida, diagnosticada con trastornos psicológicos, e inmersa en una perversa trama respecto al destino de sus órganos. Me interesa, más bien, buscar las causas profundas y comprender los graves efectos de la eutanasia.
Lo primero que puede decirse es que, ante esta situación, aparece una interpretación novedosa de la palabra “derecho”. Por naturaleza, los derechos son inalienables e inherentes a la persona humana y, por ello, intrínsecamente buenos. Hablar del derecho a la “muerte digna” es, entonces, tan absurdo como hablar del derecho a la esclavitud digna, a la ignorancia digna, a la inseguridad digna, etcétera. Es evidente que, si la vida es un derecho, la muerte no puede serlo jamás. El razonamiento detrás de la eutanasia es, entonces, incluso más ilógico (aunque no más nocivo) que el que subyace al aborto: Desde una ética utilitarista, el aborto no es más que el exterminio de un obstáculo para el propio placer o “bienestar”. La eutanasia, por el contrario, elimina cualquier posible placer a futuro, contrariando a uno de los objetivos fundamentales de cualquier ser vivo: asegurar la propia sobrevivencia.
Esta incongruencia absoluta en el planteo del supuesto “derecho” nos lleva a un segundo punto: Queda demostrado, con este asunto, el total desprecio de la izquierda hacia la dignidad humana. Aquel concepto, tan usado y abusado, queda vacío: la única dignidad es aquella que la libertad humana determina. En otras palabras, en vez de considerarse a la libertad como un instrumento para afirmar y respetar la dignidad, adecuando los medios disponibles a los fines que plenifiquen al hombre, se (con)funden los conceptos: Se es digno en cuanto se es libre. Es este razonamiento el que nos permite hablar de una “muerte digna”, en tanto esa muerte es producto de una libertad exacerbada. Todo esto es, evidentemente, producto del materialismo propio de las izquierdas: Privada de todo sentido de trascendencia, la vida no es necesariamente mejor que la muerte, entendida como un eterno vacío. Si el hombre es tan solo materia, sin forma (alma), la vida ya no es un Bien per se. Volvemos así a la sexta tesis de Marx sobre Feuerbach, y es aquí donde radica el corazón del problema.

Santo Tomás de Aquino, siguiendo a San Ambrosio, distingue a los bienes deleitables (que producen un placer), a los bienes útiles (medios para un fin) y a los bienes honestos. Estos últimos son aquellos que “son apetecidos por lo que son” (cf. S.Th., I, q. 5, a. 6) y, por ende, no pueden nunca caer en las lógicas de la utilidad o del placer: Son Bienes en sí mismos, y su valor no es ni puede ser cuestionado. No por el Estado ni la sociedad civil, y tampoco por los individuos. El Bien no se determina por la “voluntad general” ni por nada que se le parezca, es una tarea que no le corresponde a ningún órgano democrático. El orden natural, le pese a quien le pese, tiene poco aprecio por la deliberación pública, y ningún legislador puede disminuir el valor de la vida humana, grandísimo y honesto Bien.
No podremos resolver el problema de la eutanasia si no comprendemos, genuina y profundamente, la necesidad de realzar el Bien que supone la vida, y su consecuente dignidad, incluso si es frágil. Resulta, entonces, sumamente esclarecedor el reciente magisterio de la Iglesia, que afirma contundentemente: El sufrimiento no hace perder al enfermo esa dignidad que le es inalienablemente propia, sino que puede convertirse en una oportunidad para reforzar los lazos de pertenencia mutua y tomar mayor conciencia de lo preciosa que es cada persona para el conjunto de la humanidad. [...] En efecto, no hay condiciones en las cuales la vida humana deje de ser digna y pueda, por tanto, suprimirse. [...] La vida es un derecho, no la muerte, que debe ser acogida, no suministrada (Dignitas Infinita, 51-52).
Es preciso, además, realizar una profunda “autocrítica-social” a propósito del caso de Noelia: ¿Cómo pudo pasar esto? ¿En qué momento las sociedades dejan de financiar programas de prevención del suicidio y comienzan a promoverlo? Lo acontecido ejemplifica a la perfección la corrupción del Estado en nuestros días: Negado al Bien Común, indiferente a la Verdad y la Justicia, abandona a los necesitados y seduce con falsas e inmorales soluciones. Este dogma laico, que se ha ido instalando progresivamente (tema para una nota aparte), alcanza (tal vez) su punto máximo con la eutanasia. Se trata de un Estado tan “liberal” que bien podría ser objeto de una pesadilla de John Locke.
Lo expuesto no tiene, ni tendrá jamás, el objetivo de negar las complejas realidades de la vida humana: El sufrimiento es parte de ella, y siempre habrán personas caídas y derrotadas en el camino, pero es precisamente por ello que todos (individuos, comunidades y asociaciones) hemos de procurar levantarnos los unos a los otros, en espíritu de verdadera fraternidad. La tragedia de Noelia debe inspirarnos a procurar que nada semejante ocurra de nuevo, y el gran drama de la eutanasia debe interpelarnos especialmente a los cristianos. Nosotros, testigos de un Dios que ha vencido a la muerte, hemos de ver en este grave asunto la grandísima sed del Señor que tiene el siglo XXI; reconociendo la necesidad de auténtica evangelización. Como dijo San Juan Pablo II: El hombre puede construir un mundo sin Dios, pero este mundo acabará por volverse contra el hombre (Reconciliatio et Penitentia, 18). Estas proféticas palabras refuerzan una idea fundamental sobre el tema que tratamos: la vida no será propiamente valorada si no recuperamos el necesario horizonte sobrenatural del hombre. Este es el horizonte de la certera esperanza cristiana, que nos impulsa a afirmar con convicción: Si hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él (Rm 6, 8).