Por Lucia Gambaro
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“Durante el Festival de Primavera de este año, regresé al pueblo. Vi calles asfaltadas. Los aldeanos, ahora en casas de ladrillo y teja, tenían acceso a internet. Los ancianos contaban con cuidados básicos y todos tenían cobertura médica. Los niños iban a la escuela. Por supuesto, la carne estaba disponible en abundancia. Esto me hizo comprender profundamente que el sueño chino es, en definitiva, el sueño del pueblo. Solo podremos cumplirlo si lo vinculamos con el anhelo de nuestra gente por una vida mejor”. (Xi Jinping, 2015).
De esta manera se pronunciaba Xi Jinping en su discurso ante empresarios y funcionarios estadounidenses en el año 2015 en Seattle, recurriendo a su propia biografía para ilustrar el “Sueño Chino”. Sin embargo, al igual que en la rivalidad de la Guerra Fría, existe cierta competencia con el país del norte y su tan anhelado “Sueño Americano”. Este enfrentamiento ideológico, cultural y cosmovisional lleva a preguntarnos quién es el gran vencedor de esta pugna (Pena, 2015).
Una de las principales diferencias entre ambos radica en su historia. Por un lado, el “Sueño Chino” es resultado de una trayectoria histórica marcada de sufrimiento y gloria y, especialmente, luego de la desaparición de la Dinastía Qing, por el permanente deseo de alcanzar el rejuvenecimiento nacional. (Chen, 2019). Xi Jinping comenzó a utilizar el concepto “China Dream” en 2012 y lo vinculó con la “gran revitalización de la nación china” (Zhao, 2015).
Por otro lado, el Sueño Americano es producto de la combinación entre los ideales políticos de la Revolución estadounidense y la experiencia migratoria hacia el Nuevo Mundo. De este modo, el ideal americano surge del fuerte deseo de los inmigrantes europeos de libertad y riqueza, sostenido por la creencia de que podían realizar sus sueños espirituales y materiales en el Nuevo Mundo a través del trabajo.
Aunque la expresión “Sueño Americano” surgiría recién en el siglo XX, sus valores pueden rastrearse hasta los orígenes de Estados Unidos. La Declaración de Independencia, firmada en 1776, estableció como derechos inalienables la vida, la libertad y “la búsqueda de la felicidad”, y sostuvo que el gobierno debía proteger esos derechos (Jefferson, 1776). Durante la Guerra Fría, esta idea adquirió además una dimensión internacional: en el contexto bipolar, la prosperidad, las libertades individuales, la democracia y el consumo fueron incorporados a la imagen que Estados Unidos proyectaba frente al bloque soviético (Pena, 2015).
En otro orden de ideas, como ya se ha manifestado en distintas etapas de la historia, existen amplias diferencias ideológicas y culturales entre estos países. Mientras el Sueño Chino se nutre de la cultura china y el marxismo, el Sueño Americano es resultado de una cultura occidental basada en el capitalismo. La cultura china está profundamente arraigada en la civilización agrícola continental, basada en la autosuficiencia de la economía natural, a la vez que considera el confucianismo tradicional como el valor central para promover “el mundo entero como una sola comunidad”. En contraste, la cultura occidental, basada en la civilización mercantil marítima y el espíritu de aventura, enfatiza la fuerza personal, la búsqueda del éxito y la riqueza (Chen, 2019).
La historia ha demostrado al pueblo chino que el éxito personal se alcanza solo con el éxito nacional. Por esto, es menester lograr la prosperidad del país como único camino para que sus habitantes puedan alcanzar el éxito. Así es como el Sueño Chino está sustentado en el colectivismo.
En contraste, el individualismo ocupa un lugar central en la identidad y la base ideológica de Estados Unidos, al enfatizar la supremacía de los derechos individuales y la inviolabilidad de la propiedad privada. En este sentido, el propósito principal del gobierno es proteger los derechos individuales, los intereses y la libertad individual (Chen, 2019; Peña 2015).
Este recorrido inevitablemente lleva a cuestionarnos qué sueño es al que más aspiran los individuos hoy en día (Chen, 2019; Pena, 2015). Si existe una forma de medir qué país continúa siendo percibido como una tierra de oportunidades, la migración es un factor imprescindible.
Los datos del Gallup World Poll resultan reveladores: en 2025, el 15% de los potenciales migrantes del mundo eligió a Estados Unidos como destino, es decir, unos 134 millones de adultos. Aunque representa el nivel más bajo en casi dos décadas -frente al 24% registrado entre 2007 y 2009-, EE.UU. continúa siendo el destino más deseado, por delante de Canadá, elegido por el 9% (Gallup, 2026).
La comparación con China requiere cautela, ya que el último dato disponible para ese país corresponde a 2023 y no es directamente comparable con el de 2025. Sin embargo, existe una paradoja: Estados Unidos conserva una ventaja como destino migratorio aspiracional, mientras China gana influencia internacional. En 2025, por primera vez en casi dos décadas, la aprobación mundial del liderazgo chino superó a la estadounidense: 36% frente a 31% (Gallup, 2026). El modelo chino parece adquirir cada vez mayor atractivo como proyecto de desarrollo, crecimiento económico y transformación del orden internacional. De esta manera, hasta ahora los números sugieren que el Sueño Americano no está muerto, pero sí está perdiendo terreno frente al país oriental que, además, gana cada vez más influencia internacional y aumenta la percepción positiva de su liderazgo.