Sexismo geográfico, la paradoja del voto popular y el Colegio Electoral en la era digital
Por Benjamin Rossiter
10 min de lectura
Las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016 marcaron un hito en la historia política del país: era la primera vez que una mujer lograba conseguir la nominación de un gran partido ( -el Partido Demócrata- ) a la presidencia. Hillary Clinton acumulaba una amplia trayectoria que la posicionaba como una candidata natural y experimentada para ocupar el cargo: fue Primera Dama durante la presidencia de Bill Clinton; Senadora por el estado de Nueva York hasta 2008 —año en que disputó las primarias demócratas— y, al año siguiente, fue convocada por el ganador de esa contienda, Barack Obama, para servir como Secretaria de Estado.
En el Partido Republicano, Donald Trump emergía como una figura disruptiva que lograba captar votos y adjudicarse las primarias a pesar de no haber ocupado jamás un cargo público. El magnate neoyorquino, dedicado a la construcción y al negocio inmobiliario, había alcanzado su auge de popularidad a través del programa televisivo The Apprentice, donde evaluaba el desempeño de participantes que competían por incorporarse a sus empresas. En las primarias republicanas, Trump logró, mediante una retórica marcadamente anti-establishment, patear el tablero político y vencer a figuras tradicionales con un alto grado de respaldo institucional, como Jeb Bush —exgobernador de Florida, hijo de George H. W. Bush y hermano de George W. Bush—.
Si se revisan los medios de comunicación, encuestas, y análisis de los meses previos a la elección del 8 de noviembre de 2016, Hillary Clinton figuraba como la ganadora indiscutida. Sin embargo, en la contienda influyeron factores transversales que distorsionaron el escenario electoral proyectado, principalmente la articulación entre el sexismo estructural y la arquitectura del Colegio Electoral.
La participación de las mujeres en el ámbito político de alto nivel ha sido históricamente un terreno signado por exigencias asimétricas en Estados Unidos. La prueba más contundente es que, a diferencia de numerosas democracias contemporáneas, el país aún no ha elegido a una presidenta mujer. En la arena pública estadounidense, si una líder no se ajusta a ciertos estándares tradicionales de comportamiento, se arriesga a ser percibida como agresiva o excesivamente emocional; pero si opta por un autocontrol estricto, es catalogada como fría o incapaz de conectar con el electorado. Esta doble vara representa la manifestación empírica del "techo de cristal", la barrera invisible que frena el ascenso femenino hacia la jefatura de Estado.
Frente a este sesgo de género, la campaña de Clinton apostó por una estrategia de sobrecompensación: posicionarse como una candidata hiperespecializada e hipertecnocrática. En lugar de apelar a lo que Trump denominó despectivamente la "woman card", la plataforma demócrata elaboró propuestas exhaustivas para cada área de gestión: salud, seguridad, economía, cambio climático y política exterior. Como la propia Clinton señalaría en sus memorias posteriores (What Happened): “Contraté un equipo para formular políticas con profunda experiencia en gobierno… Era como una Casa Blanca en espera”.
Esta dinámica se evidenció con claridad en los debates presidenciales. En el primer encuentro, el 26 de septiembre de 2016, Trump atacó a su rival afirmando que “no tenía la resistencia física (stamina)” para ser presidenta. Frente a una acusación de tono personal y con tintes de género, Clinton respondió repasando su trayectoria operativa: “Cuando él viaje a 112 países, negocie un acuerdo de paz, un cese el fuego, una liberación de disidentes, o pase 11 horas testificando frente a un comité del Congreso, me podrá hablar a mí de resistencia física”. La contraposición entre la solvencia técnica de Clinton y la retórica populista de Trump fue el eje rector de la campaña demócrata, bajo la premisa de que el rigor profesional era la vía más efectiva para neutralizar los prejuicios socioculturales.
Sin embargo, la estrategia resultó insuficiente en las urnas. La derrota del 8 de noviembre reconfiguró el debate político. La narrativa dominante en los días posteriores concluyó que Clinton había perdido, fundamentalmente, "por ser mujer". Según este diagnóstico, el sexismo estructural del electorado norteamericano erigió un muro insalvable que la estrategia tecnocrática no logró derribar. Las elecciones concluyeron con 232 votos electorales para Clinton frente a los 306 que consagraron a Trump en la Casa Blanca.
Ahora bien, si el sexismo fue una barrera absoluta, ¿cómo se explica que Clinton haya sido la ganadora del voto popular?
El sistema electoral de Estados Unidos no adjudica la presidencia mediante el sufragio directo, sino a través del Colegio Electoral, donde cada estado posee un número fijo de electores de acuerdo a la cantidad de población. Al aplicarse de manera casi universal la regla del winner-take-all (el ganador del voto popular en un estado adjudica la totalidad de sus electores), se habilita la distorsión de que el candidato más votado a nivel nacional pierda la elección. Por ejemplo, el estado de California (fuertemente demócrata hace más de tres décadas) tiene 54 electores. El estado de Texas (fuertemente republicano) posee 40. Esos estados están prácticamente asegurados para cada partido en la elección, ya que los ganan por márgenes amplios. En 2016, Clinton (Demócrata) ganó el voto popular en California con el 61,73%, mientras que Trump (Republicano) ganó por el 52,23%, frente al 43,24% de los demócratas. Es por eso que los estados de más relevancia en las elecciones presidenciales son los llamados swing states, o “estados péndulo”. Cierta cantidad de estados presentan una diferencia muy ajustada en las elecciones que da lugar al margen de error. Por ejemplo, en Michigan, el ganador fue Donald Trump, pero apenas por el 0,2%, llevándose 16 votos electorales. En Pensilvania (20 votos electorales), el republicano ganó por el 0,7%. Es de esta forma como se da la posibilidad de que un candidato, a pesar de ganar el voto popular a nivel nacional, puede perder la elección; porque el margen de victoria puede ser muy amplio en algunos estados, pero el de derrota muy acotado en otros, y el sistema no contempla eso. En definitiva, no es relevante si un estado se gana con un margen de 30 puntos o con uno de 0,1: la cantidad de votos electorales recibidos son los mismos.
Este fue el escenario de 2016. La hipótesis del sexismo como causa única y generalizada entra en contradicción directa con el escrutinio general: la fórmula Clinton-Kaine obtuvo 65.853.514 votos frente a los 62.984.828 de la fórmula Trump-Pence. Una ventaja de casi 2,9 millones de votos (un 2,1% de diferencia). ¿Qué tan homogéneo fue, entonces, el impacto del prejuicio de género? ¿Qué tan cierto es que Estados Unidos no estaba preparado para su primera presidente mujer?
Es aquí donde el concepto de "impuesto invisible" permite desarmar las lecturas simplistas. El sexismo no actuó como un rechazo uniforme a lo largo del territorio nacional, sino como una penalización electoral geográficamente concentrada. Un estudio econométrico publicado en el Eastern Economic Journal, que cruzó datos territoriales con volúmenes de búsqueda vinculados a estereotipos de género y sexismo hostil, calculó que la penalización por género le costó a Clinton un promedio de 2.6 puntos porcentuales en su cuota de voto bipartidista nacional.
Aunque el promedio nacional fue absorbido por los amplios márgenes demócratas en estados populosos, el "impuesto invisible" resultó letal en el Rust Belt (Pensilvania, Michigan y Wisconsin), donde Trump se impuso por márgenes inferiores al 1%. La brecha a favor del republicano en esos tres estados fue mínima:
● Michigan: 10.704 votos.
● Pensilvania: 44.292 votos.
● Wisconsin: 22.748 votos.
En conjunto, una diferencia de apenas 77.744 votos decantó la balanza.
En términos prácticos, el sexismo operó como un "recargo" localizado que, al concentrarse en estados bisagra de pequeño margen, tuvo un impacto estadístico suficiente para alterar el resultado final.
Esta disparidad expone la vulnerabilidad del sistema del Colegio Electoral. Una elección de alcance nacional terminó definiéndose por menos de 78.000 sufragios distribuidos en 3 de los 50 estados, contrarrestando una diferencia nacional de casi 3 millones de personas. El argumento clásico en defensa del Colegio Electoral sostiene que protege el federalismo, evita la tiranía de los grandes centros urbanos y obliga a los candidatos a atender la diversidad territorial. No obstante, este diseño responde al contexto institucional del siglo XVIII, un período en el que la consolidación del Estado dependía de distancias físicas considerables y de la lentitud en la circulación de la información.
En el siglo XXI, el desarrollo de los medios digitales, el ecosistema de redes sociales y el procesamiento de big data permiten el conocimiento inmediato de las demandas de cualquier región sin necesidad de una presencia física permanente. Paradójicamente, el sistema actual produce el efecto opuesto al que pretendía fundar: en lugar de incentivar a los candidatos a recorrer el país, la combinación de las reglas electorales con el microtargeting algorítmico provoca que las campañas hiperfocalicen su tiempo y recursos en un puñado de swing states, ignorando a la inmensa mayoría del electorado norteamericano.
La contienda de 2016 demuestra cómo las rigideces del Colegio Electoral pueden transformar penalizaciones sociales focalizadas —como el "impuesto invisible" del sexismo geográfico— en distorsiones institucionales mayores, desplazando la voluntad del voto popular a un plano secundario y planteando la urgencia de debatir la vigencia del sistema representativo estadounidense. Caption para Instagram: 77.000 votos contra 3 millones: ¿Cómo se explica que Hillary Clinton haya ganado el voto popular a nivel nacional y, aun así, haya perdido la presidencia frente a Donald Trump? A una década de la elección de 2016, analizamos la paradoja de esa contienda a través del concepto del "impuesto invisible": cómo el sexismo no actuó como un rechazo cultural uniforme en todo Estados Unidos, sino como una penalización geographically concentrada en sólo tres estados clave del Rust Belt. Además, una reflexión sobre cómo un sistema electoral diseñado en el siglo XVIII termina distorsionando la voluntad popular en plena era del big data y la tecnología.