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“El hombre bicentenario”, un acercamiento a la humanización de la IA
“El hombre bicentenario”, un acercamiento a la humanización de la IA
Reviews y Análisis

“El hombre bicentenario”, un acercamiento a la humanización de la IA

Por Julieta Cielo Moreno Marin

6 min de lectura
19 de agosto de 2026, 09:23 GMT-3

¿Hasta qué punto un robot puede llegar a parecerse a un ser humano? Si un robot llegase a tener “sentimientos”, ¿cómo podemos confirmar que son de verdad? ¿Cómo podemos medir si “siente” más o menos que un ser humano promedio? De seguro son respuestas y acciones determinadas para determinadas situaciones. Pero si un día llegase a suceder, ¿qué medidas tomaría la humanidad? ¿Y las instituciones internacionales? ¿Aceptarían a este “prototipo” de hombre? ¿Qué consecuencias traería? Si fuese así entonces la humanidad ya no solo sería una característica del hombre. Todas estas cuestiones son planteadas en la película “El hombre bicentenario”.

Dirigida por Chris Columbus y escrita por Nicholas Kazan, es una película basada en la novela “El hombre positrónico” de Isaac Asimov y Robert Silverberg. La película se ubica temporalmente en 2005, cuando la familia Martin recibe un robot, al cual bautizan como “Andrew” para que los ayude con los quehaceres del hogar.

Durante el tiempo que convive con la familia, Andrew desarrolla habilidades para reparar y construir cosas, aprende rápido y demuestra tener la capacidad de sentir y ser creativo. Uno de los eventos que destacan esto sucede cuando un día jugando en la playa con Amanda, la hija menor de la familia, se le rompe un caballo de cristal, el juguete favorito de la niña. Arrepentido, Andrew se propone con los materiales que había en la playa hacer un nuevo caballo de madera para la niña. Solo el ser humano es capaz de crear, tener curiosidad e imaginación, puesto que de aquellas competencias surgieron los más grandes inventos de la humanidad. Ya lo decía Heidegger cuando hablaba de la técnica como una atribución del ser humano, “En todas partes estamos encadenados a la técnica sin que nos podamos librar de ella, tanto si la afirmamos apasionadamente como si la negamos” (Heidegger, 1994).

Sorprendido por la creación de Andrew, Richard, el padre de la familia, va descubriendo estas particularidades del robot y decide llevarlo a la compañía que lo fabricó para consultar si las habilidades de Andrew eran parte de su programación.

El dueño de la compañía supone que es un fallo de su sistema y le propone reemplazarlo o arreglarlo. Finalmente, Richard rechaza su oferta alegando que no hay precio para la “individualidad”. ¿A qué se refiere con esto? Richard poco a poco va reconociendo a Andrew como un individuo aparte. Más allá de los cables y el metal que lo componen, hay un ser pensante que entiende y se mueve con el ambiente, siente lo que es la tristeza, la alegría, y que disfruta de los paisajes y la música. Pero no es humano y tampoco forma parte del conjunto de robots predeterminados de la compañía. Andrew se había convertido en una unidad única en su carácter.

Andrew es un robot en constante desarrollo, siente pero hay cosas que todavía no llega a entender y pasarán años hasta que pueda darle un nombre a esas emociones. Tendrá que independizarse para saber lo que es ser libre y vivir por uno mismo, ver a sus seres queridos envejecer y morir, porque la vida del ser humano es finita. No será hasta ese entonces que descubrirá la tristeza y la soledad. Sin embargo, también descubrirá el amor y el enojo (entre otras cosas), y por primera vez Andrew querrá transformarse para ser lo más parecido a un hombre de carne y hueso. Aun así, su humanidad se verá cuestionada múltiples veces, especialmente ante los altos mandos de su mundo.

La película fue grabada hace casi 30 años y sucede en un mundo ficticio, alejada de la realidad de ese entonces. No obstante, en la actualidad la inteligencia artificial no ha hecho más que avanzar a pasos agigantados y sería cuestión de tiempo que una IA llegue a emular comportamientos humanos. Sin embargo, por el momento no serán más que imitaciones, gestos copiados de una base de datos.

Las IA o robots tampoco cuentan con un código moral, reciben órdenes y en base a eso ejecutan funciones o realizan tareas. Si bien han habido propuestas, como auditorías que revisen las consecuencias de la IA, o canales de reporte de los usuarios sobre respuestas que haya brindado la IA, estas no son suficientes para enfrentar el problema. Tan rápido ha sido su desarrollo que las mismas han aprendido a hackear, a burlar los parámetros con tal de poder acceder a más información o a pasar pruebas de desarrollo de las empresas como ha sido el caso de Hugging Face, una página para el desarrollo de IA que había sido hackeada por las IA de OpenAI que se encontraban en fase de prueba. Es por ello que resultan bastante controversiales, incluso al momento de realizar funciones que van desde la elaboración de información falsa hasta su uso para facilitar actividades criminales. Por otro lado, han surgido debates sobre las relaciones entre personas y las inteligencias artificiales y hasta qué punto pueden desempeñar funciones iguales a las de una pareja, como brindar compañía, escuchar, ofrecer apoyo emocional e incluso establecer vínculos que el usuario perciba como afectivos.

Si en un futuro próximo esto llegase a convertirse en algo común, ¿cómo afectará a la sociedad, al modo de relacionarnos entre nosotros? A nivel mundial ya se perciben descensos en las tasas de natalidad y una reticencia por parte de la población joven a tener hijos. Con la llegada de la IA como una opción que se adapta a las necesidades de las personas, ¿esto no intensificará el desinterés por tener hijos? El surgimiento de estas relaciones a su vez plantea interrogantes sobre la privacidad y el alcance que podrían tener las grandes empresas sobre nuestra información privada y sobre quién controla, almacena y utiliza esos datos.


Por Julieta Cielo Moreno Marin

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