Cuando donar es parte del problema
Por Ciro Garcia
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¿Alguna vez fuiste donador/a de una acción solidaria con destino a la región africana?
Si la respuesta es que sí, felicidades, eres parte de la razón por la cual la brecha entre los países africanos y el resto del mundo sigue creciendo. Primero que nada, dejemos algo en claro. No es tu culpa, no del todo, y mucho menos de las organizaciones solidarias, cuya intención es ayudar en la mayoría de los casos. El verdadero culpable de este fenómeno son las propias naciones del mundo, que en los últimos 50 años se han encargado de inyectar en la región enormes cantidades de dinero, lo cual no solo convierte tus donaciones en algo insignificante, sino también hace que las mismas tengan un efecto completamente opuesto al que deberían.
Para ser más específicos, antes de las inversiones excesivas, África en 1975 albergaba alrededor de 140 millones de ciudadanos en pobreza, cifra que en años recientes se elevó a más de 350 millones (Banco Mundial; Maddison Project Database 2023). A día de hoy, una gran parte de los ciudadanos africanos viven con 2,15 y 6,85 dólares al día, según estándares del Banco Mundial, y más de 600 millones no tienen acceso a electricidad (Banco Mundial).
¿Cómo puede ser que la región más rica en recursos naturales, y la que recibe una de las mayores cantidades de ayuda financiera en el mundo, sea una de las más pobres?
Aunque parezca incierto, la respuesta no es únicamente económica. La acción global con la cual venimos respaldando hace 50 años ha sido siempre la misma: si falta dinero, le damos dinero.La realidad africana no responde únicamente a factores económicos, sino que involucra fallas estructurales en la organización de sus propios Estados.
Analicemos detalladamente las razones por las cuales el modelo de asistencia financiera actual está destinado al fracaso en gran parte de África, para luego identificar cómo podemos actuar de forma que dejemos de alimentar este ciclo perjudicial.
En primera instancia debemos abandonar la visión de asistencia económica como lo ha sido en Europa y América, en las cuales podemos ver cómo las inversiones extranjeras aparecen como escuelas siendo construidas. Niños siendo vacunados, rutas y calles siendo construidas, etc. Este sistema es incapaz de funcionar de la misma manera en el continente africano. Y esto no se debe únicamente al colonialismo, a la expropiación de recursos o a las constantes guerras de la región, sino también a la dependencia que se fue generando durante los años, la cual le impidió a muchos países desarrollar sistemas capaces de utilizar correctamente estos recursos.
Alrededor de 1990, los Estados Unidos de América en conjunto con potencias europeas llevaron su ayuda económica a niveles extremadamente altos (NBER). Debido a este fenómeno, en algunos casos, naciones como Uganda, Mali y Burkina Faso llegaron a tener economías fuertemente dependientes de la inyección extranjera. No solamente esto, sino que, a pesar de los enormes montos enviados, los ingresos de gran parte de la población no mejoraron como se esperaba. Pero en vez de cambiar el enfoque de sus acciones, las potencias decidieron aumentar la ayuda económica, lo cual dio lugar a iniciativas como el Live Aid.
Claramente, muchas de las iniciativas tomadas no fueron efectivas, y el problema es el mismo que en sus tiempos tendría un ateniense: las instituciones.
Las instituciones de muchas naciones africanas que quedaron luego de su independencia sólo tenían una labor: extraer riquezas. Esto, a diferencia de las naciones europeas, volvía a estos países incapaces de administrar los ingresos y distribuir la riqueza. La mayoría de los países sin una democracia estable se encuentran en el continente africano, y en parte esto explica por qué el dinero que es enviado para infraestructura, colegios, hospitales y electricidad muchas veces termina en manos de unos pocos. Se estima que la mayor parte de estos recursos no llega a la población (Banco Mundial).
Para empeorar la corrupción, al donar cada vez más dinero lo único que se hace es consolidar la permanencia de las estructuras que mantienen a estos países sin avanzar, ya que, a diferencia de la mayoría de los países del mundo, muchos no poseen un modelo sólido de impuestos a cambio de servicios.
La relación entre el Estado y sus ciudadanos se debilita, y el Estado no tiene la misma necesidad de brindarle servicios a la población. Lo cual, sumado a sistemas políticos frágiles, hace que la corrupción sea muy difícil de reducir.
Pero esta no debería ser la realidad en la que vivimos. Supongamos que el día de mañana toda inversión, donación o asistencia económica extranjera fuera reducida progresivamente, manteniendo únicamente la ayuda humanitaria directa a los ciudadanos. Esto implicaría menos dinero funcionando como financiación indirecta de estructuras corruptas, y obligaría a los Estados a reorganizar la forma en la que manejan sus propios recursos.
Para que esto no derive en crisis mayores, este proceso debería estar acompañado desde el exterior, no con más dinero sin control. Sino con: presión internacional, exigencias de transparencia y apoyo a una reestructuración institucional real.
Si queremos resolver este constante ciclo de corrupción, empobrecimiento e inestabilidad, debemos darnos cuenta de que somos nosotros quienes financiamos el terror de la región. No se trata de ignorar a estas poblaciones, sino de dejar de sostener dinámicas que no funcionan y empezar a exigir cambios estructurales que permitan a cada país desarrollarse de forma sostenible.