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Ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo
Opinión

Ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo

¿Por qué la solución a la crisis democrática empieza en nuestros vínculos?

Por Juan Martin Medina

4 min de lectura6 de noviembre de 2026, 22:16 GMT-3
Ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo

“Habitar una sociedad implica, necesariamente, hacernos cargo de los demás” - Cicerón.

Resulta habitual escuchar que la política contemporánea padece una crisis de representación y de demandas, y esto se debe principalmente a la polarización extrema, los discursos de odio en plataformas digitales y una preocupante erosión de los consensos democráticos. Solemos atribuir este escenario a las variables económicas, a los sesgos de los algoritmos o a la incapacidad de la dirigencia. Sin embargo, existe una hipótesis alternativa y mucho más incómoda: la crisis de la esfera pública y la fragilidad de nuestros vínculos afectivos privados nacen exactamente de la misma matriz cultural.

La verdadera transformación cultural no se agota en los procesos electorales. Comienza el día en que rescatemos los vínculos de la lógica del descarte y asumamos, como recordaba Cicerón, que habitar una sociedad implica, necesariamente, hacernos cargo de los demás. Este síntoma ya lo veía Alexis de Tocqueville en el siglo XIX, en su famoso libro La democracia en América. El autor francés decía: “El individualismo vacía primero la fuente de las virtudes públicas, y a la larga destruye todas las demás para absorberse en el egoísmo”.

Romper la Matrix del descarte no es una opción utópica, sino la única garantía para que nuestra libertad no termine devorada por nuestra propia indiferencia hacia los demás.

A mediados del siglo pasado, el psicoanalista Erich Fromm postuló en El arte de amar que el amor no es un impulso pasivo ni un azar del destino. Por el contrario, lo definió como un arte que exige aprendizaje, esfuerzo, conocimiento y, fundamentalmente, responsabilidad. Para Fromm, el amor maduro es una actitud activa hacia el mundo, no un egoísmo compartido entre dos personas. Trasladado al plano de la ciudadanía, este concepto se transforma en el verdadero motor de la polis: la decisión consciente de comprometerse con el bienestar del prójimo, incluso de aquel que nos resulta ajeno.

El conflicto actual radica en que la sociedad contemporánea parece haber desarrollado una profunda aversión al compromiso. El sociólogo Zygmunt Bauman acuñó el término “amor líquido” para describir cómo los lazos humanos se han vuelto precarios, fluidos y transitorios. Educados en la lógica del consumo y la gratificación inmediata, tendemos a disolver los vínculos ante la primera señal de fricción o cuando estos demandan ceder una porción de nuestra comodidad individual. Las personas, al igual que los objetos del mercado, corren el riesgo de volverse perfectamente desechables.

Es precisamente en este punto donde la crisis afectiva se traslada a la dimensión institucional. Un ciudadano incapaz de tolerar el peso y la complejidad de un lazo afectivo real difícilmente podrá sostener un proyecto colectivo a largo plazo. La ciudadanía líquida exige respuestas inmediatas y mágicas; consume liderazgos de ocasión y los descarta con la misma velocidad con la que se actualiza una pantalla. La militancia y el debate ideológico de fondo han sido sustituidos por el consumo de consignas superficiales y pasajeras.

Para complejizar aún más el panorama, la era digital ha exacerbado esta tendencia. El filósofo Byung-Chul Han advierte en La agonía del Eros que el capitalismo contemporáneo destruye la alteridad, es decir, la existencia del “Otro” en su radical diferencia. A través de las redes sociales y las aplicaciones de citas, ya no buscamos el desafío de comprender a un sujeto real con sus propias contradicciones, sino un espejo narcisista que ratifique nuestros sesgos y alimente nuestro ego. Cuando el “Otro” desaparece del horizonte privado, el diálogo en la arena pública se vuelve imposible. La política deja de ser el espacio para el disenso democrático y se convierte en una guerra de trincheras donde la discrepancia se castiga con la cancelación.

La próxima vez que analicemos la falta de empatía y la fragmentación que dominan el escenario político, valdría la pena examinar cómo gestionamos la responsabilidad en nuestros propios entornos íntimos. No es posible exigir una estructura política más humana, solidaria y justa si replicamos las lógicas transaccionales del mercado en el plano afectivo. La verdadera transformación cultural no se agota en los procesos electorales; comienza el día en que rescatemos los vínculos de la lógica del descarte y asumamos que habitar una sociedad implica, necesariamente, hacernos cargo de los demás y como bien nos enseñó Jesús:

“AMEN A DIOS Y A SU PRÓJIMO, COMO A USTEDES MISMOS”.

Por Juan Martin Medina

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