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Una historia pulseada: India y Pakistán
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Una historia pulseada: India y Pakistán

Ocho décadas de tensiones, rearme atómico y una tregua precaria

Por Nahuel Scavino

25 de octubre de 2026, 19:36 GMT-3
Una historia pulseada: India y Pakistán
5 min de lectura

El origen del conflicto se remonta a agosto de 1947, cuando el imperio británico puso fin al Raj colonial en el subcontinente indio. La retirada implicó una división territorial apresurada basada en líneas religiosas: India, de mayoría hindú pero formalmente secular, y Pakistán, concebido como patria para los musulmanes de la región. El trazado de fronteras desató una de las mayores crisis de refugiados en la historia contemporánea, con más de catorce millones de personas desplazadas y enfrentamientos sectarios que dejaron entre quinientos mil y un millón de muertos.

En el corazón de esta fractura quedó Cachemira, un estado principesco de mayoría musulmana gobernado por un maharajá hindú, Hari Singh. Ante la incursión de milicias tribales respaldadas por Pakistán en octubre de 1947, Singh firmó la adhesión formal a la Unión India a cambio de auxilio militar. La primera guerra estalló de inmediato y concluyó en 1949 con un alto el fuego mediado por la ONU, trazando la actual “Línea de Control”. Desde entonces, el territorio quedó fracturado en dos mitades: un sector bajo administración india, compuesto por Jammu, Cachemira y Ladakh, y otro sector bajo control pakistaní, integrado por Azad Cachemira y Gilgit-Baltistán. A partir de esa división original, ambos países volvieron a enfrentarse en 1965, en 1971, guerra que derivó en la independencia de Bangladesh, y el conflicto de Kargil en 1999, acompañadas por constantes escaramuzas fronterizas e insurgencias armadas.

Lejos de ser una disputa puramente local, ambas naciones operan como piezas clave en la seguridad internacional. India se ha consolidado como una potencia emergente y como el ancla occidental en Asia. Con la mayor población del planeta y una de las economías de más rápido crecimiento, Nueva Delhi integra el G20, el grupo BRICS y el Quad junto a Estados Unidos, Japón y Australia, alianza concebida como contrapeso a la asertividad de Pekín en el Indo-Pacífico. Al mismo tiempo, mantiene una política exterior pragmática y autónoma, adquiriendo armamento y energía de Rusia mientras profundiza acuerdos defensivos y tecnológicos con las potencias occidentales.

Pakistán, por su parte, ejerce como un actor geoestratégico fundamental y como un aliado clave de China. A pesar de atravesar severas crisis e inestabilidad política interna, Islamabad controla un paso territorial neurálgico entre Medio Oriente, Asia Central y el sur de Asia. Su estrecha alianza con Pekín se materializó en el Corredor Económico China-Pakistán. A ello se suma su histórico rol en la frontera afgana, que lo convirtió durante décadas en un interlocutor de seguridad indispensable, aunque complejo, para la comunidad internacional.

La dinámica del enfrentamiento cambió radicalmente a partir de 1998, cuando ambos países realizaron ensayos nucleares subterráneos sucesivos, formalizando su ingreso al club atómico y fijando el principio de disuasión mutua. Sin embargo, el riesgo nunca desapareció. En febrero de 2019, un atentado suicida contra fuerzas paramilitares indias en Pulwama provocó bombardeos aéreos indios dentro de territorio pakistaní y un combate aéreo que encendió las alertas mundiales. Meses más tarde, en agosto de ese año, el gobierno indio revocó el artículo 370 de su Constitución, anulando la autonomía especial de Jammu y Cachemira para integrarlos directamente como territorio federal, lo que perjudicó las relaciones diplomáticas y comerciales con Pakistán.

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Actualmente, el vínculo atraviesa una calma precaria y distante. Aunque a nivel militar rige un cese al fuego formal en la Línea de Control renovada en 2021, la cual redujo de forma significativa los duelos de artillería pesada, el terreno político está completamente estancado. Las embajadas operan únicamente con encargados de negocios, el diálogo de alto nivel continúa suspendido y el comercio bilateral es prácticamente nulo tras las restricciones adoptadas en 2019. A este cuadro se añaden roces técnicos y diplomáticos crecientes en torno al Tratado de Aguas del Indo de 1960, motivados por proyectos hidroeléctricos indios río arriba que generan alarma en Pakistán por el control del recurso hídrico.

El costo de este conflicto prolongado repercute en múltiples frentes. En el plano humanitario, la población de Cachemira vive inmersa en una de las zonas con mayor densidad militar del mundo, sujeta a periódicas restricciones a las libertades civiles, operativos de seguridad e incidentes armados. En el aspecto económico, ambos Estados comprometen recursos sustanciales de sus presupuestos en defensa y en el sostenimiento de sus arsenales nucleares, restando fondos críticos a la salud, la educación y la reducción de la pobreza. Además, la confrontación paralizó los mecanismos de integración como la Asociación Sudasiática para la Cooperación Regional, dejando al sur de Asia como una de las áreas menos conectadas del mundo.

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Hacia adelante, el horizonte más probable apunta a una paz fría y prolongada, en la que se preserve el statu quo territorial y en la que India consolide su administración interna en Cachemira mientras Pakistán, absorbido por sus urgencias económicas, mantenga sus reclamos en foros internacionales, sin margen para una confrontación convencional. No obstante, persiste el riesgo de una escalada repentina si se produce un atentado terrorista de gran escala, especialmente bajo la doctrina india de represalia armada transfronteriza. Todo esto se enmarca en la compleja relación de India con China en la frontera del Himalaya, un factor que eleva el temor de Nueva Delhi a un conflicto simultáneo en dos frentes y que refuerza la alianza estratégica entre Pekín e Islamabad. Por ahora, dos gigantes nucleares continúan conviviendo de espaldas, contenidos únicamente por la amenaza de su propia destrucción mutua.

Por Nahuel Scavino

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