El preocupante estado actual de la Guerra de Ucrania
Por Daniel Ortega Ramón

En las últimas semanas, la guerra de Ucrania, iniciada en 2022, se recrudeció notablemente. Ambos países han llevado a cabo numerosos ataques luego de varios meses de relativa baja intensidad en los combates. A inicios de junio, Ucrania amargó el Foro Económico Internacional de San Petersburgo (muchas veces nombrado el “Davos” de Putin) con una serie de ataques de drones contra infraestructura crítica de la ciudad. Estos ataques fueron solo los más notorios de una serie de incursiones con drones que llevó a cabo Ucrania en la infraestructura petrolera de Rusia y en la capital rusa días antes del Desfile de la Victoria del 9 de mayo. Posterior a los ataques de San Petersburgo, el presidente Zelenski publicó una carta declarando con orgullo que Ucrania había demostrado que era capaz de atacar territorio ruso, e invitando a Putin a reunirse en un país neutral para terminar la guerra.

Rusia, por su parte, viene incrementando sus ataques desde fines de mayo con misiles y drones a ciudades como Kiev, Dnipro y Járkov, causando bastante daño a la infraestructura y a la población civil de Ucrania. El ataque llevado a cabo el 15 de junio fue particularmente notorio porque resultó en daños a la Catedral de la Dormición —una catedral ortodoxa del siglo XI y Patrimonio Histórico de la Humanidad de la UNESCO—, así como a varias partes de Kiev y de Járkov.
Estos ataques han sido los más fuertes en varios meses y, si bien a estas alturas no cambian mucho el panorama por sí mismos, sí pintan una imagen bastante preocupante del conflicto en sí. Ambas partes están escalando activamente el conflicto, y cualquier intento de diplomacia ni siquiera es tenido en cuenta. La actitud europea hacia Zelenski y Putin no ha cambiado en absoluto en estos cuatro años: la mayor parte de la UE parece dar su apoyo “incondicional” a Zelenski y continúa incrementando las sanciones a Rusia, buscando imponer progresivamente más presión sobre Moscú. Todo esto ocurre mientras drones europeos son empleados por Ucrania para atacar ciudades rusas, claramente como un mensaje de que ningún lugar en Rusia puede estar del todo a salvo. Esta actitud sería muy útil para desmoralizar a Rusia y empujarla a un acuerdo si esta no tuviera alternativas. Moscú, evidentemente, cuenta con ellas, y son estas alternativas las que hacen del estado actual del conflicto uno tan preocupante. El arsenal nuclear ruso es el más numeroso del mundo y, desde que en 2024 Rusia alteró su doctrina nuclear, viene buscando recuperar su disuasión nuclear, la cual es prácticamente ignorada hoy en día por Ucrania, Europa y, parcialmente, EE. UU.

El propósito de un arma nuclear es la disuasión; es decir, que un Estado desista de atacar o invadir por la disparidad armamentística (en caso de que el invasor no tenga armas nucleares, el invadido podría destruirlo sin temor a una represalia) o por el inmenso riesgo de una guerra nuclear. Desde el inicio de la guerra, sin embargo, Rusia ha perdido casi por completo esta disuasión. Ucrania ha incursionado dentro de territorio ruso (ofensiva de Kursk de 2024), ha atacado las principales ciudades rusas y, lo más peligroso de todo, atacó la flota estratégica rusa en la denominada Operación Spiderweb de 2025, lo que supuso un ataque directo a la tríada nuclear rusa. Muchos analistas, tanto provenientes de Rusia como de Occidente (entre los cuales está el prestigioso profesor John J. Mearsheimer), han señalado el peligrosísimo error que representaron estas escaladas por parte de Ucrania, precisamente porque ponen a Rusia en una situación en la que debe elegir entre perder cualquier factor disuasor —continuando con esta guerra de desgaste mientras su rival es financiado por las principales economías del mundo— o recuperar su disuasión nuclear de cualquier forma para reafirmar su posición de potencia. Los políticos más “halcones” de Moscú vienen argumentando esto durante años, y estos eventos no han hecho sino darles la razón. Son estos políticos, precisamente, los que más deberían preocupar a Occidente, puesto que son los que están dispuestos a utilizar un arma nuclear con el fin de recuperar la disuasión.
Ante una situación tan peligrosa, con una de las partes amenazando constantemente con que utilizará un arma nuclear si no se la respeta, uno esperaría que en una administración estadounidense tan cercana a Putin como la de Donald Trump hubiera un lado positivo. La cumbre de Alaska del año pasado sin duda reanudó las esperanzas de una resolución pacífica; sin embargo, no se resolvió nada concreto y, a más de un año de la reunión, el conflicto sigue tan vivo como antes. El pivote de EE. UU. de vuelta a Medio Oriente con las dos guerras de Irán (la del año pasado y la presente) tampoco ayuda a una negociación y, por el contrario, ha presentado una oportunidad de liberar presión sobre Moscú. La crisis generada por el cierre del estrecho de Ormuz fue un milagro para Rusia, llevando a EE. UU. a levantar sanciones a su petróleo y a su gas. Además, el conflicto ha disminuido aún más el armamento que EE. UU. enviaba a Ucrania, siendo este reemplazado por producción europea. Rusia se ha visto inmensamente beneficiada por la guerra de Irán, y el llamado “Espíritu de Alaska”, que generaba esperanza de un acuerdo hace un año, parece haberse quedado en Anchorage.
El conflicto en Ucrania está ya entrando a su quinto año y, si bien Rusia no está precisamente perdiendo en el campo de batalla, es evidente que el conflicto ha herido bastante a su economía y a sus capacidades militares convencionales. La guerra de desgaste no enfrenta solo a la población, las capacidades militares y de producción de Rusia y de Ucrania, sino que Moscú tiene como adversario a prácticamente todo Occidente (puntualmente a la Unión Europea), haciendo que una guerra de desgaste sea muy desventajosa para Rusia. Es por ello que estamos observando este recrudecimiento del conflicto, acompañado de un incremento de la ya amenazante retórica rusa hacia Europa. En el mes de abril, por ejemplo, el Ministerio de Defensa ruso publicó una lista de productores europeos de drones que armaban a Ucrania, acompañada de una amenaza de tomar medidas al respecto. Académicos como Sergey Karaganov, presidente del Consejo de Política Exterior y de Defensa, también han concedido numerosas entrevistas en medios occidentales promoviendo esta visión del Kremlin de escalar hasta el uso de armas nucleares si no se respeta su disuasión.
Este conjunto de factores presenta un camino muy claro de escalada militar progresiva hacia un ataque nuclear limitado por parte de Rusia, buscando que se reafirme su disuasión nuclear. No solo sería un camino que llevaría a muchas muertes y correría el peligro de llegar a un intercambio nuclear total, sino que, incluso si “sale bien”, este conflicto terminaría cambiando completamente los paradigmas globales que han regido al mundo durante 80 años y acabaría con cualquier semblante de un mundo gobernado por normas.