Cuando la bandera ya no alcanza
Por Julian Ornella

Los festejos de los jugadores españoles campeones del mundo dejaron una escena que para muchos argentinos resultó llamativa. Mientras los jugadores subían al escenario a recibir su premio, abundaban las banderas catalanas, vascas, gallegas y de otras comunidades. La bandera española, símbolo del país campeón del mundo, aparecía con mucha menos frecuencia de lo que cualquiera esperaría.

En Argentina, donde una victoria de la Selección transforma cada rincón del país en un mar de banderas celestes y blancas, una escena como esta sería difícil de imaginar, lo cual nos lleva a preguntar: ¿qué ocurre con la identidad nacional en Europa? ¿Por qué en varios países del continente muchas personas parecen sentirse más identificadas con su región, comunidad o incluso su religión que con la nación a la que pertenecen?

A primera vista podría parecer que Europa está dirigiéndose en un sentido de casi nulos nacionalismos, pero la realidad es un poco más compleja. Lo que está ocurriendo en buena parte del continente no es el fin de las identidades colectivas, sino la aparición de múltiples identidades que compiten entre sí. La nación, ha dejado de ser el principal punto de referencia para muchos de los europeos. España es quizás el caso más conocido. Catalanes, vascos y gallegos tienen propias lenguas, tradiciones e historias que preceden en muchos aspectos a la construcción del Estado moderno español. Para una parte importante de estas comunidades, la identidad regional tiene un peso igual o superior a la identidad nacional. Mientras que para un argentino la bandera nacional suele ser un símbolo compartido por personas de distintas ideologías, en España la bandera ha quedado asociada para algunos sectores a determinadas posiciones políticas, especialmente después de la desaparición del franquismo.

El Reino Unido presenta una situación similar. Aunque desde el exterior solemos percibirlo como un país unificado, en realidad está compuesto por naciones históricas con identidades muy marcadas. Escoceses, galeses, ingleses y norirlandeses mantienen fuertes sentimientos de pertenencia propios y contrarios al de los otros “vecinos”. El referéndum de independencia de Escocia de 2014 y las tensiones surgidas tras el Brexit son una clara muestra de que la identidad británica convive con sentimientos nacionales incluso más antiguos y, en algunos casos, más fuetes. Algo parecido sucede en Bélgica, donde la división entre flamencos y valones marca también la vida política, cultural y lingüística. Muchas personas se identifican primero con Flandes o Valonia antes que con Bélgica. El Estado continúa funcionando, pero la construcción de una identidad nacional compartida es un muy exigente desafío del día a día de la politica. Si estos casos muestran la competencia entre identidades regionales y nacionales, Bosnia representa una situación bastante más compleja. Allí conviven bosnios musulmanes, serbios ortodoxos y croatas católicos, grupos que mantienen luchas históricas, referencias culturales y vínculos políticos diferentes. Décadas después de la guerra de los años noventa, la identidad bosnia sigue coexistiendo con identidades étnicas y religiosas muy fuertes y para muchos, la pertenencia a su comunidad sigue siendo igual o más importante que la pertenencia al Estado.

A este fenómeno se suma otro factor: la masiva diversidad cultural producto de la inmigración en Europa. Millones de europeos tienen raíces familiares en países de África, Asia o Medio Oriente. Un joven nacido en París puede sentirse francés, musulmán y argelino al mismo tiempo. Un ciudadano británico puede identificarse simultáneamente con el Reino Unido, con el islam y con el país de origen de sus padres o abuelos. Estas identidades no necesariamente se excluyen entre sí, pero sí transforman la manera en que las sociedades europeas entienden la pertenencia nacional.

Frente a este panorama, el caso argentino termina siendo llamativo. A pesar de las profundas divisiones políticas que atraviesan al país, “la grieta” como dijo Lanata, existe una identidad nacional absolutamente sólida. No existen movimientos separatistas y la inmensa mayoría de la población comparte una misma lengua, acompañada por un consenso total sobre el valor de los símbolos nacionales. La bandera argentina, el himno o las fechas patrias son capaces de unir a sectores que discrepan y discuten en casi todo lo demás. Por eso, lo que ocurre en Europa puede resultar extraño desde este lado del Atlántico. Sin embargo, más que una desaparición del sentimiento de pertenencia, esto parece reflejar una transformación de sus formas. Allá, donde durante los siglos XIX y XX la nación ocupó el centro de la vida política, hoy debe compartir espacio con identidades regionales, religiosas, étnicas e incluso supranacionales como la europea. La pregunta de fondo es entonces si la nación seguirá siendo el principal marco de referencia para las sociedades europeas o si, por el contrario, se convertirá en una identidad más dentro de un mosaico cada vez más complejo. Para los argentinos que estamos acostumbrados a una idea de nación relativamente consolidada, observar este proceso nos da una oportunidad para reflexionar sobre algo que muchas veces damos por sentado: sentirse parte de una nación no es algo tan común y es algo de lo que debemos enorgullecernos.