El colapso del orden liberal abre paso a un futuro inestable y sumamente peligroso
Por Daniel Ortega Ramón

El 22 de mayo de 2026, una semana después de la visita de Trump a China, el ilustre Francis Fukuyama publicó en su canal de YouTube un video denominado “The US as a declining power” (“Estados Unidos como una potencia en declive”). El hombre que hace 37 años auguraba el “fin de la historia” tras el colapso del bloque soviético, hoy debe reconocer el declive de Estados Unidos y lo que ello conlleva para el orden liberal internacional.
Como ilustra en su video, el declive liberal que estamos viviendo es completamente indiscutible desde hace un tiempo. Aún así, la segunda administración de Donald Trump ha demostrado al mundo cuán grave realmente es este declive y cuán peor se puede poner. La guerra arancelaria con China, el fracaso de los acercamientos diplomáticos con Rusia, la retirada de EEUU de la OMS, la primera guerra de Irán el año pasado, la segunda guerra de Irán este año y el trato que recibió Trump en China son algunos acontecimientos que evidencian la posición decadente del país más poderoso del mundo.
La guerra arancelaria, la histórica visita a China y Taiwán
Como muchos recordarán, el 2 de abril de 2025 Donald Trump anunció una serie de “aranceles recíprocos” a varios países que mantenían “aranceles injustos” contra EE.UU. En un gráfico bastante cuestionado por economistas, el presidente Trump exhibió los aranceles que estos países imponían a EE.UU. y el arancel recíproco que les iba a imponer.
Si bien China fue el principal afectado, la Unión Europea, Japón, Taiwán y Corea -históricos aliados estadounidenses- también se vieron afectados fuertemente por esta medida, mientras que el resto del mundo recibiría un arancel base del 10%.
La medida que tomó Trump fue completamente disruptiva para la economía global y resultó en la protesta de la comunidad internacional y la OMC por ser un quiebre absoluto con los principios comerciales que el propio Estados Unidos viene promoviendo desde, al menos, la década del 80.
La secuencia posterior fue muy peculiar: caída en los mercados mundiales, negociaciones bilaterales con países afectados, protestas generales, una pausa de 90 días, y una confrontación comercial directa con China. Esta “guerra de aranceles” culminó en un acuerdo con aranceles mutuos entre las dos superpotencias, mucho menores a los que había escalado durante la confrontación. Por si fuera poco, en febrero de este año la Corte Suprema de los Estados Unidos decidió que el presidente no podía implementar legalmente los aranceles por Orden Ejecutiva, obligando al gobierno a reembolsar los ya cobrados. De más está decir que, en retrospectiva, el presidente causó toda esta conmoción para absolutamente nada. Fue una medida poco clara, mal planeada, peor implementada y que lo único que consiguió es alienar aliados estadounidenses y degradar la legitimidad de las instituciones que el propio Estados Unidos creó.
Unos meses después de la decisión de la Corte Suprema, Donald Trump visitó China por segunda vez (la primera fue en 2017, durante su primer gobierno) junto a una comitiva de diplomáticos y magnates tecnológicos. Entre puesta en escena, juegos de perspectiva en fotos oficiales, y las típicas tácticas de prensa que hacen los países al participar en diplomacia, se dio una interacción particular que inspiró el antes mencionado video de Fukuyama.
El presidente Xi Jinping utilizó explícitamente el concepto de la “Trampa de Tucídides” hablando sobre la relación de China y Estados Unidos. Su objetivo era evitar precisamente la “trampa” que lleva a la guerra entre una potencia dominante y una potencia en ascenso por el miedo que genera esta segunda a la primera.
Si bien el término en sí no refiere directamente a la decadencia de la potencia dominante, el presidente Trump ciertamente lo interpretó de esta manera. En Truth Social, afirmó que Xi había “descrito muy elegantemente a Estados Unidos como una nación en declive” y que estaba “100% de acuerdo” ya que el presidente estadounidense culpa a su predecesor, Joe Biden, de esta decadencia. La cumbre en China no dejó nada muy concreto, pero ante los ojos del mundo y del propio presidente estadounidense fue una demostración de la posición decadente de los Estados Unidos y ascendente de China en el orden internacional.
Por otro lado, Taiwán se perfila como el punto de conflicto más grave de la rivalidad entre las dos superpotencias. La isla es, además, el epicentro tecnológico global gracias a la producción de semiconductores, un recurso vital para la modernización militar y la economía digital. Para China, la denominada "reunificación completa" no es solo un objetivo político, sino una pieza fundamental de su gran estrategia de rejuvenecimiento nacional y necesaria para su proyección de poder hacia el Océano Pacífico- el Partido Comunista Chino el año 2049 como fecha límite para resolver definitivamente la cuestión. El prospecto de una guerra por la isla parece cada vez más inevitable y el balance de poder en la región se mueve progresivamente en favor de Beijing.
Las dos guerras de Irán
La segunda administración de Trump ha sido prácticamente definida en su política exterior por el conflicto en Irán. En marzo de 2025 realizó un ultimátum para llevar al país persa a la mesa de negociaciones, las cuales se realizaron durante dos meses, entre abril y junio, con una postura maximalista de EEUU que Irán se rehusó a aceptar.
El rechazo de la propuesta estadounidense y el fin del plazo de negociación causó un ataque sorpresa de Israel a Irán iniciando la denominada “Guerra de los 12 días”. La guerra fue una victoria táctica de Israel y EEUU, aunque estratégicamente resulta un tanto más difícil darles la victoria completa, sobre todo a la luz de lo que vino después. Las instalaciones nucleares de Irán no fueron completamente destruidas, y las reservas nucleares quedaron intactas, aunque inaccesibles. La reacción internacional fue muy dividida: la guerra fue condenada por la mayor parte del mundo árabe, China y Rusia, mientras que fue apoyada, en principio, por los principales países de Europa Occidental y los aliados más incondicionales de EEUU como Argentina.
La guerra destruyó casi completamente la diplomacia entre las partes. Irán expulsó a la OIEA del país y su director Rafael Grossi recibió numerosas amenazas de muerte por su rol en la escalada previa al conflicto, señalando el rechazo total de Teherán a negociar seriamente con los EEUU hasta este año. En febrero de 2026 se inició un nuevo proceso de diplomacia, sin encuentros cara a cara de los delegados de ambos países, negociando solamente con intermediarios. La postura estadounidense estaba intacta, las demandas maximalistas que pedían a Irán ceder prácticamente todo (programa de misiles balísticos, red de proxies, renuncia del enriquecimiento doméstico y destrucción de sus reservas nucleares) eran las mismas que el año pasado e hicieron evidente para el mundo que EEUU solamente iba a aceptar la victoria absoluta, incluso si debía regresar a la guerra.
El 28 de febrero de 2026, Israel y Estados Unidos realizaron ataques conjuntos a objetivos civiles y militares en todo Irán. El presidente Donald Trump dijo explícitamente el mismo día de los ataques, que el propósito de los mismos era el cambio de régimen en Teherán. Una de las primeras bajas iraníes fue el Líder Supremo Alí Jamenei, quien gobernaba al país desde la muerte de Jomeini en 1989.
Pasaron más de 6 meses desde aquel día, la guerra ha transcurrido por diversas fases, con un cese al fuego y un memorándum de entendimiento que fracasaron en poner fin al conflicto. Irán se recuperó de sus golpes iniciales, respondió convirtiendo el conflicto en una guerra regional (al atacar bases estadounidenses en toda la región) y cerró el Estrecho de Ormuz por donde pasa el 20% del petróleo mundial. El Estrecho se cerró, se abrió, se volvió a cerrar, se intentó volver a abrir y hoy sigue siendo una bomba de tiempo para una economía mundial que rápidamente agota sus reservas de petróleo.
La situación en Irán se ha vuelto cada vez más difícil para EE.UU., quien ha buscado desesperadamente una forma de terminar el conflicto de una vez por todas. Hoy el conflicto está en una fase de “guerra económica” que apunta, seguramente, a sostener la presión sobre Irán sin gastar aún más las ya casi inexistentes reservas de armamento defensivo (principalmente misiles) que han limitado las bajas de EE.UU y sus aliados durante la guerra. Sin embargo, la idea de que esta guerra económica va a lograr lo que una guerra real no ha logrado en 6 meses parece ser muy poco realista.
La guerra entre Irán y Estados Unidos constituye un desastre absoluto, que además de ser hasta ahora una derrota estratégica sin precedentes para los Estados Unidos de América, también pasó de una victoria inicial a convertirse en un revés táctico, en el que EEUU debe unilateralmente cesar los ataques para evitar que sus aliados en la región sufran el inmenso daño del que es capaz de infligir Irán.
Lo más grave no es el presente de la guerra, lo más grave es que ese conflicto es prácticamente interminable. Irán hoy es gobernada por facciones más radicales lo que, sumado al asesinato del anterior Líder Supremo en los bombardeos, parece hacer casi imposible que el régimen de Teherán confíe plenamente en la diplomacia. El prospecto de un acuerdo en que Irán se sienta segura sin tener disuasión nuclear real posiblemente haya muerto con Ali Jamenei.
EE.UU. a su vez perdió su posición de negociación ante Irán, ya que utilizó casi todas las herramientas a su disposición -años de diplomacia, años de sanciones económicas, bombardeos, misiles, drones- sin éxito, quedando con una invasión militar o el uso de armas nucleares como sus únicas dos cartas restantes. Si EE.UU. no acepta una derrota total en esta guerra, hoy y para siempre (desarrollo que sería en sí mismo un desastre absoluto para la posición internacional norteamericana), el próximo conflicto por la no proliferación en Irán sería, casi sin ningún tipo de dudas, una invasión militar como en Irak o el primer uso militar de armas nucleares desde la Segunda Guerra Mundial, ya sea de parte de Washington o Tel Aviv.
Una guerra eterna en Europa
La temática de un posible conflicto nuclear nos lleva a ver de forma cercana y estratégica la situación actual en la guerra de Ucrania. Han transcurrido 4 años y medio desde su fatídico inicio en febrero de 2022, y creo que ni rusos ni ucranianos esperaban que continuara hasta el día de hoy. La guerra cambió completamente las tácticas y el desarrollo del conflicto moderno, siendo el primer uso en masa de drones de combate en el campo de batalla.
Los cambios tecnológicos parecen haber dificultado notablemente una victoria clara en una guerra convencional, al menos es definitivamente así para Rusia, que esperaba una victoria mucho más rápida (similar a la guerra de Georgia allá por el año 2008). Las causas de la guerra fueron varias pero, sin dudas, el principal detonante de este conflicto fue la expansión de la OTAN a las fronteras rusas, que venía desde la década de los 90 y había sido reconocida como una amenaza existencial por Moscú ya en 2008.
Es por esto que el entonces ex presidente Donald Trump sostuvo siempre que con él en la Casa Blanca nunca hubiera ocurrido semejante conflicto, e incluso se atrevió a prometer que, de ser reelecto, él mismo lograría un acuerdo en 24 horas. Desde su regreso a Washington en 2025, han transcurrido más de 14.000 horas, por lo que se puede decir que el presidente exageró un poco su rapidez para cerrar acuerdos en su campaña presidencial.
Trump intentó someter a Ucrania e invitar a Putin a Alaska para poder tener un principio de acuerdo, sin embargo, ninguno de sus intentos ha llegado a buen puerto. La reunión con el mandatario ruso causó ira en Europa (alienando aún más a los aliados europeos de EEUU) y no consiguió ningún compromiso real por parte de Rusia.
La razón era clara: tanto Ucrania como Rusia creen que el otro va a ceder todo en cualquier momento. Ambos países están fuertemente golpeados (Ucrania por la destrucción militar y Rusia por los numerosos golpes económicos que ha recibido) pero creen que el otro va a caer primero. Lógicamente, es una lucha completamente desigual a favor de Rusia en términos de población, territorio, capacidad industrial e incluso armamento, o al menos así sería si Ucrania no tuviera a la Unión Europea y a los Estados Unidos de América de su lado.
Zelensky y la Unión Europea seguramente creen que con este apoyo Ucrania iguala las capacidades rusas, y que los rusos eventualmente van a preferir eliminar al “tirano” que los llevó a esta “guerra sin sentido” que está hiriendo tan gravemente a Rusia, por lo que, si sólo continúan combatiendo y degradando a su enemigo, eventualmente Ucrania saldrá totalmente victoriosa. Esta forma de pensar es, por decir poco, completamente idealista y separada de la realidad. Rusia absolutamente está sufriendo gravemente la guerra, pero tanto la cúpula de gobierno rusa, como la población coinciden plenamente con Vladimir Putin en que una Ucrania alineada a la OTAN es una amenaza existencial para Rusia y su posición en la región, y es prácticamente imposible que el régimen ruso (el cual difícilmente va a colapsar tras sobrevivir estos 4 años de presión económica) decida simplemente rendirse.
La lógica rusa parece ser también que eventualmente Ucrania no podrá luchar más o EEUU la presionará para rendirse a las demandas rusas. Si esto fuera a suceder, lógicamente lo haría ahora que un presidente como Trump está en la Casa Blanca. No ha sucedido porque no va a suceder: Ucrania aún puede pelear, Europa aún quiere que Ucrania pelee y EEUU tácitamente apoya que lo haga. La guerra de desgaste parece que va a continuar hasta que alguien colapse y se rinda, lo que muchos en Moscú empiezan a temer es que sean ellos los que lo hagan. Y es este el factor más preocupante del conflicto de Ucrania.
Entre más tiempo pasa y más se desgasta Rusia, más se fortalecen las voces radicales. Es casi imposible que Rusia simplemente se rinda, como se mencionó, hay un consenso general de que esta guerra es absolutamente necesaria y de interés vital para el Kremlin. Entonces, sus opciones son continuar desgastándose, esperando que Ucrania y Occidente se desgasten más, o bien buscar escalar el conflicto para disuadir exitosamente a sus enemigos.
Voces como Sergey Karaganov, con fuerte influencia institucional en Moscú, vienen abogando desde el inicio del conflicto por acciones nucleares para reasentar la disuasión nuclear de Rusia en una guerra que parece haberla borrado. A fines de 2024, Rusia alteró su doctrina nuclear para afirmar que respondería nuclearmente si un país con armas convencionales lo ataca con apoyo de otra potencia nuclear, una situación evidentemente parecida a la que vivimos hoy en Ucrania.
Este cambio en doctrina vino precisamente posterior a la ofensiva ucraniana en Kursk el mismo año, siendo la primera invasión a territorio ruso desde la Segunda Guerra Mundial. Similarmente, en 2025 Ucrania atacó con drones a la flota estratégica rusa (los bombarderos que pueden emplear armas nucleares) en la “Operación Telaraña”. Estas dos victorias tácticas de Ucrania, lejos de alegrar a Occidente, deberían de aterrar a la comunidad internacional, precisamente por la desesperación que vienen creando en sectores de la cúpula rusa. Idealmente, nadie quiere que un Estado con más de 5 mil armas nucleares se sienta completamente acorralado en una guerra que no puede perder, pero tampoco está ganando.
Sin embargo, los líderes occidentales, y sobre todo los europeos, parecen ignorar completamente cuán peligrosa es la situación y cuán peor se pone conforme más se desgasta Rusia. Trump parece entenderlo vagamente, por algo su director de la CIA, John Ratcliffe, visitó Moscú el 25 de agosto de este año (primera visita del director de la CIA desde la que se realizó previo al inicio de la guerra en 2022); sin embargo no se ha ni aproximado a un acuerdo y, por el contrario, ha deteriorado fuertemente su relación con los europeos sin conseguir nada de la parte rusa. Toda esta situación en simultáneo al gasto de recursos valiosísimos en Irán.
La deuda y el dólar
Central al orden liberal desde 1944 ha sido el dominio estadounidense sobre el sistema financiero internacional. Desde el acuerdo Bretton Woods, el dólar es la moneda de reserva mundial y la moneda que denomina todas las transacciones internacionales. Aún con el fin del dominio comercial de EEUU, su dominio financiero ha subsistido hasta el día de hoy y es central para su posición en el orden liberal que creó.
Es esta condición la que ha permitido a EEUU sostener un déficit crónico a lo largo del tiempo sin inconveniente alguno, al menos hasta el momento. Hoy, la deuda estadounidense supera los 40 billones de dólares (billones hispanos, es decir, 40.000.000.000.000), mientras que los pagos anuales del interés de dicha deuda corresponden a cerca del 20% de los ingresos federales, y más del 3% del PBI (el promedio de los últimos 50 años es cerca del 2%).
El gobierno de Trump, con su “Big Beautiful Bill”, redujo los ingresos del gobierno federal estadounidense, un cambio que se estima que en una década añadirá alrededor de 4 billones de dólares a la deuda de EEUU. Si bien hay varias formas de salir de una crisis de deuda (precisamente porque está denominada en su propia moneda), en el caso tal de que EEUU no pueda pagar los intereses de su deuda, las ramificaciones financieras afectarían fuertemente al dólar y su posición en el sistema financiero mundial, disminuyendo su poder latente.
¿Qué viene después?
Ni un liberal tan idealista como Fukuyama puede negar la enorme crisis que viven las instituciones ante el fin de la hegemonía estadounidense. Por 80 años (desde el fin de la Segunda Guerra) Estados Unidos actuó de garante del orden internacional liberal en Occidente, extendido al mundo entero durante su “momento unipolar” al final de la Guerra Fría. Ya para comienzos del siglo se veía como EEUU decaía comparado a su posición durante la década pasada. Pero, muy similar al camino de un individuo hacia la bancarrota, la caída de una potencia sucede gradualmente y luego de repente. Estamos observando la transición de la gradual decadencia del orden liberal, hacia su colapso repentino.
El ascenso de China, el fin de Estados Unidos como único centro de la economía mundial, la degradación progresiva de las instituciones que sostienen el orden liberal, la peligrosa guerra en Ucrania, un conflicto sin salida en Irán, un conflicto casi inevitable en Taiwán, la inmensa e impagable deuda estadounidense, la devaluación progresiva del dólar (que, sumado a la guerra de Irán, ha empezado a abrir puerta a alternativas al petrodólar) y los cada vez más limitados recursos de Estados Unidos para afrontar tantas crisis en simultáneo claramente indican la antesala del colapso total del orden liberal, al menos como lo conocemos.
Es imposible saber con certeza lo que va a suceder al orden liberal internacional, y mucho se ha teorizado de si las instituciones creadas desaparecerán o sobrevivirán como mecanismos del naciente orden multipolar. Lo que es claro es que, conforme las reglas internacionales pierden definitivamente a su “garante”, la lógica del balance de poder y los conflictos abiertos retomarán el protagonismo histórico que el momento unipolar nos llevó a quitarles.
El orden mundial está cambiando rápida y violentamente, mientras la velocidad del cambio está acelerando más y más. Por más incertidumbre que haya, la única forma de sobrevivir en el futuro va a ser atravesar los cambios y adaptarse a la nueva realidad de la forma más prudente y veloz posible, enfocándose en las numerosas oportunidades que el caos presenta