El fracaso de la negociación entre el Gobierno, los empresarios y los sindicatos vuelve a poner en el centro una discusión que atraviesa a la Argentina: cómo generar empleo y reducir la informalidad sin que el costo de la transformación recaiga sobre los trabajadores.
Por Francisco Guzmán

La discusión sobre el trabajo volvió a ocupar el centro de la agenda nacional. Este viernes, la reunión del Consejo Nacional del Empleo, la Productividad y el Salario Mínimo, Vital y Móvil terminó sin acuerdo después de que la Confederación General del Trabajo (CGT), la Central de Trabajadores de la Argentina (CTA de los Trabajadores) y la Central de Trabajadores de la Argentina Autónoma (CTA Autónoma) rechazaran la propuesta empresarial y abandonaran el encuentro. Ante la falta de consenso, será el Gobierno quien defina el nuevo salario mínimo.
El conflicto no es solo una discusión sobre una cifra. Detrás del salario mínimo hay un debate mucho más profundo sobre qué modelo de mercado laboral pretende construir la Argentina y quién debe asumir los costos de esa transformación.
El salario mínimo vigente en agosto es de $376.600 para los trabajadores mensualizados que cumplen la jornada legal completa. Las centrales sindicales reclamaron un aumento significativamente mayor, mientras que la propuesta empresarial se ubicó muy por debajo de esa pretensión. El resultado fue previsible: no hubo acuerdo.
La discusión dejó de ser cuánto aumenta el salario mínimo y pasó a ser qué lugar ocupa el salario dentro del nuevo modelo económico argentino.
Desde la llegada de Javier Milei a la Presidencia, el Gobierno sostiene que uno de los principales problemas estructurales de la economía argentina es el elevado costo de contratar formalmente. Desde esa perspectiva, reducir cargas, modificar regulaciones y flexibilizar determinadas condiciones laborales permitiría que las empresas incorporen trabajadores y que una mayor cantidad de personas ingrese al mercado formal.
El oficialismo incorporó esta visión a una agenda de transformación laboral. La Ley 27.802 de Modernización Laboral modificó distintos aspectos de la Ley de Contrato de Trabajo y constituye uno de los pilares de la estrategia del Gobierno.
La lógica oficial es sencilla: si contratar resulta menos costoso y riesgoso, las empresas tendrían mayores incentivos para incorporar trabajadores. Una economía con mayor inversión y productividad podría, en el mediano plazo, generar empleos formales y salarios más elevados.
El problema aparece en la transición. Una reforma laboral puede modificar las condiciones bajo las cuales se crea empleo, pero no garantiza por sí misma que ese empleo tenga mejores salarios.
El crecimiento económico puede ser necesario para mejorar los salarios, pero no alcanza si esa mejora nunca llega al bolsillo de los trabajadores.
Los sindicatos sostienen que la recuperación económica no puede medirse únicamente por indicadores macroeconómicos. Para un trabajador, una mejora de la economía tiene que traducirse en capacidad concreta para pagar alimentos, vivienda, transporte, educación y servicios.
Del otro lado, las empresas argumentan que establecer aumentos salariales demasiado elevados puede dificultar la contratación, especialmente en las pequeñas y medianas empresas, que tienen una estructura de costos más limitada.
La Argentina mantiene desde hace años un problema estructural de informalidad. Una persona que trabaja sin estar registrada queda fuera de los mecanismos de protección social, la cobertura laboral y determinados beneficios vinculados al empleo formal.
El desafío de cualquier reforma debería ser doble: facilitar la creación de empleo formal y, al mismo tiempo, garantizar que la formalización no signifique simplemente aceptar salarios cada vez más bajos.
El fracaso del Consejo del Salario vuelve a mostrar la dificultad de alcanzar ese equilibrio. El Gobierno busca avanzar con estabilidad, reducción del déficit, desregulación y cambios estructurales. Los sindicatos intentan preservar su capacidad de negociación y evitar que el ajuste recaiga sobre los ingresos laborales. Los empresarios reclaman condiciones que les permitan producir, invertir y contratar.
Una economía sin empresas competitivas difícilmente puede generar empleo privado de manera sostenida, pPero una economía cuya competitividad depende exclusivamente de reducir el costo laboral corre el riesgo de construir un mercado de trabajo basado en salarios insuficientes.
El desafío consiste en encontrar una tercera vía: que la productividad, la inversión y la formalización permitan que las empresas sean más competitivas sin convertir los salarios en la principal variable de ajuste.
El Gobierno tendrá ahora la posibilidad de fijar el nuevo salario mínimo ante la falta de consenso en el Consejo. Esa decisión tendrá un significado que excederá el número que finalmente aparezca en la resolución: será otra señal sobre el rumbo que Javier Milei pretende darle al mercado laboral argentino.
La Argentina necesita más empleo, pero también necesita que trabajar permita vivir.
El verdadero éxito de la reforma laboral no debería medirse solamente por cuántas normas se modificaron ni por cuánto disminuyeron los costos empresariales. Debería medirse por algo mucho más concreto: cuántos argentinos consiguieron un empleo formal, cuánto mejoraron sus ingresos y cuánto pudieron mejorar sus condiciones de vida.
El Gobierno apuesta a que el nuevo modelo económico produzca ese resultado con el tiempo. Los sindicatos temen que el costo de esperar recaiga sobre los trabajadores. Entre esas dos posiciones se encuentra uno de los debates económicos y sociales más importantes de la Argentina actual. La discusión por el salario mínimo es apenas el comienzo.