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Mar del Plata en disputa
Nacional

Mar del Plata en disputa

Por Martín Sabbino

26 de agosto de 2026, 11:07 GMT-3
Mar del Plata en disputa
11 min de lectura

Durante unas semanas al año, Mar del Plata pertenece a todo el país. La Rambla, la Bristol, la caravana de autos por la costanera, los lobos marinos, la fila en Chichilo o Manolo, la calle Güemes y sus comercios arrasados de gente. Millones de argentinos pasan por la ciudad y se llevan de vuelta la misma postal que existe desde hace décadas. Después llega marzo, y la ciudad vuelve a ser de quienes viven allí los otros nueve meses.

Esa segunda ciudad es bastante menos conocida.

Es el sexto centro urbano más poblado del país, con más de medio millón de habitantes; tiene puerto, parque industrial, universidades, construcción y una actividad productiva que excede largamente al turismo. Hace tiempo que dejó de ser únicamente un destino de verano.

El propio Agustín Neme -intendente de General Pueyrredón- lo planteó así en febrero de este año, cuando habló de romper la lógica de "una Mar del Plata que se piensa de diciembre a marzo". La frase es correcta. También es, por ahora, más una aspiración que una descripción: una ciudad no deja de pensarse de diciembre a marzo simplemente porque lo diga su intendente. Hay que gobernarla durante los otros nueve meses.

Ahí empieza a asomar un problema que no es ni turístico ni climático, sino de gestión: demasiados actores tienen algo que decir sobre Mar del Plata y, mientras tanto, la responsabilidad termina siempre repartida.

La inseguridad volvió a colocar a Mar del Plata en el mapa nacional por las peores razones. Agosto lo mostró con crudeza. Tres homicidios en 48 horas -entre ellos el de Mailén Antonich, una chica de 24 años asesinada en un balneario del sur adonde había ido a lo que creía era una entrevista de trabajo-, reclamos vecinales y una movilización frente a la jefatura policial pusieron en evidencia una preocupación que ya venía creciendo en distintos barrios. La reacción política, sin embargo, no estuvo a la altura del reclamo: en los días más calientes, nadie salió a dar la cara. Neme, mientras tanto, guardó silencio.

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Puertas adentro y por lo bajo, la discusión sobre quién debía hacerse cargo sí tuvo voces: el intendente señalaba, con razón, que la seguridad depende principalmente de la Provincia; la Provincia acusó al municipio de no haber ejecutado buena parte de los fondos que envió para patrulleros y tecnología; y el municipio respondió que el problema es la falta de personal provincial. Se podría decir que los dos tienen algo de razón -y mientras discuten de quién es el problema, nadie termina de resolverlo.

Recién semanas después y en un tono que buscó imitar –sin igualar la mano dura que caracterizó a su antecesor-, Neme salió de su silencio con el anuncio de patrulleros nuevos, cambios en la cúpula policial local y una consigna para las cámaras: "nuestro enemigo es el delincuente".

Cargarle cada delito sería tan injusto como cómodo: el municipio no maneja la Policía Bonaerense. Pero hay una pregunta que sí es municipal, y que se dejó sin responder: ¿qué hizo Neme, mientras tanto, con lo que sí tenía en sus manos? Para el Estado, la jurisdicción puede ser una explicación. Para el vecino que acaba de sufrir un robo, no lo es: no le importa de quién depende la policía, sino cuándo deja de tener miedo.

Es en ese mismo clima, los propios vecinos desarrollaron y lanzaron VoyBien, una app gratuita que busca registrar, con la participación de cualquier ciudadano, cada uno de los hechos delictivos que padecen los marplatenses en un mapa.

La inseguridad no es el único frente sin respuestas.. A eso se suma, esta vez desde Nación, la amenaza de perder la Zona Fría, el descuento en la factura de gas que protege a 260 mil hogares marplatenses del invierno atlántico. La pesca y el textil, dos de los sectores más importantes de la ciudad, reclaman acompañamiento ante una crisis que pone en riesgo empleo y producción.

Pues si la ciudad que Neme dice querer construir funciona los doce meses, la exigencia también debería ser anual: los problemas no se resuelven solo cuando estalla la crisis, ni la gestión puede limitarse a la temporada alta. La ciudad de doce meses se construye en diciembre, pero también en abril, junio y agosto. Y eso es, hasta ahora, lo que más le está costando demostrar.

Neme, además, tiene un problema que no puede resolverse simplemente mirando hacia adelante: la sombra de Guillermo Montenegro. El ex intendente dejó el cargo en diciembre del año pasado para asumir como senador provincial, con la mira puesta -según reconstruyeron varios medios- en suceder a Mariano Cuneo Libarona al frente del Ministerio de Justicia, un lugar al que finalmente nunca llegó.

Montenegro no perdió una elección ni fue desplazado; : eligió irse, y lo hizo sin irse del todo. En vez de renunciar, pidió licencia. Neme, vale aclarar, nunca fue votado para ser intendente;: asumió como intendente interino por sucesión.

Montenegro conservó la titularidad del cargo, y el resultado es una situación casi insólita: Mar del Plata tiene un intendente que gobierna y otro que, formalmente, sigue siéndolo; ambos se presentan en redes exactamente igual: intendente de General Pueyrredón. Montenegro puede volver a su despacho cuando quiera, posibilidad que trascendió en medio de esta crisis de seguridad. Nadie afuera sabe si fue una decisión tomada o apenas el humor de esa semana, pero la sola posibilidad de ese regreso ya volvió a ocupar espacio en la conversación pública. Lo único seguro es que Neme gobierna sabiendo que puede dejar de hacerlo de un día para el otro.

Ahí aparece una ironía difícil de esquivar;: Neme no cayó del cielo. Fue el número uno de la lista de Montenegro en 2019, presidió el bloque oficialista en el Concejo Deliberante durante toda la gestión y fue, puertas adentro, una de las voces con más peso del armado municipal. Llegó a la cabeza del municipio como continuidad de esa gestión y todavía reivindica buena parte de lo que se hizo antes de asumir- por eso nunca se lo escuchó quejarse de lo que encontró al llegar. Tiene sentido: si hoy las cosas andan mal, buena parte de la problemática no nace exclusivamente con él. La crisis financiera del municipio, el deterioro de áreas enteras de la gestión y hasta el humor social que explotó en agosto, vienen de antes; son la factura de seis años completos de una gestión de la que también formó parte.

La concesión del estadio mundialista José María Minella y el Polideportivo Islas Malvinas, por ejemplo, firmada por Montenegro en noviembre pasado, prometía 40 millones de dólares en obras y no incluía ninguna comisión de control sobre lo que la empresa hiciera con ellos. Ocho meses después, ya bajo Neme, llegó al punto en el que EDEA le cortó la luz al estadio por falta de pago: las obras nunca empezaron- salvo por cierto alambrado-, la firma pidió ceder el 87,5% de sus acciones a otra empresa, y la Justicia investiga la concesión por presunta defraudación.

La herencia, entonces, funciona en las dos direcciones: Neme tiene que hacerse cargo de lo que hace hoy, en estos nueve meses de gestión; Montenegro, de lo que dejó, en seis años completos al mando. La política, sin embargo, suele ser mucho más amable con quienes ya no tienen que responder por el presente.

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El problema, sin embargo, no termina en las fronteras del propio municipio. Mar del Plata también tiene una relación cada vez más tensa con La Plata. Punta Mogotes es el ejemplo más claro: en mayo, Kicillof anunció que el complejo balneario -hoy administrado por un ente donde la Provincia tiene mayoría- iba a volver al municipio. La letra chica, en este caso, es importante;el traspaso definitivo llegará recién después de una licitación y una obra que la propia Provincia diseña y controla. Neme lo resumió así: "desde La Plata administran Punta Mogotes como si Mar del Plata no existiera".

Si Punta Mogotes va a volver a Mar del Plata, ¿por qué la Provincia debería decidir primero qué hacer con él? No es una cuestión menor. Porque Punta Mogotes no es solamente un conjunto de balnearios. Es una parte icónica del frente costero de la ciudad y, por extensión, una parte de la discusión sobre qué capacidad tiene Mar del Plata para decidir sobre sí misma.

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La misma tensión aparece en otros lugares, aunque con características distintas. La Rambla también está bajo jurisdicción provincial, buena parte de la seguridad depende de La Plata, y algunas obras fundamentales para la ciudad dependen de recursos y decisiones provinciales. No todos estos problemas tienen el mismo responsable, pero juntos muestran algo bastante incómodo: Mar del Plata tiene la escala de una gran ciudad y, en muchos asuntos centrales, la capacidad de decisión de un municipio mucho más chico.

Tampoco es solo Punta Mogotes. Pese a ser uno de los distritos que más aporta a la Provincia, General Pueyrredón quedó en el puesto 133 de los 135 municipios bonaerenses en lo que recibe de vuelta (en términos de coparticipación por habitante), y el coeficiente que le corresponde viene cayendo desde 2019. Es la misma asimetría, expresada en plata en vez de en cemento.

La misma lógica aparece del otro lado - y ya había asomado con la Zona Fría- con Nación: no giró una sola transferencia discrecional a la ciudad en lo que va del año. Y Chapadmalal el otro gran complejo costero, hoy bajo jurisdicción nacional, avanza hacia una privatización con mucho menos ruido municipal que el que genera Punta Mogotes.

Pues nada de esto explica a Mar del Plata por sí solo. Juntos, esos frentes –los cotidianos y los vistosos- dibujan un patrón: cuando las decisiones y los recursos están repartidos entre distintos niveles del Estado, también se reparte la responsabilidad. No es una anomalía local. En una ciudad de esta escala, buena parte de las decisiones que afectan la vida cotidiana se toman en otros niveles del Estado. Mar del Plata no inventó esa lógica; simplemente la expone con bastante claridad. La pregunta de fondo, entonces, no es solo quién gobierna Mar del Plata, sino quién responde por ella.

Eso no exime al intendente de hacerse cargo de lo que sí está en sus manos. No puede convertir cada problema que depende de otro nivel del Estado en una razón para quedarse callado o hacer política mediática. Si una obra provincial no avanza o Nación retira el financiamiento de algo necesario para miles de familias marplatenses, se tiene que reclamar. No importa si la plata viene de La Plata o de Buenos Aires: si algo es necesario para Mar del Plata, hay que reclamarlo donde corresponda.

Pero cuidado con usar eso como coartada general: el día a día, lo cotidiano, no depende de la Provincia ni de Nación, y funciona como funciona. Ahí no hay reparto de poder que valga como excusa:hay, apenas, cosas que el municipio tiene enteramente en sus manos y todavía no logra resolver.

Los nombres pueden llegar a cambiar. Montenegro puede volver a su despacho. Neme puede lograr, por fin, ser candidato con nombre propio. Kicillof puede dejar de ser gobernador. Mar del Plata va a seguir ahí. Este verano, como todos, volverá a ser de todo el país: la misma postal de siempre, la Rambla, las playas llenas, los autos por la costanera. El resto del año, como pasa desde hace décadas, va a ser de quienes no tienen la opción de mirar para otro lado. El político puede pedir licencia. El marplatense, no. Se queda.

Por Martín Sabbino

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