Por Alejo Germán García

Este año habrá elecciones legislativas en Estados Unidos. Al igual que el Congreso de la Nación Argentina, la cámara baja del Congreso de los Estados Unidos de América se renueva cada dos años. A diferencia de nosotros, esa renovación no se da por mitades, sino que se hace por la totalidad de la cámara ya que la representación en EEUU se da por circunscripciones y no por representación proporcional. De origen británico, el sistema de distritos unipersonales tiene sus ventajas pero también sus complicaciones.
La principal de ellas es que este sistema puede ser muy poco representativo para las minorías. Como solo uno es electo representante por distrito, todos los que no lo votaron se quedan sin nadie que hable en su nombre dentro de la cámara. Otro problema es la delimitación de los distritos. La población de un país nunca está perfectamente distribuida, de modo que uno puede dividirlo en tantas circunscripciones como escaños haya sin favorecer a unos o perjudicar a otros. Por lo tanto, el proceso de organizar los mapas y de designar a aquellos responsables de esta tarea es algo sumamente sensible.

Desde hace ya varios años, pero particularmente desde la llegada de Trump a la presidencia, ha estallado una guerra entre los diferentes Estados sobre cómo organizan sus distritos, recurriendo al Gerrymandering para beneficiar a sus partidos. Esta “estrategia” consiste en aprovecharse de las dos problemáticas anteriormente mencionadas para minimizar la influencia que pueda tener el contrincante mediante la elaboración del mapa de distritos en base a datos electorales previos. Desde la aprobación de la Uniform Congressional District Act en 1967, todos los representantes se eligen mediante el sistema mencionado, donde cada Estado decide por su cuenta como organizar el mapa electoral.
El método suele ser el siguiente: si una administración estatal con una legislatura alineada quiere beneficiar a su partido a nivel nacional, esta debe buscar ser mayoría en cada circunscripción por la menor diferencia posible. Es decir, distribuir a los opositores de forma uniforme para que no puedan ganar en ningún distrito. Sin embargo, a veces estos opositores son la mayoría a nivel estatal (lo cual hace que con una distribución uniforme la administración estatal pierda) o están distribuidos de una forma que hace imposible la organización de un mapa perfectamente uniforme.

En ese caso, la estrategia es la contraria. Se seleccionan uno o dos distritos y se busca que el 100% de sus habitantes sean opositores. Todo vuelve al principio básico de que, al haber un solo representante por distrito, alcanza con tener el 51% dentro de la circunscripción para ganar la banca. Cualquier votante de más es un votante desperdiciado que podrías estar colocando en otro distrito.
El resultado es que se deja a personas sin representación mediante la creación de distritos que no tienen ninguna relación con la identidad local y que tienen una forma curiosa, por no decir ridícula. En Wisconsin, por ejemplo, el partido demócrata obtuvo un 53% de los votos en las elecciones del 2018 pero obtuvo 3 representantes contra los 5 del partido republicano, que había obtenido el 45% de los votos.
Sin embargo, esta práctica, que ya es histórica en los EEUU, ha resultado en una guerra abierta entre demócratas y republicanos. Todo comenzó cuando, el año pasado, Texas quiso modificar su mapa electoral para darle ventaja a los republicanos en las elecciones de este año. Frente a esto, California respondió modificando su mapa para darle ventaja a los demócratas, “contrarrestando” el gerrymandering de uno con el gerrymandering del otro. Misuri y Carolina del Norte se sumaron para apoyar a Texas, y Virginia para apoyar a California.

La situación volvió a escalar cuando la Corte Suprema de los Estados Unidos falló en Louisiana v. Callais en favor de una visión más restringida del Voting Rights Act, provocando que muchos estados sureños empiecen a hacer planes para deshacerse de sus distritos de mayoría negra-demócrata. En algunos estados como Luisiana, se cancelaron elecciones primarias que ya habían comenzado para permitir la modificación del mapa de distritos. En otros, las cortes dieron de baja los planes de reorganización del mapa empezados por los gobiernos estatales.
Todavía es difícil de saber cómo va a terminar esta guerra abierta, pero más votantes se quedarán sin representación porque un espacio político ve preferible el cambiar las reglas de juego para beneficiarse políticamente. Esto aplica particularmente del lado republicano, que se ve muy complicado en muchas encuestas de cara a los comicios de fin de año. Sea como fuere, es necesario entender cómo se gestionan las elecciones y la representación dentro de un país para poder comprender su sistema político. Recordando, en cierta forma, a Stalin, pareciera que decide más el que cuenta el voto que el que vota.