
Por Francisco Galván
No hay escapatoria a la guerra. O al menos así parece. El conflicto armado existe desde que “el mundo es mundo”, o más bien, desde que el “hombre es hombre”. Aparenta ser algo inherente a nuestra naturaleza caída, la sombra de nuestra esencia social, el hecho de no poder convivir por un tiempo determinado con una cierta cantidad de gente, sin que disputas emerjan, y se tornen fatales. Ya lo dijo de forma inmejorable Dostoyevski,
¿Qué puede esperarse del hombre, en tanto es un ser dotado de tan extrañas cualidades? Cúbranlo con todos los bienes terrenales, sumérjanlo tan profundamente en la felicidad que solo las burbujitas lleguen hasta la superficie, como en el agua; denle tal satisfacción económica que no tenga absolutamente nada más que hacer excepto dormir, comer bocadillos y procurar que la historia universal no se detenga; pues bien, incluso en tal caso, por pura ingratitud, por puro afán de difamar, el hombre les cometerá una canallada. Arriesgará hasta los bocadillos y deseará a sabiendas el absurdo más perjudicial, el disparate más costoso, solo para agregar a toda esa positiva sensatez un elemento fantástico destructivo.
Simplemente somos así. Y ejemplos sobran. El Génesis lo deja bien claro al principio, cuando en la primera familia en existir ocurre un fratricidio que, a piedrazos, nos dejaría manchados hasta la posteridad. Porque en cierto modo, todos llevamos con nosotros la marca de Caín. Somos humanos después de todo, no ángeles.
Dada esta naturaleza nuestra –y la forma en la que se manifiesta constantemente en los miles de conflictos bélicos que hay y seguirán habiendo–, la cuestión de la guerra se vuelve algo ineludible. Una de esas preguntas que interpela toda discusión seria sobre la naturaleza humana. Y pocos discuten la naturaleza humana como la Iglesia Católica. El objetivo de este ensayo es entender en qué consistió la posición de la Iglesia respecto de la guerra –si hay tal cosa como una guerra justa, y qué condiciones requiere una guerra para calificar como tal–, y principalmente ver cómo esta posición fue evolucionando, con un foco en la posición más actual.
La iglesia primitiva pareciera ser más pacifista –el término es anacrónico, pero tiene algo de utilidad–. Uno se encuentra con escritos relativamente contundentes, como Ireneo (180 d.C aprox), “Los cristianos han convertido sus espadas y sus lanzas en instrumentos de paz, y ya no saben luchar”; Justino Mártir (aprox 138 d.C), “El diablo es el autor de todas las guerras”; y Orígenes de Alejandría (185-254 d.C), “Hemos venido, siguiendo el consejo de Jesús, a convertir nuestras arrogantes espadas de la discusión en rejas de arado, y transformamos en hoces las lanzas que antes utilizábamos en la lucha. Porque ya no empuñamos espadas contra ninguna nación, ni aprendemos ya a hacer la guerra, habiéndonos convertido en hijos de la paz por amor a Jesús, que es nuestro Señor”. Si me quedo con eso parece Saint John Lennon, pero la realidad es que cuando se analiza la evidencia en profundidad, no se puede llegar a algo concluyente.
Luego llega San Agustín de Hipona, quien es el primero en defender la posibilidad de la guerra justa desde la fe cristiana. Aunque lo hace de forma algo desordenada, siglos más tarde aparecería Santo Tomás de Aquino, quien lo leería y formularía las tres condiciones para la guerra justa. Estas son: auctoritas principis (autoridad legítima del gobernante), iusta causa (causa justa, como la defensa ante una agresión) e intentio recta (intención recta del beligerante). La Escolástica española del siglo XVI, en figuras como Francisco de Vitoria, amplió y refinó esta doctrina, desarrollando ideas sobre la proporcionalidad del uso de la fuerza y la protección de los inocentes que serían antecedentes importantes de algunos principios del derecho internacional humanitario moderno.
De ahí vamos a la contemporaneidad, y para esto no hay mejor recurso que el Catecismo de la Iglesia Católica promulgado por Juan Pablo II. Este documento doctrinal parte de una base categórica: “No matarás”. ¿Así o más claro? El odio, la ira, y la guerra, no son sino extensiones del mismo cuerpo que corre cada vez más lejos de Dios. Sin embargo, “mientras exista el riesgo de guerra y falte una autoridad internacional competente y provista de la fuerza correspondiente, una vez agotados todos los medios de acuerdo pacífico, no se podrá negar a los gobiernos el derecho a la legítima defensa”. Así es como volvemos a la doctrina de la guerra justa. Con esta, lo que el Catecismo hace es retomar a Santo Tomás y reformular las siguientes “condiciones estrictas de una legítima defensa mediante la fuerza militar”. Es preciso a la vez:
A la pregunta de ¿según quién? responde: “La apreciación de estas condiciones de legitimidad moral pertenece al juicio prudente de quienes están a cargo del bien común”. Asimismo se plantean conceptos como el del crimen de guerra (“Una vez estallada desgraciadamente la guerra, no todo es lícito entre los contendientes”), como la humanidad para con los no combatientes, los heridos, y los prisioneros. Al ser este un documento de la segunda mitad del siglo XX, hay dos cuestiones que no pueden ser evadidas. Estas son el genocidio y las armas de destrucción masiva. Sobre la primera, y el dilema de seguir órdenes, Juan Pablo II (polaco viviendo en Polonia que en 1940 tenía 20 años) deja poco a la interpretación: “existe la obligación moral de desobedecer aquellas decisiones que ordenan genocidios.” Finalmente, sobre el segundo tema se sostiene que “toda acción bélica que tiende indiscriminadamente a la destrucción de ciudades enteras o de amplias regiones con sus habitantes, es un crimen contra Dios y contra el hombre mismo, que hay que condenar con firmeza y sin vacilaciones”.
Como contrapunto aparece el papa Francisco, tan provocador y argentino como era, a decir en Fratelli Tutti (2020) que hoy hablar de guerra justa, resulta casi imposible en los hechos: “El Catecismo de la Iglesia Católica habla de la posibilidad de una legítima defensa mediante la fuerza militar, que supone demostrar que se den algunas «condiciones rigurosas de legitimidad moral». Pero fácilmente se cae en una interpretación demasiado amplia de este posible derecho.” Y oraciones más tarde dice “quiero vale cuatro”:
La cuestión es que, a partir del desarrollo de las armas nucleares, químicas y biológicas, y de las enormes y crecientes posibilidades que brindan las nuevas tecnologías, se dio a la guerra un poder destructivo fuera de control que afecta a muchos civiles inocentes. (...) Entonces ya no podemos pensar en la guerra como solución, debido a que los riesgos probablemente siempre serán superiores a la hipotética utilidad que se le atribuya. Ante esta realidad, hoy es muy difícil sostener los criterios racionales madurados en otros siglos para hablar de una posible “guerra justa”. ¡Nunca más la guerra! (nn.258)
En otras palabras, la guerra justa, a los ojos de Francisco, está dejando de existir.
Siempre es interesante pensar la guerra. Personalmente, como aspirante internacionalista, la escuela realista me interpela mucho, y me pregunto de qué tanto sirve quejarse y condenar a todos aquellos que incurran en guerras cuando resulta delirante pretender que no haya nunca guerra. Digo, uno se imagina multitud de escenarios donde la guerra no es un pecado que alguien comete, sino algo más similar a una dirección en la que todos (o el sistema) se mueven lentamente hasta que el conflicto es inevitable. La Primera Guerra Mundial es un excelente ejemplo.
Empero, después recuerdo que Goethe dijo una vez que, si tratás a un hombre tal y como es, seguirá siendo lo que es, pero si lo tratás como puede y debe ser, se convertirá en lo que puede y debe ser. Después rescato a Confucio quien dijo: "vosotros los que gobernáis los asuntos públicos, ¿qué necesidad tenéis de emplear castigo? Amad la virtud y la gente será virtuosa. Las virtudes del hombre superior son como el viento; las virtudes del hombre común son como el pasto; el pasto, cuando pasa el viento, se inclina".
¿Sabés qué? Sigamos quejándonos de la guerra.