Por Federico Müller

A lo largo de la historia, el uso político de la Copa del Mundo cumple con un objetivo específico: reformar lo incómodo. Mientras el pueblo se enfoca en la justa deportiva, el gobierno reforma lo que más costo político tiene.
Argentina es el país perfecto para llevar a cabo este tipo de cambios, ya que posee un fuerte arraigo futbolístico, con números únicos en el mundo. Por ejemplo, según la multinacional Kantar IBOPE Media– único referente oficial de medición de la audiencia televisiva (rating) en Argentina y la región–, el porcentaje de televisores encendidos durante los partidos de la selección en torneos oficiales supera habitualmente el 80%, y llega a rozar el 90% en instancias decisivas. En la última competición mundialista, el Obelisco recibió una multitud de aproximadamente 5 millones de personas por la consagración de la albiceleste en Catar.
Otro factor clave es el alto grado de heterogeneidad tanto en la opinión de los ciudadanos como en los mecanismos institucionales. Pese a no ser muy rigurosos ante la figura cada vez más agigantada del denominado “hiperpresidencialismo”, la facilidad de ganarse la opinión pública y la posibilidad de generar cambios no es tan sencilla como parece. Este gobierno es el ejemplo perfecto: podemos observarlo en sus intentos de “enfrentarse” con la UBA, los cuales fueron sofocados por la opinión pública. También, en su constante búsqueda de establecer cambios “incómodos”. En una Argentina y un mundo occidental en democracia donde cada vez cuesta más la consolidación de liderazgos políticos, la posibilidad de sortear ciertos obstáculos es el bien más buscado en los oficialismos.
Esto es transversal a todo el mundo futbolero, encontrando ejemplos inclusive en la Unión Europea, en donde se aprueban rescates bancarios, subas del IVA y reformas laborales estructurales a mitad de año, coincidiendo con las fases finales de la Eurocopa o los Juegos Olímpicos, cuando el Parlamento está semivacío y la prensa concentrada en el medallero. Pero si nos enfocamos en la Argentina encontramos bastantes casos trascendentes:
En 1978 -si bien en el contexto del Proceso de Reorganización Nacional el volumen de cambios que podía hacer el gobierno era mucho mayor al de uno democrático- se desarrollaron medidas con altos costos políticos. El Mundial del 78’ fue utilizado para llevar a cabo muchos ajustes polémicos, como la aceleración del plan de Martínez de Hoz, la reforma de las entidades financieras mediante el Decreto-Ley 21.526 (Ley de Entidades Financieras) y las sucesivas Circulares del Banco Central (principalmente la Circular RF 1050). Además, estuvieron los planes de erradicación de villas de emergencia, llevados a cabo antes y durante el mundial.
En 1986, con otra victoria argentina y con uno de los gobiernos autodenominados “más democráticos de la historia” el Plan Austral fue llevado a cabo. Si bien es importante aclarar que su inicio data de mediados de 1985, su prueba de fuego, el congelamiento estricto de precios, salarios y tarifas, y las primeras reformas de desregulación profunda, se blindaron políticamente en junio de 1986.
En 1998, con un gobierno menemista que históricamente abusó de los decretos, pero que ya se encontraba en fase de caída, se avanzó mediante decretos y resoluciones en la profundización de la reforma laboral (flexibilización de condiciones de contratación) y se recortaron tanto presupuestos universitarios como fondos asignados a las provincias para intentar cerrar el bache fiscal, mediante el Decreto 916/1998 y el avance de la Ley 25.013. El carisma inigualable del riojano no logró ser ajeno a esta práctica.
En 2014, la República Argentina entró en default (o cesación de pagos) luego de que se cumpliera el plazo establecido para pagar a un grupo de tenedores de deuda que se negaron a aceptar la reestructuración que Buenos Aires pactó con los demás acreedores hace varios años. Argentina, que no podía pagarles por la activación de una cláusula (RUFO) que le exigía pagar otras deudas, no llegó a un acuerdo, y el rechazo al pago de las deudas se hizo oficial. Si bien es un caso de fuerza mayor, la incomodidad que hubiera generado en otro momento habría sido totalmente diferente. Como vemos, esto no distingue ideologías, regímenes o líderes. Es una herramienta transversal.
Hoy en día, están todas las condiciones dadas para que el gobierno avance con total autodeterminación. Un congreso que cada vez es más aliado, una opinión pública que lo frena con frecuencia y un conjunto de paquetes de reformas que son muy difíciles de digerir para la heterogeneidad poblacional. Es por eso que el gobierno avanzó con lo siguiente:
En primer lugar, el Decreto 566/2026 elimina de forma directa y definitiva las retenciones (derechos de exportación) para cerca de 1.000 posiciones arancelarias de la industria manufacturera y pesada (autopartes, aluminio, químicos, plásticos y maquinaria).
En paralelo a los decretos presidenciales, los ministerios avanzan con la “letra chica” del ajuste. La Secretaría de Transporte oficializó la Resolución 40/2026, que modifica de raíz el financiamiento de la Tarifa Social de la tarjeta SUBE, desprendiendo de a poco su participación en la financiación de la misma.
Por último, encontramos el cambio en el gabinete, con la salida de Manuel Adorni y la incorporación de Diego Santilli en la Jefatura del Gabinete de Ministros.
Si bien son cambios importantes, ninguno termina de aprovechar la situación del todo. Por eso, es de esperar que en los próximos días, si existen avances en el destino de la selección argentina, en paralelo van a existir aceleraciones del gobierno. La principal hinchada de Argentina no está en la calle, está en la Casa Rosada.