Por Luca Emiliano Gallinatti
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“El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social mediatizada por imágenes”, dice Guy Debord en La Sociedad del Espectáculo, y, como en toda relación social, el espectáculo también está atravesado por dinámicas de poder.
Siempre que inicia el mundial, no falta el comentario: “ahora lo van a usar para tapar todo”. Por eso mismo, a una semana de haber iniciado la edición 2026, es importante detenerse unos minuto y reflexionar: ¿es pan y circo para tapar problemas graves o es válido que, de tanto en tanto, la población, cansada de sufrir por sus condiciones materiales de existencia, tenga un alivio, aunque sea por un mes cada cuatro años?
El espectáculo también es una relación de poder, y como tal, tiene “dejos” del sistema. En palabras de Guy Debord: “El espectáculo, considerado en su totalidad, es a la vez el resultado y el proyecto de un modo de producción existente. No es un suplemento al mundo real ni su decoración superpuesta. Es el corazón del irrealismo de la sociedad real”. Y es que, cuando observamos el espectáculo, nos alejamos de la realidad y se pierde conciencia de lo real. Pero quizás no es culpa del mundial, porque la vida misma está atravesada por el espectáculo. “Toda la vida de las sociedades en que reinan las condiciones modernas de producción se anuncia como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes era vivido directamente se ha alejado en una representación”. Es decir, antes de que mediara la imagen, las cosas se vivían directamente, teniendo el objeto de diversión al alcance. Hoy, la situación es distinta: todo lo vivimos a través de la imagen y de la pantalla, y ese es el verdadero peligro. En 1984, se refleja muy bien cómo la distracción es una forma de ejercer poder:
“El arduo trabajo físico, el cuidado de la casa y de los hijos, las discusiones triviales con los vecinos, las películas, el fútbol, la cerveza y, por encima de todo, el juego, colmaban el horizonte de su imaginación. Tenerlos controlados era relativamente fácil”.
La queja de Winston Smith es, justamente, que los proles no se rebelan. Él dice: “si queda una esperanza, está en los proles [...] Hasta que no tomen conciencia, no se rebelarán, y sin rebelarse no podrán tomar conciencia.” , el Entonces el espectáculo es una relación de poder que consiste en someter al otro mediante la distracción. Es un sometimiento donde no media la violencia física, y en el cual el sometido cree que es libre. El poder radica en la capacidad de hacer que el otro no haga o se mantenga aletargado, para que la clase dirigente pueda operar con la mayor cantidad posible de libertad y discreción.
En la misma novela, Orwell nos narra que existe un sistema que perpetúa la propaganda oficial, el sistema de telepantallas:
“Dentro del departamento una voz pastosa estaba leyendo una lista de cifras relacionadas con la producción de hierro en lingotes. La voz procedía de una placa oblonga de metal parecida a un espejo empañado que formaba parte de la superficie de la pared derecha. Winston encendió una luz y el volumen de la voz disminuyó un poco, aunque las palabras siguieron siendo comprensibles. El instrumento (la “telepantalla”, lo llamaban) podía atenuarse, pero no había manera de apagarlo del todo”.
El régimen quería asegurarse de que la propaganda penetrara mediante la escucha constante, casi inconsciente, de la voz de la telepantalla. Y en ese sentido, ¿no sucede algo similar cuando ponemos el partido de fondo mientras estamos haciendo otra cosa? Porque si queremos seguir el fixture partido por partido, o estar atentos a los resultados del prode, no hay otra posibilidad de hacerlo, ya que la programación está hecha para ver fútbol de continuo desde las 13 hasta, a veces, las 2 de la mañana. Distrae y adoctrina. Vimos que Debord plantea que el espectáculo reproduce al sistema de producción en el que está inmerso y, en ese sentido, pienso en el cooling break, tan necesario en las condiciones climáticas de Qatar pero que se mantiene al día de hoy. ¿No es una excusa para hacer publicidad de productos de mercado? ¿Hasta qué punto el noble deporte del fútbol no ha sido cooptado por el sistema?
Pero, por favor, no quiero que se me identifique con un crítico amargado que nada encuentra de bueno en la vida. Yo mismo estoy disfrutando de los partidos: grité a todo pulmón los tres golazos de Messi y me hipnotiza verlo jugar con la albiceleste. A veces hay grises, y este es uno, porque a pesar de todo lo descrito anteriormente, opino que si un mes de fútbol cada cuatro años ayuda a descomprimir a una sociedad angustiada, desesperanzada, cansada y estresada, bienvenido sea. Algún reflejo de la Belleza tiene el fútbol, con gambetas que son obras de arte, y con goles que nos dejan con la boca abierta. Y a veces también es un elemento de unidad, una oportunidad de dejar todas las diferencias de lado y tratarnos como lo que en realidad somos: hermanos.
Solo que tampoco hay que perder de vista que no todo es tan inocente como a veces aparenta, y que este Mundial quizás, en lugar de tapar, pone en agenda: la polémica por la ausencia de traductores al español, el hecho de que los jugadores de Irán no puedan alojarse en suelo estadounidense, y el notar que a Rusia le impidieron competir en el último mundial pero que, en plena guerra con Irán, Estados Unidos es anfitrión. Es no perder de vista el ideal de la justicia, pero que el ideal no nos vuelva escrupulosos: abrí esa cerveza y poné el partido. Divertite, distraete, reunite con tus amigos, celebrá con tus hermanos, pero no te vayas de la realidad. Mientras se juega la Copa del Mundo, en el mundo se siguen cometiendo injusticias (en realidad, habría que preguntarse si en algún momento dado de la historia se dejaron de cometer injusticias).
Y ante todo: vamos por la cuarta.