Por Nicolas Fernandez Kostesky

La República Popular Democrática de Corea, establecida tras décadas de ocupación imperial japonesa en el reino peninsular, y guiada por la familia Kim desde 1948 como únicos regentes, surgió y se desarrolló en torno a una idea indiscutible, propia de su identidad y objetivo como estado: la reunificación total de Corea, concluyendo en la liberación del yugo nortemericano capitalista de sus compatriotas, terminando con los colaboracionistas y traidores residentes en La Casa Azul de Seúl.
La llamada “Dinastía Kim” que ha guiado al pueblo norcoreano por generaciones, no solo establece un culto a la personalidad de sus “emperadores” como si fueran regentes medievales, sino que han sabido mantenerse en el poder durante casi ochenta años, resistiendo crisis económicas, hambrunas, sanciones y condenas de todo organismo internacional por su crueldad extrema hacia sus propios súbditos y, mayormente, por su amenaza beligerante contra sus vecinos liberales, sobretodo a partir de su fuertemente denunciado arsenal nuclear, factor clave para su supervivencia tras la caída del Muro de Berlín y el fin del apoyo sovietico, además de una creciente administración norteamericana menos tolerante a este tipo de gobiernos. Su estatus como nación resiliente, fuertemente (aunque anticuadamente) armada, pero sobre todo como una con posesión de armas de destrucción masiva, la pone en una situación completamente diferente al de otras autocracias asiáticas o africanas, como el Irak de Saddam Hussein o más recientemente la Venezuela de Nicolas Maduro y el Irán de los ayatolas, al proyectarse al mundo como un estado de carácter prácticamente indestructible, salvo si no se proyecta la soga en el cuello por la amenaza de destrucción mutua asegurada. El arma nuclear no solo es un capricho de un líder supremo despótico, sino que es la clave fundamental de la supervivencia de la nación, que apunta a ser regida a futuro por Kim Ju-ae, hija del dictador actual, que parece seguir la línea de su familia.
Las amenazas del régimen del norte hacia su vecino capitalista se han agudizado cada vez más desde el fin de la Guerra de Corea. Sin una resolución verdadera más allá del alto al fuego, las tensiones han aumentado drásticamente a partir del abandono inesperado de su histórica postura pro unificación con el sur, reemplazando la consideración del sur como país hermano por la figura de un enemigo que hay que combatir, su más grande enemigo según declaraciones del líder. Estas posturas van en contra del mucho más moderado gobierno surcoreano, que bajo el mandato presidencial del progresista Lee Jae-myung apunta a una unificación gradual y acordada con el norte, evitando la confrontación para integrar a Pyongyang y buscando la primacía de las firmas sobre las balas, aunque no ha habido respuesta positiva del otro lado. La Zona Desmilitarizada entre ambas naciones no parece, al menos en el corto plazo, llegar a desmantelarse para la reunión del pueblo coreano. Aunque más dispuesto a la negociación, el sur vigila constantemente el accionar detrás de su única frontera, al ver que desde ahí las pruebas de misiles apuntan hacia sus aguas territoriales y las amenazas constantes hacia su integridad territorial no hacen más que aumentar. Además, crece la preocupación por la retirada de sistemas de defensa norteamericanos para ser enviados a Oriente Medio.
Así Pyongyang, al estar a las antípodas del mundo occidental globalizado (del cual solo recibe sanciones y condenas), se las arregla para subsistir no solo por sus propios medios y voluntad, sino además por la cooperación de otros estados también de carácter autoritario y violento. Esta línea de política exterior no es nueva, al estar prácticamente inscripta en su sangre desde que los soviéticos establecieron el país, aislandolo del resto del mundo capitalista; sin embargo, en los últimos años sus relaciones exteriores han mutado para asegurar los intereses de sus líderes de manera pragmática.
Si bien su socio comercial y aliado más importante desde el colapso sovietico es la República Popular China, diferentes factores, como el cierre total de su frontera tras el advenimiento del Covid-19, han hecho que en esta década Pyongyang se acerque más a Moscú de lo que lo estaba de Beijing. Kim Jong-un ha enviado miles de tropas, armas y municiones al frente ucraniano, que bajo el lema de cooperación con “el hermano pueblo ruso”, han ayudado a subsistir al régimen a partir de ayuda financiera, militar, tecnológica, suministro eléctrico y alimentos, además de poder poner a prueba las capacidades reales de Corea del Norte en una guerra moderna y tomar notas para mejorar a sus fuerzas armadas. El Ejército Popular de Corea tan solo ha luchado contra Corea del Sur y la coalición de Naciones Unidas en la década de 1950, por lo que las tácticas, armas y formaciones de esa era no pueden garantizar la efectividad moderna en el campo de batalla. Ideas cómo el empleo de formaciones más reducidas o el uso de los drones, ojivas de racimo y otros elementos, están siendo incorporados a las fuerzas armadas. Por el lado de Bielorussia, al ser parte de la órbita del Kremlin y sus intereses, ha estado reforzando sus vínculos (más que nada simbólicos) con Corea del Norte, firmando un acuerdo de amistad y cooperación en diversas áreas. El líder supremo norcoreano rindiendo homenaje a los caídos en el frente ucraniano es un ejemplo de esta relación.

En cuanto a Beijing, las relaciones han mejorado en el último tiempo, con un nuevo acercamiento entre las partes. Sus respectivos líderes celebraron una reunión bilateral el septiembre pasado, en conmemoración del 80 aniversario del fin de la invasión japonesa a la China continental, que abrió camino a la búsqueda de restaurar poco a poco las conexiones e intercambios diplomáticos y comerciales propios de antes de la pandemia. Por un lado, las comunicaciones por tren y avión se están restaurando gradualmente para que en un futuro la gran masa de turistas chinos (que representan la mayor parte del turismo del país anterior a 2020) retome sus viajes al país. También, ha habido señales, alimentadas sobre todo por la reciente visita del ministro de asuntos exteriores chino Wang Yi, de incrementar la actividad comercial (y la infraestructura necesaria) entre sus fronteras, y cooperar conjuntamente en los asuntos regionales e internacionales. Ya desde hace años que hay empresarios chinos operando fábricas en Corea del Norte y cierto intercambio entre ambos países, sobre todo a partir de la ciudad fronteriza de Dangond, que promete aumentar si la dirección de cooperación continua. Principalmente Pyongyang exporta pelucas y pestañas postizas, además de minerales como el tungsteno (al no poder comerciar otras cosas por las sanciones internacionales), mientras que China exporta, en aumento, cabello humano y aceite de soja.

Por medio de estas alianzas, el aislado régimen ha logrado subsistir dentro de un contexto mundial en el que se ve amenazado. De todos modos, aunque suene contradictorio con su retórica intransigente, Pyongyang no niega la posibilidad a futuro de establecer negociaciones con Washington, si se le reconoce como un poder nuclear legítimo. El presidente norteamericano, Donald J. Trump, ha catalogado al líder norcoreano como alguien que “le cae muy bien”, estando dispuesto a sentarse a negociar con el estado comunista, cosa que puede haber sido impulsada por el presidente surcoreano en una reunión reciente en La Casa Blanca, además de la búsqueda constante de su administración de lograr un mejor contacto con esta nación. La aplazada visita de Trump prevista para el mes de Mayo, podría dar lugar a un contacto entre ambas partes, los primeros contactos tras una serie de históricas negociaciones entre ambos líderes durante 2019.
A modo de conclusión, se podría argumentar que el régimen de los Kim no enfrentará el mismo destino que otros gobiernos similares. Su capacidad militar y nuclear lo mantendrá a flote el tiempo que se mantenga en el poder, y subsistirá por sus crecientes vínculos comerciales con sus grandes aliados, reduciendo en parte el peso de las sanciones. Aun así, el futuro en parte parecería incierto al no haber una solución concreta del conflicto coreano, además de las posibilidades de conversación con Washington. De todas formas, parece un hecho consumado la permanencia del régimen en el largo plazo.