Por Alejo Germán García
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Pese a que hoy en día no se encuentra tan decididamente en la cima como alguna vez supo encontrarse, no existe duda mayor de que los Estados Unidos de América son la principal potencia en la tierra. Con un producto interno bruto de aproximadamente treinta billones de dólares, las fuerzas armadas más grandes y una influencia cultural incuestionable, George Washington puede sentirse confiadamente orgulloso de la nación que supo construir. Uno puede buscar las razones de esto en la geografía, en su libre mercado o en la mera suerte. No es de mi interés descartar estas razones, pero quiero proponer una que, por tan menor como esta pueda llegar a ser, yo considero fue sumamente significativa para determinar el futuro de la primera república moderna. Una que está intrínsecamente relacionada con aquél gran individuo que acabo de mencionar.
Hay varias luces y sombras en la vida de George Washington. Como militar fue mediocre, quedándose muy lejos de las grandes mentes de su tiempo. Sumado a su condición de esclavista de Virginia, su presidencia tampoco se destaca particularmente por las políticas que impulsó o por los grandes resultados de su gobierno. Y nada de esto es de extrañar; recordemos que Washington nunca aspiró a llegar al poder. Sin embargo, hay una decisión suya que lo eleva entre los grandes para ser, en mi opinión, el mejor presidente en la historia de los Estados Unidos. Una demostración de virtud cívica que sentó un ejemplo tan magnánimo que el mismo quedó grabado en la mente de todos los que lo sucedieron en el cargo por casi un siglo y medio.
George Washington pudo tenerlo todo. Electo y reelecto presidente por unanimidad, el apoyo político y popular del que gozó, se comenta, era tan grande que de haber querido de verdad ser coronado rey hubiese podido. Nada más lejos de la realidad. No solamente se conformó con un cargo mucho más limitado sino que, motivado tanto por su desinterés como por sus ideales, tomó una decisión que hoy en día sería considerada por lo menos extraña. Contrario al pedido de gran parte de la élite política del momento, Washington anunció hacia el final de su segundo mandato que no volvería a presentarse para el cargo de presidente, y que dejaría abierto el puesto para la elección de un sucesor. Con un acto tan simple hizo historia.

Muchos aspiran a llegar a posiciones de autoridad. De esos algunos lo logran, pero muy pocos son capaces de renunciar a él. Es muy corta la lista de figuras a lo largo de la historia que, teniendo tanto la capacidad de acceder al mismo como la motivación suficiente para ejercerlo, son capaces de decirle que no al poder. Y sin embargo, como es bien sabido, la forma republicana de gobierno bajo la cual vivimos requiere que aquellos líderes que ocupan el servicio público sean capaces de hacerlo. ¿Qué hubiese sido del “experimento americano” si Washington se hubiese atrincherado en el poder? ¿Qué hubiese sido si Washington se muriese en el cargo? Por 144 años ningún presidente norteamericano se atrevió a buscar un tercer mandato puesto que el ejemplo que había sentado Washington era tan grande que aspirar a ello era algo del mal gusto.
Uno puede establecer una divertida comparación con una monarquía constitucional. En una monarquía constitucional, el monarca carece de poder político serio. No puede impulsar medidas o designar funcionarios. Sin embargo, el monarca constituye la representación de la nación. De tal forma, es muy difícil para un gobierno ideológicamente no muy democrático intentar avasallar los derechos de la población, ya que querer ostentar más poder del que es debido es faltarle el respeto al rey, y eso es sinónimo de faltarle el respeto a la nación. Ese es el verdadero sentido de la frase “el rey reina mas no gobierna”.
Bueno, en cierta forma, Washington ocupó el mismo rol que el de un monarca constitucional. Al concentrar en su persona la representación de la nación, su ejemplo quedaba santificado al punto que no imitarlo era algo antiestadounidense. Querer aspirar a un tercer mandato era aspirar a tener más poder del debido, y eso era faltarle el respeto a Washington, que simbolizaba a los Estados Unidos. No fue sino la Segunda Guerra Mundial lo que rompió la tradición, e hizo necesaria una enmienda constitucional que limitase el número de mandatos posibles a dos.
Hoy en día ejemplos como este inspiran poco. Muchas personas con egos sobredimensionados y espíritus muy mediocres se contentan soñando con ver su retrato bien grande en una galería, pensando que la historia recordará a aquellos que dominaron a sus enemigos. A ellos les recomiendo revisar la larga lista de reyes de Persia o emperadores de China que empuñaron muchísimo más poder que el que pueden comprender y que hoy nadie recuerda. Sin embargo, de vez en cuando estos ejemplos resurgen para volver a indicar el camino correcto. George Washington no ignoraba figuras como la de Lucio Quincio Cincinato, y haríamos bien nosotros de no ignorar la suya. Washington gobernó 8 años, pero su ejemplo reinó por 150. Pareciera entonces que no hay mayor acto de grandeza que el de decirle que no al poder.