Por Luis Falco

Durante mucho tiempo, la política porteña tuvo un dueño relativamente indiscutido. La Ciudad de Buenos Aires fue el gran bastión del PRO, el territorio desde donde Mauricio Macri construyó poder, proyectó liderazgo nacional y moldeó una identidad política asociada a la gestión, el orden y cierta previsibilidad administrativa. Desde 2007 hasta hoy, el macrismo convirtió a la Ciudad en mucho más que un distrito electoral. La transformó en el corazón de su proyecto político.
Sin embargo, el escenario empezó a moverse.
La irrupción de La Libertad Avanza alteró el equilibrio político de la Ciudad y abrió una discusión que, hasta hace algunos años, parecía impensada. ¿Puede el PRO seguir monopolizando la representación del electorado no peronista? ¿O el crecimiento libertario está empezando a construir una nueva mayoría política en territorio porteño?
Hasta hace relativamente poco, el rol de La Libertad Avanza en la Ciudad parecía bastante claro. Se trataba de una fuerza política disruptiva, con un discurso de fuerte confrontación contra la política tradicional, crítica del gasto estatal y profundamente cuestionadora de estructuras que consideraba parte de una lógica agotada. El espacio libertario encontraba fortaleza en la denuncia y en la capacidad de interpelar un malestar social que gran parte del sistema político parecía no estar interpretando del todo.
La llegada de Javier Milei a la presidencia también modificó el lugar de La Libertad Avanza dentro de la política porteña. El espacio dejó de ser únicamente una expresión de enojo o protesta para enfrentar un nuevo desafío: demostrar capacidad real de gestión, construcción política e influencia institucional. Gobernar obliga a pasar de las consignas a las decisiones concretas, y ese cambio empezó a sentirse también en Buenos Aires.
La Legislatura porteña es quizás uno de los lugares donde más claramente se observa esta transformación. El espacio libertario ya no ocupa solamente el lugar de la crítica permanente. En los últimos meses comenzó a disputar agenda, impulsar debates y posicionarse sobre temas estratégicos para el rumbo económico de la Ciudad.
La reciente discusión sobre mecanismos locales de incentivo a las inversiones, en sintonía con políticas impulsadas desde el Gobierno nacional, dejó una postura bastante clara por parte de La Libertad Avanza. El planteo libertario es sencillo: si Nación avanza hacia un modelo que busca atraer inversiones, reducir trabas y generar condiciones para la actividad económica, la Ciudad no debería quedarse al margen ni moverse a otra velocidad.
Hay una idea política que empezó a instalarse dentro del espacio libertario porteño y que explica bastante bien parte de su estrategia. La Ciudad de Buenos Aires necesita acompañar un proceso de reformas más profundo, con menos burocracia y mayor capacidad de adaptación frente a los cambios económicos que atraviesa el país.
Para sectores de La Libertad Avanza, el PRO logró administrar la Ciudad de manera eficiente durante años, pero empieza a mostrar ciertos signos de desgaste político. La discusión ya no parece pasar únicamente por quién administra mejor, sino por quién interpreta mejor las nuevas demandas de una sociedad que cambió. Una parte importante del electorado ya no parece conformarse solamente con estabilidad administrativa, sino que también empieza a reclamar velocidad, transformaciones y señales más claras frente a estructuras que percibe como demasiado lentas. Y ahí empieza a aparecer la incomodidad dentro del PRO.
Porque el crecimiento libertario ya no ocurre solamente en redes sociales o en el plano discursivo. Empezó a sentirse en la Legislatura, en el territorio y especialmente en las comunas. Allí donde el macrismo construyó poder durante años, La Libertad Avanza comenzó a desplegar una lógica distinta de organización política. Mucho más reciente, menos estructurada, pero con fuerte movilización militante, presencia territorial creciente y dirigentes que buscan consolidarse en los barrios.
La pelea por las comunas no es un detalle menor. En política porteña, el territorio sigue siendo importante. Tener presencia local, referentes barriales y capacidad de organización continúa siendo una parte central de cualquier construcción política duradera. El PRO todavía conserva una estructura territorial consolidada, pero el desembarco libertario empezó a alterar ciertas dinámicas que durante años parecían relativamente estables.
La relación entre ambos espacios probablemente atraviesa uno de sus momentos más incómodos.
Hay coincidencias en muchos temas. Seguridad, equilibrio fiscal, reducción del gasto político, simplificación del Estado y reformas económicas suelen ser puntos de encuentro. En más de una oportunidad aparecen acuerdos legislativos y acompañamientos parciales. Pero eso no elimina el problema de fondo: compiten por el mismo electorado.
Tanto el PRO como La Libertad Avanza buscan representar a un votante urbano, mayoritariamente no peronista, crítico del kirchnerismo y preocupado por cuestiones como la inseguridad, la presión impositiva y el funcionamiento del Estado. El problema para ambos espacios es evidente: dos fuerzas difícilmente puedan liderar al mismo tiempo el mismo universo político.
Durante años, el PRO ocupó ese lugar casi sin competencia real. La Ciudad funcionó como una especie de refugio electoral del macrismo, incluso en momentos nacionales difíciles. Pero el fenómeno Milei alteró esa lógica. El respaldo obtenido por La Libertad Avanza a nivel nacional también empezó a sentirse en la Ciudad y obligó al oficialismo porteño a recalcular.
No parece casual que en las últimas semanas haya aumentado la tensión política entre ambos espacios. Las discusiones sobre el rol de las comunas, los cuestionamientos libertarios hacia determinadas estructuras de gasto porteño y la competencia territorial cada vez más visible muestran que la convivencia política está lejos de ser armónica.
Para muchos dirigentes libertarios, el PRO representa una etapa importante dentro del espacio no peronista, pero también un modelo político que necesita aggiornarse. Existe una percepción creciente de que la Ciudad necesita acelerar reformas, reducir estructuras burocráticas y alinearse de manera más decidida con el rumbo económico impulsado desde Nación. El mensaje libertario busca instalar una idea concreta: administrar ya no alcanza; también hace falta transformar.
Y aunque todavía sea temprano para afirmaciones definitivas, algunos movimientos recientes parecen mostrar algo evidente. La Libertad Avanza ya no quiere ocupar el lugar de socio menor dentro del espacio no peronista. Quiere disputar liderazgo político.
La resolución favorable del conflicto por los fondos de coparticipación entre Nación y Ciudad también fue utilizada políticamente por dirigentes libertarios para reforzar una narrativa concreta. La idea de que cuando Nación y Ciudad trabajan en una misma dirección, aparecen resultados visibles, comenzó a instalarse como argumento político dentro del espacio. No es un dato menor. Durante mucho tiempo, la relación entre gobiernos nacionales y la Ciudad estuvo atravesada por tensiones permanentes. Hoy, el oficialismo nacional intenta mostrar otra lógica, una donde el alineamiento político puede traducirse en beneficios concretos para los porteños.
Todo esto vuelve especialmente interesante el escenario electoral que se aproxima.
Las próximas elecciones en la Ciudad probablemente sean de las más relevantes de los últimos años. No solamente porque está en juego la Legislatura o el poder territorial en las comunas, sino porque puede empezar a definirse algo mucho más profundo: quién conducirá políticamente el espacio no peronista en Buenos Aires durante los próximos años.
El PRO sabe que perder centralidad en la Ciudad sería mucho más que una derrota electoral. Significaría poner en discusión el corazón mismo de su identidad política. La Ciudad es su origen, su principal activo y el lugar desde donde construyó liderazgo nacional.
Para La Libertad Avanza, en cambio, el desafío es diferente. Consolidarse en Buenos Aires implicaría demostrar que el fenómeno Milei no fue solamente una reacción de época, sino el comienzo de una construcción política más duradera, con vocación de poder, territorialidad y capacidad de gestión.
Durante años, parecía imposible imaginar una Ciudad donde el PRO tuviera competencia real dentro de su propio electorado. Hoy ese escenario cambió. La Libertad Avanza dejó de ser un actor testimonial para empezar a disputar territorio, agenda y representación política.
Las elecciones que vienen probablemente marquen un punto de inflexión. Porque ya no se trata únicamente de quién administra mejor la Ciudad. La discusión empieza a ser otra: quién interpreta mejor el momento político de una sociedad que parece pedir cambios más rápidos, menos burocracia y una forma distinta de ejercer el poder.
En una Ciudad históricamente identificada con el PRO, La Libertad Avanza parece decidida a dejar de ser una fuerza incómoda para convertirse en una alternativa real de poder. Y eso, guste o no, ya empezó a modificar el tablero político porteño.