El funesto final de la epopeya castrista
Por Nicolas Fernandez Kostetsky

En un mundo tan globalizado, pareciera que el conocimiento y la información, a los que accedemos con tan solo algunos clicks, estuvieran al alcance de casi todos. Aunque esto en parte es cierto, también genera un problema propio de nuestra era: la enorme cantidad de información disponible hace que solo destaque aquello considerado “mainstream”, relegando otros conflictos y realidades menos visibles. Mientras Oriente Medio ocupa gran parte de la atención mediática, otras crisis, decisiones y acontecimientos quedan opacados ante el ojo público, como ocurre con Cuba.

La República de Cuba es un caso particular: no estamos hablando de un estado desgastado del Sahel, del áfrica subsahariana o del sudeste asiatico, por ejemplo. Estamos hablando de un estado occidental, de origen catolico e hispano, parte del continente americano, a menos de 200 kilómetros de las costas de Florida, y que ha tenido un accionar importante en la geopolítica mundial desde hace siglos.
Los españoles vieron la utilidad estratégica de la isla, al funcionar como conexión entre Europa y las posesiones virreinales, reforzándola con fortalezas, estableciendo importantes puertos, y explotando la zona con plantaciones de tabaco, café y azúcar.
Tras más de cuatro siglos de dominio, y el surgimiento de grupos independentistas, un incidente relacionado a la explosion de un buque norteamericano apostado en la isla, llevó a un conflicto que terminaría (entre otras consecuencias que no vienen al caso) con la independencia cubana, funcionando en la práctica como un estado asociado de Washington, en 1902, liderado por guerrilleros en la isla y por intelectuales independistas asentados en continente y apoyados por sus “libertadores”, que buscaban preservar sus intereses económicos y comerciales.
Tras décadas de lucha por una Cuba libre y soberana, los insurrectos fueron coaccionados a aceptar ciertas prerrogativas desde la Casa Blanca para poder existir como un estado relativamente independiente, aunque con ciertos límites, dictaminados por el congreso norteamericano en la llamada Enmienda Platt.
Había pasado de ser un territorio atrasado y lejano para Madrid, su madre patria, a ser un estado vasallo controlado desde el Despacho Oval, desde donde se tejía un nuevo imperio anglosajón, distante de su origen hispano.
Desde su “independencia” formal, la isla vivió años de prosperidad economica, golpes de estado, periodos democráticos y una fuerte injerencia estadounidense, que no se limitó a las empresas e inversiones de los privados, sino que incluyó también, entre otros, la presencia militar en la Bahía de Guantánamo, cedida tras la guerra.
El actor político más influyente durante el inicio del siglo XX sería Fulgencio Batista. En sus inicios como sargento, lideró un golpe de estado, que consolidó una serie de gobiernos “democráticos” tutelados por su persona, concluyendo con su elección como presidente en 1940. Después de años en el extranjero, volvió en 1952 con la esperanza de obtener nuevamente el cargo, pero al analizar la impopularidad de su candidatura, tomó la determinación de llevar a cabo un golpe el 10 de marzo del mismo año, consolidando una dictadura militar, con una enorme represión interna, de carácter liberal y que tenía como objetivo profundizar la cooperación e intercambio con sus socios a tan solo unos kilómetros al norte.
Mientras empresarios norteamericanos recibían beneficios impositivos y demás concesiones, la isla se consolidó como destino turístico paradisiaco para las familias del otro lado del Caribe. Los bienes estadounidenses inundaban las calles cubanas, y las mafias (a partir de cierto porcentaje de la recaudación) instalaban burdeles y casinos a lo largo y ancho de La Habana, distante en desarrollo al resto de la isla.
El régimen era mayormente impopular en la isla, donde la pobreza y la violencia estatal, además de sostener un resentimiento cada vez más fuerte hacia aquel autodenominado “aliado” que mantenía y defendía al gobierno (con apoyos que van desde lo político hasta lo armamentístico), llevó a algunos a la determinación de empuñar las armas.
El grupo más conocido de resistencia se llamaba Movimiento 26 de Julio (M-26-7), creado en 1955 en homenaje al asalto al Cuartel Moncada años antes, liderado por Fidel Castro, un joven abogado con ideas marxistas, impulsado por su hermano Raul Castro y Ernesto Guevara. Tras establecerse en la Sierra Maestra y en distintas ciudades, lograron obtener gran apoyo de las masas con ideas de prosperidad y antiimperialismo, tomando posiciones con relativa facilidad mediante sobornos a las fuerzas del orden y por la incapacidad de un ejército que solo se sostenía en la figura de Batista.

A sabiendas del inevitable descalce si mantenía el status quo, Batista huyó junto a sus allegados y millones de dólares durante la madrugada del primero de enero del 59, dejando paso libre a la entrada triunfal de los revolucionarios en La Habana, y el posterior nombramiento de un gobierno (de carácter provisional hasta unas futuras elecciones que nunca llegaron) controlado de facto por quienes consiguieron el poder, agrupados bajo una suerte de gobierno oculto que iría poco a poco cambiando la estructura de la isla, hasta establecer un régimen marxista. Establecieron un sistema de represión, la nacionalización de empresas y servicios de capital norteamericano, políticas de bienestar social, compras de armamento y enviados militares del Pacto de Varsovia, un acercamiento total hacia Moscú, y demás políticas
Más allá de la generalización que se le pueda dar a la revolución actualmente, con la afirmación sobre que todos sus miembros eran fervientes comunistas, lo cierto es que muchos venian de distintos espectros politicos, muchos traicionados por un Castro que en un inicio se mostraba como un lider nacionalista, muy propio del subcontinente sudamericano, no solo hacia su propio pueblo y seguidores, sino al resto del mundo. Se prometió una democracia soberana, pero lo que se entregó fue un estado totalitario cuasi colonial, un régimen que perseguía a los disidentes y prohibía las libertades.
En los hechos, se estaba convirtiendo en un estado dependiente de la Unión Soviética, que ya veía, desde antes de la toma del poder en la isla, una oportunidad única de reconfigurar el telón de acero para expandirse del otro lado del atlántico y ganar ventaja en la lucha contra el occidente liberal.
Por segunda vez en su historia, habían cambiado a un amo por otro, pero su estatus de eslavo se mantenía. Aquella posición de colonia del Kremlin se ejemplifico seriamente en la Crisis de los Misiles, cuando se decidió instalar (y posteriormente retirar) misiles balísticos con ojivas nucleares en las costas de la isla, sin consultar a las autoridades locales, en aquella crisis que casi nos lleva al fin de la historia, pero no hablando en términos liberales.
En este tiempo, la isla había pasado de ser un paraíso vacacional y comercial para los norteamericanos, para consolidarse como el promotor de las ideas comunistas y grupos revolucionarios en todo el continente. La Habana se consolidó como la Meca de la revolución latinoamericana, apoyada directamente por los medios e inteligencia soviética y checoslovaca. La denominada Operación Penélope en Oran, Salta, entre el 63 y el 64, que buscaba establecer el primer foco revolucionario en el país, pone en muestra el accionar cubano durante estos años, fuertemente criticado por toda la región.

Este posicionamiento, completamente opuesto al status-quo regional de la OEA y la directiva de Washington, le valió la expulsión del bloque regional, sumado a un embargo norteamericano fuertemente criticado por la isla como política imperialista, además de una fallida intervención de rezagados cubanos entrenados por la Casa Blanca.
El colapso de su principal aliado (y de todo el bloque que lo acompañaba) en diciembre de 1991, puso en evidencia el desastre cubano, camuflado desde la Habana: la “utopía socialista” no era autosuficiente, con una gran industria o desarrollo, sino sumamente dependiente del comercio y los insumos provenientes del bloque comunista. Sus grandes obras, políticas sociales, bienes y hasta fuerzas armadas, no devenían del esfuerzo o desarrollo individual de la isla, sino de un sistema de cooperación mutua que, al colapsar, dejó a Cuba dentro del mundo del capitalismo, de la globalización y del comercio, obligada a adaptarse o perecer.
Inicialmente logró insertarse en esta nueva lógica, pero sin abandonar su base ideológica, su represión y parte de su conflictiva política exterior. Las políticas superficiales, como el impulso a la actividad turística, no podían cambiar los problemas estructurales de la isla, impulsados tras décadas de mala gestión y de un gobierno totalitario.
El régimen (con Miguel Díaz-Canel Bermúdez a la cabeza) se ha ha sostenido en las últimas décadas con medidas coactivas, políticas de turismo, pero sobretodo con el crudo importado desde la dictadura bolivariana en Caracas, que como su gran aliado regional, mantenía a flote su estructura energética. Este era el caso, al menos hasta la captura de Nicolas Maduro en enero de este año, llevando a un régimen venezolano más colaborativo con el embargo norteaericano, cancelado sus exportaciones y poniendo en serio riesgo el mantenimiento de la autoridad a medio y largo plazo.
La infraestructura eléctrica, tras años de falta de mantenimiento y por la falta de insumos, está prácticamente colapsada. El ciudadano promedio en la isla sufre apagones diarios por horas, limitando la actividad económica y la vida diaria. No hay combustibles para los automóviles, las tiendas que dan insumos están cerradas, los hoteles no funcionan, los turistas no llegan y tampoco sus ingresos, y el frágil castillo de naipes que La Meca de la Revolución ha tratado de sostener por décadas, se muestra cerca de derrumbarse tras décadas de agonía.

El clavo en el ataúd del régimen podría ser obra de su antiguo gobernante de facto: Washington D.C. El incremento de las sanciones hacia la isla, el corte prácticamente definitivo de la ayuda desde Caracas, y la retórica belicista del presidente Donald J. Trump en relación a los gobiernos dictatoriales (sobre todo con la posibilidad del envío de un portaaviones a sus costas), independientemente de la postura naturalmente intransigente de las autoridades locales, supone un futuro incierto para la isla, pero del que se puede esperar ciertas concesiones y libertades, a partir de la fuerte presión interna y externa.
Abstract: los últimos acontecimientos entre Teherán y Washington han tenido una extensa cobertura por los medios occidentales pero, paradójicamente, esos mismos prácticamente no han puesto los focos para cubrir la desastrosa situación de una isla, pegada a Florida, que tras décadas de ser una amenaza para la región se va diluyendo en su propio fracaso: Cuba. En este artículo, buscaremos dar a conocer al público general sobre los orígenes y la situación actual de la isla, que ha tenido a lo largo de los siglos una gran importancia geopolítica.