Por Julian Ornella

En diciembre de 1978, Argentina y Chile estuvieron a horas de entrar en guerra. Ambos países, gobernados por dictaduras militares, habían movilizado tropas, buques y aviones hacia el extremo sur de nuestra plataforma continental. La tensión diplomática llevaba años creciendo y el conflicto ya era inevitable. Sin embargo, cuando la operación militar argentina estaba a punto de comenzar, una tormenta en las aguas del sur obligó a postergar el ataque. Esa demora terminó siendo decisiva, ya que generó el tiempo necesario para la intervención del Vaticano y evitó una guerra que podría haber cambiado la historia argentina y de América.
El origen del conflicto era la disputa por las islas Picton, Nueva y Lennox, ubicadas en el Canal de Beagle, al sur de Tierra del Fuego. Tanto Argentina como Chile interpretaban de manera distinta el Tratado de Límites de 1881, firmado bajo la presidencia de Julio Argentino Roca. Argentina defendía el principio bioceánico, que argumentaba que Chile no debía tener salida al Atlántico y Chile sostenía que las islas le pertenecían por encontrarse al sur del canal.

Durante muchos años, la cuestión quedó en disputa, con momentos de tensión y de negociaciones diplomáticas. Luego de mucho tiempo, en 1971 ambos países aceptaron someter el conflicto a arbitraje internacional bajo la autoridad de la corona británica. El fallo fue anunciado para mayo de 1977 y otorgó la soberanía de las islas a Chile. Chile aceptó inmediatamente el resultado, pero la dictadura argentina lo declaró “insanablemente nulo” en enero de 1978.
A partir de ese momento, las relaciones bilaterales comenzaron a caerse a pedazos. Ambos gobiernos estaban encabezados por regímenes militares profundamente nacionalistas, factor no menor.
Durante 1978 hubo reuniones diplomáticas entre Jorge Rafael Videla y Augusto Pinochet, pero ninguna logró acercar posiciones. La desconfianza crecía y la prensa de ambos países fogoneaban el clima nacionalista. Los movimientos militares a lo largo de la frontera aumentaban constantemente y el conflicto comenzaba a parecer irreversible. Hacia finales de ese año, Argentina ya había diseñado un plan de invasión conocido como “Operación Soberanía”. El objetivo era ocupar rápidamente las islas en disputa y avanzar sobre posiciones estratégicas chilenas antes de una posible respuesta internacional.

La noche elegida para el inicio de la operación fue entre el 22 y el 25 de diciembre de 1978. Buques argentinos se enfilaron hacia el sur y las tropas estaban listas para cruzar la frontera. En Chile también se esperaba el ataque de manera inminente. Todo indicaba que el continente estaba a punto de presenciar la primera gran guerra entre países sudamericanos en décadas.
Sin embargo, algo inesperado hizo frenar todo. Las condiciones climáticas en el Canal Beagle se volvieron extremadamente adversas. El fuerte oleaje, los vientos australes y las distintas tormentas complicaron seriamente las operaciones navales y los desembarcos previstos por los de Videla. La ofensiva fue suspendida temporalmente. Lo que parecía apenas una demora táctica terminó teniendo consecuencias históricas.

Ese breve margen de tiempo permitió avanzar en una salida diplomática. El Vaticano, preocupado por la posibilidad de una guerra entre dos países católicos, intervino rápidamente. El papa Juan Pablo II designó al cardenal Antonio Samoré como mediador especial y lo envió a Buenos Aires y Santiago para iniciar negociaciones urgentes.
La intervención del Vaticano cambió el rumbo del conflicto. La llegada del cardenal Antonio Samoré abrió una instancia de negociación cuando la guerra parecía inevitable. En cuestión de días, Argentina y Chile pasaron de movilizar tropas y preparar ataques a sentarse nuevamente en una mesa diplomática. La mediación papal no solucionó inmediatamente la disputa, pero sí logró lo más importante y urgente, que era frenar un enfrentamiento armado que hubiera tenido consecuencias imprevisibles para ambos países.
El 8 de enero de 1979 ambas naciones firmaron en Montevideo un acuerdo comprometiéndose a retroceder las posiciones militares y continuar negociando bajo la supervisión del Vaticano. De esta manera, la guerra fue evitada cuando parecía inevitable.
El conflicto recién encontró una solución definitiva en 1984, ya en democracia, durante el gobierno de Raúl Alfonsín. Ese año se firmó el Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile, poniendo fin a décadas de disputas fronterizas.

El Conflicto del Beagle quedó en la historia como “la guerra que no fue”. A diferencia de otros conflictos internacionales, no hubo bombardeos ni batallas, pero sí existió una preparación real para combatir. Millones de argentinos y chilenos estuvieron al borde de vivir una guerra regional movida por el nacionalismo, la tensión fronteriza y las dictaduras militares.
Paradójicamente, una tormenta en el extremo sur del continente ayudó a cambiar el rumbo de los acontecimientos. A veces, la historia no se define solamente por decisiones políticas o estrategias militares. En diciembre de 1978, el viento y el mar austral también jugaron su papel.