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Una visita, dos Iglesias
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Una visita, dos Iglesias

Por Juan Ignacio Videla

8 de octubre de 2026, 17:55 GMT-3
Una visita, dos Iglesias
Javier Milei con el Arzobispo de Buenos Aires, Jorge Ignacio García Cuerva, en el Te Deum de 2026. (Generada con inteligencia artificial).
7 min de lectura

Entre el 8 y el 11 de noviembre, León XIV recorrerá Buenos Aires, Luján y Córdoba. Será la primera vez en 39 años que un Papa pise suelo argentino: Francisco, el Papa que mejor conocía este país, nunca volvió a él. La invitación fue firmada por el presidente Javier Milei, el mismo que en campaña había llamado a Bergoglio “la representación del maligno en la tierra”. Ya presidente, Milei se disculpó, viajó a Roma y se abrazó con Francisco, que le restó importancia: “cuando uno es joven, -le dijo-, dice pavadas”. La Conferencia Episcopal también invitó a León XIV , por su cuenta y con su propia carta. Dos invitaciones para una sola visita. La pregunta es inevitable: ¿con qué Iglesia se va a encontrar el Gobierno, y con qué país se va a encontrar el Papa?

La relación del Gobierno con Roma y con los obispos argentinos corre por carriles distintos. Con el Vaticano, el tono es de cordialidad diplomática: la primera audiencia entre Milei y León XIV, en junio de 2025, duró más de 45 minutos, más que la de cualquier otro mandatario recibido hasta entonces, y terminó con la promesa del viaje. Con la Conferencia Episcopal, en cambio, el vínculo se volvió áspero. Los dos últimos años, no se dio el tradicional saludo navideño, y el Tedeum de este año lo dejó a la vista: frente al Presidente y su gabinete, el arzobispo porteño Jorge García Cuerva advirtió sobre “una nube de desmembramiento social” y cargó contra quienes hacen “terrorismo de las redes”. Desde Casa Rosada respondieron que el diagnóstico debería incluir la baja de la pobreza.

Algo cambió con la muerte de Francisco. Bergoglio era, para Milei, puente y límite a la vez: hablaba de la Argentina con voz propia, y cada frase suya tenía lectura local. León XIV no tiene huella argentina, y eso le ofrece al Gobierno algo que antes no tenía: un interlocutor en Roma sin cuentas pendientes. Pero conviene no confundir tono con contenido. Cuando el Vaticano informó sobre aquella primera audiencia, destacó que se habló de la lucha contra la pobreza y la cohesión social.

Aun así, Roma y los obispos argentinos no ponen el acento en el mismo lugar. Para León XIV, la defensa de la vida no es un tema más. En su reciente viaje a Francia lo dejó claro ante las autoridades y lo repitió en Lourdes, donde condenó el aborto y la eutanasia y pidió rechazar la tentación de quitar la vida bajo el pretexto de una falsa compasión. Lo legal, recordó, no es necesariamente moral.

En Argentina, el acento de los obispos está en otro lado: la pobreza, los comedores, los jubilados, el tono del debate público. Son temas de la doctrina social de la Iglesia, pero el énfasis es selectivo, y la selección no es neutral. Lo que sus críticos llaman “pobrismo” no es hablar de los pobres, sino leer la pobreza siempre en clave de denuncia o de pedido de asistencia social, y casi nunca en clave de trabajo, inversión o crecimiento. La pregunta es legítima: ¿por qué unos temas se repiten en cada homilía y otros aparecen sólo en el calendario?

Una clave está en una tradición teológica con enorme peso en la Iglesia local: la Teología del Pueblo. Nacida tras el Concilio en torno a la Comisión Episcopal de Pastoral, desde 1966, con Lucio Gera y Rafael Tello como figuras centrales, pone en el centro al “pueblo”, su cultura y su religiosidad, con los pobres como “corazón del pueblo”. Juan Carlos Scannone, jesuita como Francisco y uno de sus principales sistematizadores, la ubicó entre las corrientes de la teología de la liberación, aunque de cuño no marxista. Y fue honesto sobre su origen: en él pesó el resurgir del peronismo, para el cual “pueblo” era la categoría central. El propio Scannone describe esa pastoral como respuesta a la “hora de los pueblos”, una expresión de Perón.

No se trata de acusar a los obispos de peronistas. Se trata de entender por qué, para una Iglesia formada en esa matriz, un gobierno que achica el Estado y habla el idioma del individuo genera más alarma que entusiasmo. Aunque su apuesta sea, justamente, reducir la pobreza por otra vía: la estabilización la llevó del 52,9% en 2024 al 28,2% a fines de 2025, antes de volver a subir este año. Se puede discutir el método; atribuirle indiferencia sería faltar a los datos.

Y hay un terreno en el que la coincidencia, aunque parcial, no es despreciable. Milei se definió como militante del pañuelo celeste, y en su gobierno hay varios dirigentes que se reconocen provida. No es frecuente que un presidente lo diga, y menos que lo sostenga. El contraste con Francia es elocuente: Emmanuel Macron recibió al Papa con honores, pero fue bajo su gobierno que el aborto entró en la Constitución y se aprobó la muerte asistida, las mismas leyes que León XIV cuestionó en su visita. También es una novedad respecto de los gobiernos argentinos en los que se gestó la ley: Macri habilitó el debate en 2018 y Alberto Fernández impulsó la norma sancionada en 2020.

La coincidencia tiene límites. La Ley 27.610 sigue vigente y el Gobierno no la puso en su agenda: cuando una diputada oficialista presentó un proyecto para derogarla, el vocero aclaró que no formaba parte de la agenda del Presidente. Hubo, sí, un gesto silencioso: el Estado nacional dejó de distribuir misoprostol y mifepristona, pese a que la ley prevé su provisión. Es probable que avanzar más no convenga políticamente. Pero llama la atención que tampoco haya un reclamo del otro lado.

El Episcopado que en 2018 alentaba a los legisladores con la campaña #ValeTodaVida, y que en 2020, con cuatro de cada diez argentinos bajo la línea de pobreza, denunciaba una “febril obsesión por instaurar el aborto”, hoy se limita al mensaje anual del Día del Niño por Nacer. La pobreza no le impidió entonces hablar de la vida. Cuando el gobierno empujaba el aborto, los obispos se movilizaron. Cuando el gobierno se dice provida, no ven una oportunidad.

¿Qué quieren los obispos de esta visita? Probablemente, un Papa que hable de los pobres en la tierra de Francisco y que, con su autoridad, respalde la voz crítica que vienen sosteniendo. ¿Qué espera el Gobierno? Una foto que muestre que la relación con la Iglesia está normalizada, al menos con la de Roma, de cara a las elecciones. León XIV llega con un magisterio que contiene las dos cosas: la cuestión social y la defensa de la vida. Lo que está por verse es qué mitad va a escuchar cada uno. Y si alguien se anima a pedir la otra.

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