Por Lucia Nahir Gambaro
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Abrimos Instagram por 5 minutos y nos encontraremos con la declaración de un político, algún video explicando una medida económica, un meme sobre las elecciones o una discusión interminable en los comentarios. Cerramos la aplicación y nos sentimos informados. Pero, ¿realmente nos informamos?
Nunca tuvimos tanto acceso a la información política como hoy. Las noticias dejan de ser cada vez más el principal modo de informarse, y comienza a tener lugar el fenómeno masivo de las redes sociales como principales informantes de la sociedad. El problema es que estar expuestos a la información no necesariamente implica comprenderla
En Argentina, más de la mitad de las personas encuestadas utiliza las redes sociales para acceder a noticias, según el Digital News Report 2025 del Reuters Institute. Entre los jóvenes, esta transformación es todavía más evidente: a nivel global, las redes sociales pasaron de ser la principal fuente de noticias para el 21% de las personas de entre 18 y 24 años en 2015 al 39% en 2025. La manera en que nos informamos cambió, y con ella también cambió quién nos cuenta lo que sucede.
Influencers, streamers, podcasters y creadores de contenido ocupan cada vez más lugar en el sistema informativo. En Estados Unidos, por ejemplo, el 21% de los adultos afirma recibir regularmente noticias de influencers en redes sociales; entre los jóvenes de 18 a 29 años, la cifra asciende al 37%, según Pew Research Center.
Cabe aclarar que esto no significa que las redes desinformen absolutamente todo.De hecho, una persona que nunca ve las noticias puede informarse a través de un TikTok de menos de un minuto. Lo mismo sucede en la política. Una persona que nunca siguió una sesión en el congreso puede enterarse por X qué fue aprobado.
Según Pew Research Center, entre los jóvenes que reciben noticias de influencers, una amplia mayoría considera que esos contenidos los ayudan a comprender mejor la actualidad y las cuestiones cívicas.
Teniendo esto en cuenta, no hay que confundir la información con el conocimiento. Saber por qué fue aprobada una ley no implica que se sepa por qué o cómo llegó esa ley a ser aprobada. Leer diez titulares sobre un tema no necesariamente significa haberlo entendido.
No hay que olvidar que las redes sociales y su algoritmo tienen un solo objetivo: captar nuestra atención. El contenido debe generar alguna reacción emocional en el espectador: desde rabia, ira, impotencia, hasta felicidad, identificación o alivio. De esta manera, el algoritmo se asegura de retener tu atención. Esto genera que la política empiece a comunicarse en formatos más breves y emocionales.
Esto provoca una llamativa contradicción. Los problemas políticos son cada vez más complejos y los medios mediante los cuales intentamos comprenderlos son cada vez más breves.
Una política pública puede requerir páginas de análisis, una reforma económica puede necesitar varias horas de estudio, y sin embargo, buscamos que todo eso se resuma en un video de 30 segundos.
A esto se suma otro elemento: no todos vemos exactamente la misma información. Las plataformas utilizan sistemas de recomendación personalizados que seleccionan contenidos en función de distintos criterios y comportamientos previos. Una investigación del Reuters Institute señala que la mayoría de las personas no comprende exactamente cómo los algoritmos filtran la información que recibimos en redes sociales, aunque tampoco la acepta de manera completamente acrítica (Fletcher & Nielsen, s. f.).
No necesariamente buscamos información política. Muchas veces esperamos que la política nos encuentre.
Abrimos TikTok para entretenernos y aparece un análisis sobre las elecciones. Entramos a Instagram para mirar historias y encontramos un recorte de una entrevista. Revisamos X y nos encontramos con una discusión política. La frontera entre informarnos y entretenernos se vuelve cada vez más difusa.
En Argentina, además, esta transformación ocurre en un contexto de baja confianza en los medios. Solo el 32% de los encuestados declara confiar en las noticias en general, mientras que el interés por las noticias cayó del 77% en 2017 al 42% en 2025 (RISJ, 2025). Cuando los medios tradicionales pierden capacidad de conectar con las audiencias, otros actores ocupan ese espacio.
Por eso, quizás la discusión no debería ser si las redes sociales nos informan o nos desinforman. Hacen ambas cosas. El verdadero desafío es qué hacemos nosotros con la información que recibimos.
En una sociedad en la que la política llega permanentemente a nuestras pantallas, estar informado ya no debería significar simplemente haber visto algo. Debería significar haberlo comprendido lo suficiente como para construir una opinión propia.
Podemos enterarnos de todo en cuestión de segundos. La pregunta es si, después de cerrar el celular, entendemos más que antes.