Por Clara Hoevel
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Desde pequeños se nos inculca la idea de que "en la mesa no se habla de política, religión ni fútbol", ya que estas son temáticas que desembocan en fervientes discusiones que acaban con la armonía del encuentro. En muchos casos, al surgir una temática de índole política, se tiende a cambiar de tema; nadie quiere conversar sobre corrupción, subsidios o pobreza. Al hablar de poder, inevitablemente se lo asocia con abuso; la palabra “Estado” implica acomodo e ineficiencia y “manifestación” es sinónimo de violencia y represión. Sin embargo, considero que esta es una visión errada de la política, desarrollada por una sociedad que año tras año ha sufrido decepciones, malas ejecuciones y crisis. Es necesario, entonces, partir de la definición de la política.
Si bien es un término equívoco, considero que la visión aristotélica de la política podría ser la más acertada para el análisis de esta cuestión. Partiendo de la idea del hombre como zoon politikon y, por lo tanto, de la necesidad de una comunidad organizada a través del ejercicio y los mecanismos políticos para alcanzar la realización y el bien común, la dimensión política es inherente al ser humano. Pero si forma parte de la naturaleza humana, ¿por qué en muchos ámbitos es tan difícil hablar de política?
En el caso de la Argentina polarizada, hay una fuerte tendencia a una visión, quizás, un tanto reduccionista de la política, siendo esta percibida como una práctica inseparable de la ideología partidaria. Es innegable que esta última está presente en múltiples ámbitos de la vida, influyendo y moldeando a los argentinos, manifestándose en marchas, universidades, canciones, cuadros, discursos y moda, modificando todo a su paso. En este sentido,, hay ciertos actos y hechos que se tienden a asociar con un espectro de la política en particular, como las huelgas y las marchas destructivas con la izquierda o la represión y los recortes estatales masivos con la derecha. Así, la política se vuelve radicalmente partidaria, un medio de enfrentamiento con el otro y un campo de batalla con el fin de proteger las propias posturas pero, ante todo, destruir las del opositor. Al crearse esta imagen de la política, es lógico entonces que se evite tratar temas relacionados con ella, temas que inevitablemente derivarán en un conflicto ideológico.
Esto no quiere decir que la ideología deba ser totalmente segregada de la política, porque sin ella, la política pierde su encanto. ¿Cuál sería el sentido de una sesión legislativa en una sociedad sin diversidad ideológica? Más bien considero que el problema radica en la rigidez de las ideas, la poca tolerancia y la confrontación constante. Si bien es lógico y necesario el desarrollo de una postura contundente y sólidamente fundamentada, a la sociedad moderna le haría falta ser más receptiva con diferentes propuestas, dejando de encerrarse permanentemente en las propias.
Por otro lado, existeuna realidad indudable de abundante corrupción, mala gestión e incumplimiento de promesas dentro de espacios propiamente políticos. Es llamativo que, prácticamente sin excepciones, todos los gobiernos hayan sido relacionados con estos fenómenos. En gran medida, son estos los que han contribuido al aumentode la pobreza, al descenso de la calidad de vida y, por supuesto, a la pérdida de la fe en la política misma.
Teniendo todo esto en cuenta, uno pensaría que lo lógico es, en efecto, evitar a toda costa el surgimiento de la política en una mesa distendida donde lo que se busca no es precisamente tratar temas desmotivantes y polémicos. Sin embargo, considero que esto termina siendo contraproducente: evitar la situación incómoda implica una menor exposición a diferentes ideas, distintos escenarios de controversia y de debate y por lo tanto una limitación del pensamiento crítico, el análisis y cuestionamiento político y el alejamiento de la realización del hombre. Cabe entonces cuestionarse: ¿qué se pierde realmente cuando no hablamos de política en la mesa?