
Por Bautista Araoz Bugallo
El Monumento a la Carta Magna y sus cuatro Regiones es un monumento que fue otorgado por la comunidad española en Argentina con motivo del centenario de los sucesos del 25 de Mayo de 1810. Este monumento se encuentra en la rotonda de la intersección de las avenidas General Sarmiento y del Libertador.
El monumento es de composición vertical y su estructura alcanza aproximadamente los 24,50 metros de altura. El conjunto se encuentra dispuesto sobre una fuente ornamental, en cuyo centro se eleva un amplio basamento de granito. En los vértices de este basamento se ubican cuatro grupos escultóricos realizados en bronce, correspondientes a las representaciones de las regiones argentinas.
Sobre el basamento se desarrolla el cuerpo central del monumento, denominado La República, que posee 5,5 metros de altura. De carácter vertical y monumental, concentra distintos elementos ornamentales y escultóricos. La obra fue iniciada por el arquitecto Agustín Querol Subirats y finalizada por el arquitecto Cipriano Folgueras Doiztúa. Su piedra fundamental fue colocada en 1910 pero la obra tardaría 17 años en ser terminada y entregada formalmente a la Argentina.
Lo interesante del monumento no radica únicamente en cómo se pudo terminar la obra después de tantos años y dificultades durante su construcción —lo cual no será el tema de esta nota—, sino en lo que realmente representó este monumento y en cómo el mismo tuvo y tiene una gran importancia nacional hasta el día de la fecha.
La obra, como se ha mencionado anteriormente, es una representación de la Nación. En la cima del monumento se encuentra La República. Debajo de esta y alrededor del monolito se encuentran distintas alegorías, como La Paz, La Justicia y La Agricultura. En la base se encuentra representado un grupo de trabajadores.
En sus distintas caras podemos encontrar diferentes frases, como: “Y asegurar los beneficios de la libertad para nosotros, para nuestra posteridad y para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino", un fragmento del Preámbulo de la Constitución Nacional Argentina y la descripción del monumento que indica: “A la nación Argentina en su primer centenario - Por España y sus hijos - 25 de Mayo de 1910”
Hay otras tres inscripciones en distintas caras del monumento que hacen referencia a cuestiones comunes entre ambas naciones: “Uno mismo, el idioma” “De una misma estirpe” “Grandes sus destinos”
Finalmente, el monumento realiza una representación de las regiones de la Argentina, como Los Andes, El Chaco, El Río de la Plata y, por último, La Pampa, cada figura ornamentada con elementos característicos de cada región.
La ubicación del monumento no fue casualidad. Un paisaje de bosques y verde lo rodea desde todas sus direcciones. Las calles que este mismo divide, la Avenida General Sarmiento, conecta a la ciudad con el río atravesando los bosques construidos por el mismo Sarmiento. Por otro lado, la Avenida del Libertador es una columna vertebral tanto para la ciudad como para sus alrededores. Cualquier persona que se dirija de norte hacia el sur tendrá la oportunidad de presenciar este monumento.
La República: Si bien, posteriormente en la historia argentina, la misma fue corrompida en reiteradas ocasiones y de múltiples maneras, a principios del siglo XX había sido la responsable del cambio que habría sufrido la Argentina, con su Congreso de “notables” y figuras presidenciales elegidas por el mérito de sus acciones.
El Territorio: Aunque para cualquier nación es importante su jurisdicción, Argentina tiene la característica de que el suyo es muy diverso, teniendo en su territorio hasta siete regiones geográficas. Cada una de estas regiones representa algo único para la nación, tanto en cultura como en población y economía.
La Constitución Nacional: La historia detrás de la Carta Magna es una de las cuestiones más importantes para Argentina, no solo por ser el documento donde se debieron sentar las bases para la patria, o por los conflictos internos entre las provincias que llevaron a batallas y guerras civiles, sino por su política de Estado migratoria, permitiéndole a quien así lo desee ser argentino.
El motivo de este monumento no queda únicamente en un regalo por el centenario de la nación, sino también es un reconocimiento internacional del Reino de España a un Estado heredero como es Argentina. Las frases escritas en el monumento, además de su dedicatoria, no son elegidas al azar: constituyen un conjunto de características en común que poseen ambos países: el idioma, su linaje común y sus objetivos de engrandecer a la nación en todos sus aspectos.
Pero entonces ¿Hubo un cambio en las relaciones diplomáticas entre Argentina y España?
En realidad no, a pesar de no construir mayores monumentos, esto no quiere decir que las relaciones hayan empeorado o se hayan dejado de lado. A través del Siglo XX, distintos presidentes y vicepresidentes visitaron España y a sus autoridades.
Es entonces que podemos observar cómo se produjo un cambio en las relaciones diplomáticas en comparación al siglo XIX, donde eran más importantes cuestiones que trascienden en el tiempo, como un monumento. Por otra parte, en el siglo XX, podemos argumentar que es más importante el diálogo producido, convenios o acuerdos internacionales. Siendo así, es interesante pensar como en el pasado las relaciones se basaban en mármol, un material duradero y sofisticado, y actualmente en pluma y papel, algo fácil de deshacer.
Pierre Renouvin, historiador francés de las relaciones internacionales, insistió en que los lazos entre países no se basan solo en gestos puntuales, sino en “fuerzas profundas” como identidad nacional, idioma o historia común. El Monumento a la Carta Magna donado por los españoles en 1910 refleja precisamente esas fuerzas: sus inscripciones (“Uno mismo, el idioma”, “De una misma estirpe”, “Grandes sus destinos”) subrayan la unidad cultural y de linaje que Renouvin consideraría fundamento de la amistad hispano-argentina. Al mismo tiempo, Renouvin señala que tras la Revolución Francesa cambió el paradigma de la diplomacia: ya no se trataba solo de contactos corte a corte, sino de relaciones entre naciones soberanas, lo que “transformaba profundamente el derecho internacional”. En ese sentido, la evolución observada entre los siglos XIX y XX –del regalo monumental como símbolo de buena voluntad al diálogo institucional formalizado en tratados– encaja con el análisis de Renouvin: hoy las relaciones bilaterales se basan menos en ritos ceremoniales y más en acuerdos jurídicos y visitas oficiales, siguiendo el nuevo orden internacional construido sobre la soberanía nacional y el Estado de derecho.