Por Juan Martin Medina

El reciente acontecimiento ocurrido en la Cámara de Diputados de la Provincia de Buenos Aires invita a una profunda reflexión sobre la dinámica política contemporánea. Durante la sesión, la legisladora Mayra Mendoza encabezó el solemne izamiento de la Bandera Nacional vistiendo un pantalón deportivo del Club Atlético Boca Juniors combinado con un blazer. Como era previsible, la escena generó una inmediata ola de repercusiones negativas en redes sociales. Frente a las críticas, la diputada fundamentó su postura al manifestarlo públicamente: «¿La Corte habilita la extranjerización de nuestras tierras y la noticia termina siendo la ropa que uso? Soy de Boca, ¿cuál es el delito?».
Sin embargo, reducir este episodio a una simple discusión sobre indumentaria o a una mera expresión de pasión futbolística constituye un error de diagnóstico. Lo exhibido en el recinto trasciende el plano del desacierto estético, lo ocurrido en el Congreso expone cómo la provocación y la erosión del decoro continúan ganando espacio en el ámbito público e institucional.
Para comprender por qué este hecho no constituye una frivolidad menor, resulta pertinente acudir al concepto de capital simbólico del sociólogo francés Pierre Bourdieu. Las instituciones democráticas no solo se sostienen mediante marcos normativos, sino también a través del respeto por las formas, los rituales y las convenciones del espacio republicano. El apego al protocolo en un ámbito parlamentario no responde a un formalismo elitista, sino a una muestra fundamental de respeto hacia la ciudadanía y hacia la representatividad otorgada por el voto. Al irrumpir en una ceremonia institucional con indumentaria de tribuna, la diputada Mendoza incurre en una ruptura calculada de los códigos protocolares en busca de una empatía popular superficial. No obstante, el resultado de estas acciones devienen en consecuencias contraproducentes, ya que vacía de autoridad a la propia institución que se pretende representar.
Este fenómeno se inserta con precisión en la tesis de Guy Debord expresada en La sociedad del espectáculo. La política actual parece haber relegado los debates de fondo para subordinarse a la lógica del impacto visual. La combinación de indumentaria deportiva e institucional empleada por Mendoza no obedeció a un descuido casual, sino a una estrategia performativa diseñada para captar la atención pública. Asimismo, su posterior respuesta —en la que contrapuso la controversia estética con el fallo judicial sobre la Ley de Tierras— completó la dinámica del espectáculo: se genera un escándalo superficial para alimentar la polarización digital, se apela a la victimización ante la reprobación social y, simultáneamente, se desvía la atención de las discusiones complejas que requieren rigor normativo e intelectual.
En esta era caracterizada por la efimeridad, ciertos actores políticos ya no adecuan su conducta a la solemnidad ni a las exigencias normativas de la función pública; por el contrario, pretenden que las instituciones se amolden a sus identidades individuales o gustos personales. El «yo» se posiciona por encima del rol institucional. Quien ocupa una banca parlamentaria no ejerce una representación a título personal ni partidario-deportivo, sino que encarna la soberanía delegada por la totalidad del cuerpo electoral. Trasladar la lógica del folklore futbolístico al ámbito de la política implica privatizar y vulgarizar la función pública.
Finalmente, como advierte Byung-Chul Han en La desaparición de los rituales, la eliminación deliberada de las formas compartidas pone en riesgo las bases de la convivencia democrática. Los ritos, los códigos de ética y las formalidades estéticas actúan como estructuras normativas que brindan estabilidad al sistema institucional. Si el espacio republicano es reemplazado por la lógica del espectáculo mediático y la inmediatez, el debate público se degrada irremediablemente. La indumentaria es circunstancial. Sin embargo, la degradación de la cultura institucional y la naturalización del hiperindividualismo dejan una impronta compleja de revertir en el tejido democrático.