Por Valentin Minha

Francia e Inglaterra fueron rivales durante gran parte de su historia. Uno de los primeros grandes conflictos entre ambos fue la Guerra de los Cien Años (1337-1453), que tuvo como principales motivos las disputas por territorios y por la sucesión al trono francés. Aunque terminó en el siglo XV, la rivalidad entre los dos países continuó durante los siglos siguientes.
La Guerra de los Cien Años fue un largo conflicto que, contrario a como se llama, no fue una única guerra, sino que tuvo diferentes enfrentamientos y períodos de paz durante más de un siglo.

Uno de los principales motivos del conflicto fue la disputa por el trono francés, ya que en 1328, tras la muerte de Carlos IV de Francia, no quedan herederos directos al trono. Frente a esto, el rey inglés Eduardo III, quien tenía vínculos familiares con la monarquía francesa, reclamó el trono. Sin embargo, los franceses eligieron como rey a Felipe VI de Valois. Asimismo, existían otros conflictos entre los dos reinos, como la presencia de territorios ingleses en Francia y las disputas por el comercio.
Durante los primeros años, Inglaterra consiguió varias victorias importantes y llegó a controlar una parte importante del territorio francés. Sin embargo, la situación fue cambiando durante el siglo XV, ya que Francia logró reorganizar sus fuerzas y empezó a recuperar territorios. En este proceso fue importante la participación de Juana de Arco, quien se convirtió en una de las principales figuras de la resistencia francesa y ayudó a cambiar el rumbo de la guerra.

Con el tiempo, esta competencia también llegó a las colonias. Francia y Gran Bretaña buscaban tener más territorios y controlar las rutas comerciales, especialmente en América del Norte. Esta rivalidad llevó a nuevos enfrentamientos, como la Guerra de los Siete Años (1756-1763); en la que ganó Gran Bretaña, y Francia perdió gran parte de sus territorios en América.

Después de la guerra, Gran Bretaña quedó como una de las principales potencias, pero también tenía una enorme deuda por los gastos del conflicto. Para conseguir más ingresos, comenzó a cobrar nuevos impuestos a sus colonias americanas. Esto generó un enorme rechazo por parte de los colonos; siendo uno de los factores que llevó a la Revolución estadounidense en 1776.

Francia vio en este conflicto una oportunidad para enfrentarse de nuevo a Gran Bretaña. Después de su derrota en la Guerra de los Siete Años, apoyar a los colonos podía servir para debilitar a su principal rival. Por eso, en 1778, Francia entró oficialmente en la guerra del lado estadounidense. Envió dinero, armas, soldados y barcos. Su ayuda fue importante en la victoria de los independentistas en Yorktown, en 1781.
Este cambio de posición es muy común en las Relaciones Internacionales. Francia y los revolucionarios estadounidenses no eran naturalmente aliados, pero en ese momento tenían un objetivo en común: enfrentarse a Gran Bretaña. Para Estados Unidos, la ayuda francesa era importante para conseguir la independencia. Para Francia, era una forma de recuperar parte de la influencia que había perdido frente a los Gran Bretaña.
En 1783, Gran Bretaña reconoció la independencia de Estados Unidos. Sin embargo, la participación francesa en la guerra también tuvo consecuencias para Francia. Los gastos del conflicto empeoraron la situación económica de una monarquía que ya tenía problemas financieros.
Todo esto no quiere decir que la ayuda a Estados Unidos haya provocado por sí sola la Revolución Francesa de 1789. La revolución tuvo varias causas, como la crisis económica y fiscal, las diferencias sociales y los problemas políticos. Pero los gastos de la guerra fue un factor que empeoró la situación de una monarquía ya debilitada. Para Francia apoyar a la independencia de la colonia más importante de su rival fue un arma de doble filo que le costó su estabilidad interna.

Así, una rivalidad que había empezado hace siglos terminó teniendo consecuencias que marcaron al pensamiento político de Occidente durante siglos.
La relación entre Francia y Gran Bretaña demuestra cómo los intereses de los Estados pueden cambiar con el tiempo. Dos países que actualmente pueden parecer aliados naturales, en el fondo, esconden siglos de rivalidad por el predominio de Europa. Cuando uno de los dos países ganaba influencia, el otro buscaba frenarlo. Por eso, no siempre fueron enemigos por las mismas razones, sino que sus conflictos fueron cambiando según los intereses del momento.